La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 del presidente Donald Trump estableció como eje de definición la doctrina Monroe de 1823 que dice: “América para los americanos” y ahora extiende esta apropiación de control territorial a todo el Hemisferio Occidental en el planeta.
Pero en una revisión acuciosa del documento (https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf), Trump también está deslizando en un segundo pensamiento central una variante de esa doctrina: a partir de su agresivo discurso antiinmigrante, el presidente de EU nos está revelando un monroísmo doméstico: “Estados Unidos solo para los estadounidenses”, y de ahí su obsesión por deportar a migrantes sobre todo hispanos, porque se trata de una comunidad que está aprovechando los beneficios laborales y salariales en EU, pero manteniendo su cultura hispana ante la falta de una verdadera cultura estadounidense.
Estados Unidos no olvida que le quitó a México la mitad de su territorio en 1848 para construir un imperio anglosajón y blanco –WASP--, pero con una presencia hispana creciente porque solo en los tiempos del presidente Joseph Biden entraron más de siete millones de hispanos sin cumplir con los requisitos legales, y hoy existen 15 millones de hispanos sin papeles o ilegales, algo así como el 5% de la población total.
En términos de escenarios especulativos pero basados en tendencias demográficas, alrededor de un 20% de la población estadounidense total hoy es de origen hispano y se tiene la expectativa de que a finales de siglo --por la baja demografía de las familias locales y la migración imparable del área latinoamericana-- la sociedad que representa la cultura que se identifica por el idioma español pueda llegar a arañar la mitad de los habitantes de EU.
El monroísmo estadounidense de Trump está alertando de una multiplicación de población de origen hispano y en ese contexto también se debe considerar la intención del presidente de Estados Unidos de endurecer las exigencias que tienen que cumplir los migrantes que quieran incorporarse a la sociedad americana: olvidarse de sus tradiciones y sobre todo de su lenguaje para que fusionarse como estadounidenses de tiempo completo.
La comunidad hispana y de manera sobresaliente la de origen mexicano tiene manifestaciones culturales que chocan o cuando menos acotan lo que sería la inserción obligada de los aspirantes a cambiar de nacionalidad. En los sectores políticos de EU generó conflictos muy graves el hecho de que sectores hispanos ilegales e legales confrontaron violentamente a las autoridades migratorias cobijados bajo la bandera de México, lo que provocó reacción severa del Departamento de Estado para mandar el mensaje de que quien aspire a vivir en territorio americano tendría que aceptar la subordinación exclusiva a la bandera de las barras y las estrellas y el propio Trump ya está aplicando reglas para que el inglés sea el lenguaje obligatorio en Estados Unidos y se abandone el bilingüismo.
Es en este contexto en el que se debe tener una lectura demográfica de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca para este segundo período de Trump. Los anteriores presidentes habían sido muy tolerantes con la migración ilegal en tanto que no rebasaba cifras aceptables de cruces, y estos datos se equilibraban con los altos índices de deportación de hispanos sobre todo de tres presidentes demócratas: William Clinton, Barack Obama y Joseph Biden.
Pero las circunstancias críticas en los países al sur del río Bravo se agudizaron por el crecimiento de la violencia criminal por el auge de los cárteles del narcotráfico al tomar el control de comunidades territoriales enteras de sus propios países, después por la crisis económica que repercutió en una disminución de las expectativas de empleo y bienestar de la población y finalmente por los efectos negativos del COVID-19 en países que carecían de sistemas de salud preparados para pandemias de ese nivel. De 2020 a 2024, Estados Unidos cometió el error de abrir sus fronteras para recibir oleadas de migrantes empujados por las crisis en sus países, pero también estimulados por los propios gobiernos latinoamericanos que disminuyeron presiones sociales y políticas con la migración forzada.
Donald Trump tomó el discurso antiinmigrante por razones políticas en la búsqueda del voto, pero en el fondo de esa línea de acción política siempre ha estado el temor de los nacionales de Estados Unidos --y aún los migrantes de muchos otros países ya asentados-- a una expansión sin control de migrantes que no cumplieron con los requisitos legales para internarse en territorio americano.
El enfoque antiinmigrante de Trump tiene, en efecto, elementos racistas porque los asentamientos hispanos están desplazando a los naturales de EU de sus zonas e inclusive ya están compitiendo por áreas exclusivas con las comunidades afroamericanas que se han estancado en su expansión demográfica.
Ahí se encuentra, pues, el monroísmo doméstico de Trump: frenar la migración hispana para impedir que hacia principios del siglo XXII Estados Unidos deje de ser la nación anglosajona.
Por fiestas decembrinas y Año Nuevo, esta columna se toma unos días de vacaciones y regresará el 7 de enero. A sus lectores les desea feliz Navidad y un año 2026 de realizaciones.