En un recóndito poema del todavía más lejano José Gutiérrez, recordaba con estas palabras la figura mitológica de Narciso. ‘Porque amó la belleza de su rostro/ y los miembros radiantes como acero,/ fue tachado de impuro por los jueces/ y desterrado lejos de las fuentes./ Despreciado de todos, moriría en desierto./ Luego el hombre inventó bellas historias/ para ocultar la verdad del profano./ Así la muerte es precio a la belleza’. Con estas sensuales pinceladas describía el poeta granadino una de las figuras que son sinónimo por antonomasia de la belleza, del cariz más ensimismado que se tiene de la misma cuando la sensación de pasmo pasa a ser de veneración. Un cariz que trastorna los sentidos y se conduce hacia una irremediable senda de culpabilidad, y en ocasiones, mezclada con frivolidad.
La belleza, huelga decirlo, es la yesca que mejor prende el deseo. La primera novela de Miguel Zamorano, Adoración, se entrega de lleno en su debut narrativo a recorrer los meandros que articulan el deseo a través de la visión masculina. Masculina y centrada en los amoríos homosexuales de su protagonista —Mario, un trasunto escasamente disfrazado del propio narrador—, debe puntualizarse, pero sin que la novela se incline por ello en bastarse con ser una muestra al uso de las realidades sexoafectivas LGBTQ+, que lo es; más bien, una serie de recuerdos reubicados en la medida que el autor ha necesitado para unir determinados episodios vitales atravesados por nubladas revelaciones. Es decir, las consecuencias y las necesidades que se buscan intentando una explicación, pero sin esperar solución alguna que soliviante una etapa natural de cualquier existencia que le haya tocado vivir estos avatares de nuestro presente, sin mucha capacidad para la esperanza o quedándose en la mínima expresión.
La literatura se escoge como vía para ese intento de explicación. Pero la diferencia con otros libros o historias que tengan estas similitudes, es que, a pesar de su latido constante y apremiante, de que cada recoveco de los capítulos esté guarecido por su sombra, el acto, el impulso que lleva a la escritura es llevado en celoso secreto. Mario escribe, pero quienes forman parte de sus vidas lo saben también. Mejor aún. Son conscientes de que acabarán sabiendo, tarde o temprano, que ha escrito de ellos, que han estado siendo tomados como modelos, que han sido insertados en sus papeles como si una serie de manualidades inocuas que, aunque no se explicite en la narración, quien está siendo testigo de esa lectura sí puede percibir el ambiente malsano que genera. La desconfianza que va creciendo hacia las palabras que van arrastrando el relato río abajo, el efecto turbador que suponen un cuaderno o un ordenador portátil en el que se están almacenando unas vidas tan semejantes a las suyas que ya han empezado a desligarse por la placentera como sufrida imaginación de Mario. Él también sabe del poder del que dispone, pero fluctúa entre la precaución del manejo de ese material ajeno, por el hecho de estar íntima y directamente relacionado con él, y el desapego, el ansia y el desprecio por las expectativas que, en el hipotético caso en el que su texto fuera a pasar a segundas y terceras manos, alimentan otro deseo añadido al que ya provocaba violentas reacciones bajo su aparente capa de impasibilidad. En el segundo tramo de la novela, en el titulado Tú no sabes quién eres, donde acompañamos a Mario y sus respectivas parejas —pues se acontecen dos vacaciones en el País Vasco: las pasadas con su ex, Rodrigo, y las que suceden con su actual novio, Héctor, compartiendo escenarios como en una pantalla de cine partida para su doble proyección—, es donde más brillantemente se expone esa disyuntiva y lo problemática que resulta por plantear otro mal contemporáneo: la medida con el otro, el resaltar las carencias y las fortunas de uno frente a las que otra persona pueda ejercer su contrapunto. Dentro del microcosmos que es una pareja, esas maneras se tornarán una virtud de lo más lesiva para con el cariño que en el fondo se anhela. Quien está herido no sabe encontrar sutura, y de hacerlo, la descoserá como un telar que deba ser postergado por obra y gracia de su insatisfacción crónica.
Adoración es el testimonio de quien permanece enfrascado en su narcisismo. ¿Voluntariamente?, cabe preguntarse. Ni consigo ni sin él, que se diría con llaneza, funcionan las relaciones, del tipo que sean. En su derredor, todo se supedita al vaivén ciclotímico de lo que no se sabe expresar, exceptuando lo que se escribe; única salida, único respiradero de una vida que se rige por el desencanto inamovible, por lo peligrosamente nutritivo que se extrae del fracaso que no levanta cabeza o no se quiere que lo haga. Con las mismas, surge de sus entrañas el descrédito hacia lo que conforma su tabla de salvación. ‘Por primera vez, me di cuenta de lo evidente. Una alternativa que nunca había contemplado. Permanecer callado. Quizás así era como uno alcanzaba la felicidad de una vez por todas. Al saber que al menos hay una cosa que no puede estropearse al ser contada. Aunque sea oscura y dolorosa, aunque apenas contenga belleza y amor. Pero eso era simplemente una forma de ver las cosas. Había amor y había belleza. Y no iba a permitir que nadie dijera lo contrario solo porque yo fuera incapaz de traducirlas. Todavía no lo sabía, pero en ese momento tomé la decisión. Semanas después, en mi casa, leería todas las historias de Mario y las tiraría de nuevo a la basura. Pensaría en algo más dramático. Encender un fuego y verlas arder poco a poco convertidas en hollín y cenizas. Durante semanas me sentiría deprimido y culpable, pero poco a poco aquellos sentimientos irían mitigando hasta desaparecer. Y después la más completa tranquilidad, la más completa de las calmas. La de quien renuncia a su voz para siempre’, confiesa al final del libro, pero no es creíble. No se producirá esa renuncia. Volverá con fuerza, es evidente. Todo seísmo tiene sus réplicas.
No debe quedar en el tintero el hecho de que Adoración se arriesga demasiado al mostrar las costuras de su patrón metaliterario, que los ‘trucos’ que recuerdan los enseñados en talleres o escuelas literarias ralentizan la fluidez de su narrativa que va ganando densidad cuando se presta a las ricas descripciones de la naturaleza y al lago de pensamientos en el que Zamorano hace asomar a sus creaciones, obsesionadas por el más leve temblor del agua que altere una faz de por sí indefinida.