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TRIBUNA

La cultura no es ciencia

sábado 13 de diciembre de 2025, 20:21h

En una reciente edición del podcast 'The Wild Project'; repetía como invitado el escritor y académico de la RAE Arturo Pérez-Reverte, hablaba de muchos temas. Entre ellos, el escritor hacía recomendaciones literarias básicas, y decía: Yo creo que todo ser humano occidental, Oriente es otra cosa, y no me meto en ese jardín, debe leer la Biblia entera, incluidos los evangelios. Debe leer El Quijote, debe leer, quizás, el teatro de Shakespeare y algún clásico como las cartas de Séneca. Y, por supuesto, la Eneida, la Ilíada y la Odisea".

Con eso ya tiene una base. Ya sabe en qué mundo está viviendo o de dónde viene el mundo en el que vive. Nuestra civilización, nuestra cultura, arranca en la Biblia. Tú no puedes entender el Museo del Prado sin haber leído la Biblia. No entiendes el mundo en el que vivimos si no conoces la Biblia, de la que venimos. La Biblia es un libro fundamental, y es muy divertido;, reconocía el académico de la RAE en 'The Wild Project”.

"Por eso yo siempre he dicho que la religión no debería ser una asignatura religiosa, debería ser una asignatura cultural, social. A mi hija, que no es creyente, ni yo lo soy ni su madre lo era, le hice estudiar religión, porque no puede entender nunca el mundo en el que vive, occidental, sin conocer las raíces de ese mundo".

Pérez-Reverte, hombre culto, lector voraz y agudo observador de Occidente, reconoce sin reparos el papel decisivo del cristianismo en la configuración de nuestra civilización. Pero lo hace desde una distancia que pretende ser neutral: la fe como hecho histórico; la revelación como literatura; Cristo como contexto cultural. Esa mirada, tan extendida hoy, no es nueva: responde a una lógica en la que la “cultura” se ve desplazada lentamente por la “civilización”, pudiendo quedar reducida a un simple relato genealógico. De hecho, en sus palabras parece deducirse que ambos conceptos son homólogos. Que no hay una discontinuidad ontológica entre ellos.

Sin embargo, esa postura esconde una tensión interna que, lejos de invalidarla, la vuelve profundamente humana: la paradoja de querer comprender el origen y comprender el presente sin interrogar el destino de ambos, y todo ello sin tener que perder el sentido de principio a fin. Y es en esa paradoja donde deseo situar esta reflexión, no para juzgar a Pérez-Reverte, sino para iluminar una actitud espiritual que atraviesa al hombre moderno, incluso —y quizá, sobre todo— a los que más aman y defienden la cultura.

Pérez-Reverte encarna de manera casi ejemplar una de las grandes paradojas espirituales del hombre ilustrado contemporáneo: acepta la religión como matriz cultural, pero excluye la revelación como acontecimiento ontológico y antropológico que otorga sentido a la vida humana. Sin ese sentido, la cultura degrada en civilización.

Hay en él —como en tantos herederos del humanismo ilustrado— un movimiento doble: por un lado, reconoce que sin el cristianismo resulta imposible comprender la civilización occidental, y por eso obliga a su hija, no creyente, a estudiar religión y, por otro lado, reduce ese mismo cristianismo a un mero legado histórico-literario, útil para interpretar correctamente el mundo occidental en el que vive, pero carente capacidad para interpretar el verdadero sentido de la vida.

La paradoja toma aquí una forma precisa: quiere comprender el mundo, pero renuncia a comprender su destino. Quiere saber de dónde venimos y dónde estamos, pero no se atreve a preguntar a dónde vamos, dejando al presente sin brújula. Y, sin embargo, el sentido —lo sabemos desde los grandes clásicos hasta la fenomenología contemporánea— no se cumple nunca en el origen, sino en el final. Los griegos ya anteponían el principi de finalidad al de principialidad. El nacimiento describe el punto de partida. La cultura construye el recorrido; pero solo el destino ilumina el sentido de principi a fin, y cuando este está ausente desde el principio, la cultura se debilita, se objetiva, pero perdiendo en el camino su naturaleza germinal.

Reducir la religión a cultura como praxis humana fundamentada en el saber y como legado literario es en el fondo, una manera elegante de escapar de la cuestión decisiva: el acontecimiento de Cristo como irrupción histórica que desborda la razón y funda la libertad, queda reducido a mera contingencia, a mero relato. Porque la cultura, aunque bella, sólida y necesaria, no puede sostener el peso de la existencia cuando esta se confronta con su nudo último: la muerte, la culpa, el sufrimiento, la irreversibilidad.

Lo paradójico —y profundamente humano— es que Pérez-Reverte percibe el valor de la religión como herencia, pero no como promesa. Admira la tradición cristiana como obra del hombre, pero no reconoce en ella la obra de Dios. Y entonces, inevitablemente, acaba haciendo de la cultura un sustituto de la fe: una “creencia razonable”, una convicción sin riesgo, sin compromiso, sin acto libre, pero que al final de cuentas, no deja de ser también otro acto de fe, pero de una fe contingente e intrascendente.

Aquí se nos revela ese punto de transición de cultura a civilización: la cultura “describe” lo que hemos llegado a ser, pero la fe” revela “lo que estamos llamados aser, y a su vez da sentido a lo que somos en este presente y en todos los futuros presentes, porque sin presente, no hay ni pasado ni futuro.

Sin esa tensión hacia la trascendencia, la existencia se queda sin arquitectura. La vida se vuelve hogar sin techo. La libertad, un inmenso corredor sin puerta al final.

Por eso la posición de Reverte, tan honesta como inacabada, nos obliga a preguntarnos: ¿para qué sirve la cultura si termina donde empieza el absurdo? ¿De qué nos sirve interpretar el camino si desconocemos el horizonte? ¿Para qué descifrar de dónde venimos si no ilumina a dónde vamos en cada presente? El presente es el nexo de unión de todo tiempo pasado y futuro, en él ambos cobran sentido, y al igual que una función matemática para poder ser integrable precisa no perder su sentido de continuidad, en la historia sucede lo mismo. La historia humana, de principi a fin es integrable, o no es historia. Y todo ello con independencia si es oriental u occidental.

La cultura sin trascendencia es como un atlas abierto sobre una mesa: hermoso, detallado, riguroso, pero incapaz de indicar el destino final del viajero. El acontecimiento cristiano —lejos de ser un ornamento cultural— es precisamente la irrupción de un destino que da sentido el camino, lo sostiene y lo orienta. Es historia, sí, pero es historia con vocación de eternidad. Es tiempo atravesado por lo eterno.

De ahí que la paradoja de Pérez-Reverte no se resuelva denunciándola, sino comprendiéndola. Su postura no es un error intelectual, sino la expresión profunda de lo que muchos contemporáneos sienten: una nostalgia de sentido, pero sin confianza en un sentido trascendente; una sed de raíces, pero sin apertura a las alturas; una fidelidad al pasado, pero sin una esperanza capaz de superar la pura contingencia. Porque una esperanza sin horizonte último degenera en utopía, y una cultura edificada sobre la utopía es una distopía.

La historia de la cultura humana, está llena de filosofías y filósofos distópicos.

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