He recibido críticas por mi artículo sobre el poder moderador de la Corona. Infiero que debo complementarlo con observaciones de aspectos que no tuve en cuenta al resaltar que la Corona ejerce constitucionalmente un papel moderador. Si su imagen se sostiene ante la opinión pública es por haber dado rotundas muestras de dignidad para abdicar a tiempo cuando sus veleidades la ponían en peligro y haber mostrado Felipe VI después su entereza para abordar desplantes e incorrecciones o salir al paso en situaciones límite, como la insubordinación de la DUI o en dramáticas, como en Paiporta y otras catástrofes. Esta actitud moderada la respalda el Partido Popular, se le hagan los reproches críticos que procedan por sus debilidades actuales y escándalos pasados, ya purgados judicial y electoralmente, o se le repruebe por tibieza mogigata.
Un profesor emérito de sociología me recuerda que el Rey pudo haberse negado a firmar la ley de amnistía como Balduino no firmó la del aborto. No solo porque las circunstancias eran distintas, también por los compromisos que la Constitución obliga al Rey, esa negativa hubiera sido arriesgada cuando el Parlamento, avalado por el tribunal Constitucional, obliga a la rúbrica. La prudencia aristotélica no recomendaría enfrentarse abriendo un melón disparatado si la propia institución monárquica es el principal dique frente a las pretensiones del gobierno y de la corte garante que le protege.
El problema es que los moderados se van quedando más solos cuanto más avanza la fractura. El muro levantado por el sanchismo ya ha devorado al electorado socialista predispuesto a dejarse fagocitar. A medida que la polarización avanza, la moderación se va quedando sola. Alejo Vidal
Quadras no lo vio venir cuando ideó VOX en los tiempos del cólera. No hay dudas del liberalismo constitucional de Vidal Quadras, ahora en terreno de nadie porque ha perdido el propio. Hay motivos patentes para sospechar de quienes le han arrebatado su proyecto y mueven hilos tras las sombras.
El sanchismo se ha tragado al PSOE. Ya no es posible pactar porque ha dejado de ser lo que era, una socialdemocracia liberal, una socialdemocracia que se despeña ahora en Europa. Un amigo catedrático, exdirector de una Escuela Politécnica y un amigo periodista de este mismo periódico, me recuerdan que, si nos remontamos a 1934, el enfrentamiento entre españoles lo iniciaron Largo Caballero y Pablo Iglesias. Sé que resulta cándido confiar en García Page, insignificante por minoritario. Tienen razón, porque el sanchismo lo respaldan las radicalizadas bases socialistas que desautorizan a Felipe González. Un exconsejero formado en la UCD me describe “a Feijóo excesivamente moderado ante un Atila sin escrúpulos” y se afilia al argumento de Vidal Quadras de luchar con las mismas armas del enemigo, no al de Aznar, de asegurar una democracia de convivencia plural en la Monarquía.
Como no sabría decirlo mejor suscribo lo que escribió Rosell sobre Sánchez: “oficia con absoluta falta de escrúpulos desbordando las líneas de una Constitución indefensa ante los enemigos intestinos”. Nuestra Constitución no puede ser “beligerante” porque no lo es, pero tampoco puede quedarse desarmada antes los enemigos internos, algo que no tuvieron en cuenta los constituyentes cuando el enemigo interno era ETA. Nadie previó la traición que impulsaría Zapatero en el PSOE, ni que esa traición la endosaría a Pedro Sánchez, un arribista que corrompe todo cuanto toca con tal de salvarse él y su familia prostibularia ante los tribunales.
Tampoco nadie puede evitar que lo fundamental sea desembarazarse de este encantador de serpientes que lleva al precipicio. Si se ganan las elecciones, será necesaria una ley de defensa de la democracia, o similar, para que no quede indefensa una Constitución no beligerante. Karl Popper escribió sobre el derecho de la democracia a autodefenderse páginas que dispensan de argumentar. Lo urgentemente prioritario es acabar con el proceso corrosivo de Sánchez, sus socios gubernamentales y parlamentarios, favorecido por la politización del CGPJ, avalado por un Tribunal Constitucional que exculpa la sedición, ayudado por un periodismo corifeo que normaliza la inconstitucionalidad gubernamental, asistido por un entramado financiero alimentado por la corrupción. Si el imperativo político urgente es la erradicación del sanchismo, lo apremiante es asegurarlo.
El día 7, The Objetive informó de que “el desplome de Sumar en Cataluña haría imposible reeditar el gobierno ‘Frankenstein’”. Transcribo el párrafo final: “el problema que afronta Sánchez es que esperar hasta 2027 puede convertirse en un vía crucis judicial, con un desgaste constante por los escándalos de corrupción que afectan a exdirigentes del PSOE y personas de su entorno, como su mujer y su hermano. Todas las bazas de la Moncloa están puestas en el auge de Vox. El fantasma de la ultraderecha sigue siendo en ese momento el único as en la manga de Sánchez, tal y como afirman fuentes de esta formación. Y algunos analistas recomiendan esperar a que vaya a más, incluso hasta llegar a previsiones de empate o sorpasso al PP”.
Advierto a quienes preocupe lo esencial, acabar con Sánchez, más que ganar escaños: no os confundáis, el enemigo tiene nombre y apellido: lo principal es echar a Sánchez. No alimentéis el prejuicio de que la moderación, amiga de la convivencia como dice Aznar, es blandengue. A mí puede gustar más el estilo de Ayuso que el de Feijóo, pero si hasta Ayuso tiene que enfrentarse a VOX es porque sabe que abrir el melón contra Feijóo solo engorda a Sánchez. Esto no es nuevo. La importante investigación de Hirschman mostró que la retórica de la intransigencia a un lado del muro es el alimento que nutre la intransigencia al otro lado, razón por la que la intransigencia de la cancelación y del woke de Biden provocó la reacción extralimitada de Trump. Resumo los motivos de mi inquietud:
- La intransigente senda de Vox traiciona al proyecto demócrata liberal regenerador de Vidal Quadras. No queda ninguno de sus fundadores porque los han echado.
- Si el enemigo de Vox es el sanchismo, pero su política consiste en arrebatar votos a los cobardes del PP, se equivoca de enemigo a menos que pretenda monopolizar la democracia, lo cual tiene su nombre
- Si Vox se asocia con la dictadura de Putin, se encamina hacia una dictadura de partido único. Un riesgo de seguir a Le Pen no a Meloni.
- La única justificación de VOX es que pueda arrebatar más votos al PSOE que al PP, sin dañar a la Monarquía que asegura la convivencia.