Por el tono bélico en que escribió su libro Grandeza, el presidente emérito mexicano Andrés Manuel López Obrador solo trata de dejar en el ánimo de los lectores el enfoque histórico de que las comunidades indígenas organizadas en las zonas de Mesoamérica no solo constituían una civilización social, sino que representaban una propuesta frustrada a sangre y fuego de modelo de nación.
Este enfoque es válido desde el punto de vista histórico, pero en México nadie se imagina qué tipo de país o de comunidad de naciones indígenas pudieran existir en la actualidad. Inclusive, a nivel histórico no se debe olvidar el hecho de que en el 2001 la ley de derechos y cultura indígena que se propuso al calor de la guerrilla zapatista indígena de comunidades solo de una parte del estado de Chiapas trató de incluir en la Constitución el reconocimiento a las “naciones indígenas”, aunque fue rechazado por todas las fuerzas políticas representativas en el Congreso.
La lectura del libro de López Obrador puede ayudar a colocar un poco el panorama en el que se encuentra a México después de la derrota del modelo político, social y económico del PRI en el periodo 1917-2018 y ahí salta a la vista el hecho de que México ha tenido cuando menos tres modelos de desarrollo: el indígena, el español y el capitalista protestante de Estados Unidos.
El modelo indígena duró poco porque se basaba en una agricultura local, básicamente para el autoconsumo y excedentes para la comercialización en trueque y no en monedas inexistentes en zonas conocidas como mercados donde productores acudían a vender sus productos. El español no fue propiamente un sistema productivo, sino de organización de productores agropecuarios y mineros en unidades tipo feudal aunque sin las circunstancias propias de un feudo y el comercio exterior. Y el estadounidense resultó --o quiso ser-- una copia de las primeras bases de la producción industrial estadounidense y mucho de la ganadería en grandes extensiones de tierra, inclusive arrebatadas a sangre y fuego a las tribus nómadas indias que se asentaban acompañando la movilidad de los búfalos.
Las comunidades indígenas mesoamericanas no resistieron 300 años de dominio español y México salió a la Independencia sin intentar regresar al indigenismo en los primeros años del segundo cuarto el siglo XIX. La revolución estadounidense de finales del siglo XVIII se convirtió en un ideal para los mexicanos, pero los estadounidenses llegaron a América para conquistar y los mexicanos salían de una fusión criolla indígenas-españoles.
A mediados del siglo XIX México inició los primeros pasos para una organización productiva que tuvo que comenzar con la organización formal de un Estado-nación y lo hizo en base a valores del capitalismo privado. Y fue paradójico que el presidente de México que encabezó la fase de modernización social y económica del país con vistas a una organización industrial tipo americano --es decir: que fundó formalmente el capitalismo mexicano-- haya sido nada menos que el primer presidente indígena Benito Juárez García, un político forjado en las disputas violentas por el poder y que siempre vestía del levita, corbata larga de moño y sombrero de copa.
Al indígena Juárez se le acredita la gran represión a los indígenas para obligarlos a modernizar sus creencias sociales y políticas en función ya de la configuración de un Estado formal de clases productiva en proceso de modernización y abandonando la herencia indígena y que la primera Guardia Nacional se haya creado en México por esos años para aplastar violentamente las rebeliones indígenas mexicanas. Hay historiadores que le acreditan al indígena Juárez la segunda conquista antiindígena de México.
El historiador Edmundo O´Gorman desarrolló un modelo de interpretación de la disputa por la nación entre proyectos de desarrollo en el siglo XIX entre las dos corrientes determinantes de ese momento: los conservadores que miraban la reconstrucción de España en México y los progresistas o liberales que se pronunciaron por una estructura en modo estadounidense de modernidad de clases, pero, señala O´Gorman, los hispanistas apoyaron el modelo norteamericano y los liberales apuntalaron el enfoque español.
El desarrollo de México en el ciclo de la Revolución Mexicana iniciada en 1910 fue de industrialización y organización capitalista de México, aunque con mucha determinación para ciertos espacios populistas que impidieron la sobreexplotación de los no propietarios de medios de producción.
El gran salto de industrialización mexicano fue en 1994 con el inicio del modelo de integración productiva que instaló de manera oficial el tratado de Comercio Libre con Estados Unidos que tiene vigencia hasta 2036 y México subordinó su mercado de consumo pero sobre todo su estructura de producción industrial y agropecuaria a la dinámica del capitalismo estadounidense. Inclusive, el presidente Carlos Salinas de Gortari modificó dos de los artículos constitucionales que de alguna manera hacían sobrevivir el enfoque de producción indigenista: el ejido o propiedad comunal de la tierra y el Estado como garante de un modelo social de desarrollo.
López Obrador dedica su libro Grandeza solo a recuperar el simbolismo en modo de los libros oficiales de texto de primaria de lo que representa anímicamente el indigenismo, pero durante su gobierno en Ciudad de México y en la República nunca tomó ninguna decisión que beneficiara a los indígenas o que tratara de reconstruir el modelo de naciones indias originarias. Peor aún, profundizó la dependencia de estructura industrial, comercial y de consumo al estilo estadounidense con la revalidación del Tratado en 2018.
En este contexto y teniendo como segundo pensamiento su conflicto personal con la monarquía española actual a la que le exige disculpas por su presencia durante 300 años en lo que fue considerado el territorio de la nueva España en América, el libro de López Obrador es sentimental, sin sustento histórico y plagado de declaraciones indigenistas sin fundamento. Sus opiniones, es cierto, son válidas en tanto que representan un punto de vista personal, pero dista mucho de ser un ensayo histórico.
Ahora mismo, por cierto, el gobierno lopezobradorista de la presidenta Sheinbaum está aferrada a mantener vigente el modelo de desarrollo capitalista estadounidense del Tratado comercial y no ha hecho el mínimo intento por tratar de introducir alguna reforma en las negociaciones próximas que pudiera de alguna manera rescatar algún tipo de propuesta para reinstalar en México el modelo de nación indígena, sobre todo porque en general un 16% de la población mexicana se considera indígena y de este porcentaje menos de la mitad vive en base a las reglas indígenas.
Lo más real de corto plazo es que el libro Grandeza será un éxito de ventas, porque todos los seguidores de López Obrador están obligados a comprar un ejemplar.