Lo sé por experiencia; las obras completas siempre están en peligro. De pronto, se difunde el hallazgo de un original descarriado y quedan cojitrancas y como contristadas por la ausencia de esa pieza que, sin ser capital, cobra, por la intriga de su extravío bajo largas y sepultadoras décadas, una importancia cautivante. Y tanto da que se trate de un epistolario sobre cotidianidades insulsas, o de un borrador desechado y plagado de indescifrables correcciones, o de un terne y desmerecedor folleto editado durante un arrebato juvenil, porque su ausencia, entre los tres o cuatro tomazos donde se reunía, hasta ayer mismo, la totalidad de los títulos de uno de nuestros autores predilectos, crece y crece sin cesar ante nuestra defraudada mirada, al punto que, apenas tropezamos con sus tejuelos, nos embarga esa porfía casi infantil por el venturoso día cuando una editorial anuncie la inmediata publicación del recién aparecido, para que nuestras incompletas obras queden, por fin, restauradas.
De vez en cuando se propaga uno de estos turbadores descubrimientos; sin ir más lejos, hace un par de semanas y, además, doblemente y de géneros y autores de índole distinta. Verán; con motivo de la próxima inauguración de la exposición por su centenario en la Biblioteca Nacional, la institución divulgó entre la prensa el hallazgo del profesor Álex Alonso Nogueira, en los archivos de la censura, de dos novelas de Ignacio Aldecoa: Ciudad de tarde (1952), premiada con el Café Gijón de ese año, y la misteriosamente ignota, El gran mercado (1953), presentada para su aprobación por la editorial Planeta. Pocos días después, en las páginas del diario ABC, de Madrid, se daba cuenta de la recuperación en su
completud de un poemario primerizo de Manuel Machado, de los dos que imprimió a medias con Enrique Paradas, & (1895). Y si la vida de Paradas, hilvanada por oficios de una provisionalidad errabunda —desde cochero de punto a fotógrafo ambulante, pasando por partiquino escénico y acabando de librero de lance—, daría tanto para un reportaje de varias páginas cuanto más para una entusiasmante biografía, el hallazgo del poemario de título tan breve como extravagante: Et —a la tironiana; con anterioridad denominado Etcétera—, carece de estos vagabundajes bohemios, porque se debe, como las novelas de Aldecoa y como tantos otros hechos semejantes, a la silenciosa perseverancia de un estudioso.
De &; —o antes, Etcétera— se conservaba un original en la Biblioteca Machado de la Real Academia Burgalense, sobre el que el estudioso Miguel D’Ors ya había señalado, en un artículo de 1979, no solo el error en su intitulación sino la sospecha de que estaba mermado, pues no se justificaba la coautoría del mayor de los Machado cuando solo presentaba seis páginas suyas. Eran unas tesis para y entre machadianos que, en 2022, un seguidor del poeta y del profesor, Manuel Márquez de la Plata, certificó en todos sus supuestos cuando adquirió en una librería de viejo un ejemplar sin mermas del poemario. En efecto; no solo autentificaba su título sino que el libro constaba de 191 páginas, de las que setenta y una, contra las seis conocidas, estampaban la firma machadiana. Tuvo la gentileza de enviarle unas fotocopias al profesor y ahí quedó el asunto hasta esta primavera, cuando otro investigador, Víctor Olmos, habló con D’Ors, quien lo animó tanto a contactar con el dueño del original íntegro como a que ambos divulgasen su existencia.
Lo sorprendente de esta mínima peripecia entre eruditos es la demora de un trienio en su difusión, aunque, al menos, la noticia se haya convertido en el espléndido colofón al bienio machadiano. Por su parte; la publicidad del rescate de las novelas de Aldecoa ha sido casi consecutiva a su hallazgo, durante este verano, por el investigador de la Universidad de Nueva York. Empero; ambos descubrimientos se han producido durante notables celebraciones de sus autores para dotarlas de un elemento más duradero y consistente que las exposiciones y catálogos por extraordinarios que nos resultasen.
Personalmente también me cumple haber intervenido en otro rescate: el de Pólvora mojada (1972), de Andrés Berlanga. Esta magnífica novela, por descatalogada, se encontraba en el circuito de libros usados soportando aún los cortes de censura. Raúl Pereda y yo nos empeñamos, hace más de una década, en reeditarla sin estas atrabiliarias podas. Andrés Berlanga —novelista de obra corta, aunque magistral en su manejo de la oralidad— nos escuchó con cierta guasa y prometió legárnosla en su testamento. ¡Quién nos iba decir que desdichadamente moriría dos años después! Pero, cuando se había vencido casi un decenio, retomamos nuestro empeño y telefoneamos a su hijo Juan, quien, para nuestro pasmo y alegría, nos respondió que nos la tenía reservada, cumpliendo así la palabra de su padre. Y de ella disponen, desde 2024 en Drácena, sin las tachaduras del censor.
Pues Pólvora mojada relata algunos caracterizadores sucesos de aquella Universidad Complutense, en vísperas de 1969 —el año del Estado de Excepción y del asesinato de Enrique Ruano—, cuanto presenta ahora, con la celebrada serie sobre la novela de Javier Cercas y, sobre todo, por la infausta conmemoración de la muerte del dictador para ocultar varios estropicios gubernativos y, de paso, entenebrecer arteramente la coronación de Juan Carlos I, un interés singularísimo, porque, al recoger de forma exacta el lenguaje de los estudiantes del momento y sus hoy peregrinos proyectos políticos, preserva intacta una sensibilidad indispensable para entender el prodigioso septenio de la Transición.