Desde adolescente, en la época en que como bachilleres leíamos los textos de Diego Angulo, A. Blanco Freijeiro o Camón Aznar, las obras del arte griego, concretadas en arquitectura, escultura y las magníficas pinturas de los vasos, me levantaron siempre el ánimo y sentía una alegría vital que me cruzaba el corazón. No exagero. Confieso mi amor indisimulado por los griegos en todas sus vertientes, literatura, medicina, historia, filosofía, mitología y, naturalmente, el arte. Los mejores endocrinos, como mi amigo el Doctor Don Ricardo Chamorro, son hijos de Galeno y de su obra Sobre las facultades de los alimentos. Siento placer cuando traduzco el griego y gozo cuando contemplo la Afrodita Cnidia del gran Praxíteles. Y aunque dicen que la espléndida hermosura de su rostro se basó en la cara de la hetaira Friné, yo veo también en ella la inocencia divina de las kórai de la escultura arcaica. Un desarrollo maravilloso de esta Afrodita es la “Afrodita púdica”, de artista genial desconocido que se inspiró en la de Praxíteles. Todavía dos siglos después, el rey Nicomedes de Bitinia, amante de la belleza revelada por el arte, cuando fracasó en sus gestiones por adquirir a cualquier precio de los cnidios este bellezón de Praxiteles, tuvo que conformarse con encargar al gran escultor Doidalsas una Afrodita, y éste le hizo la preciosa “Afrodita acurrucada”, que en realidad es “Venerem lavantem sese”, y que la mayor parte de los modistos han considerado un poco gordita sin serlo. La Afrodita de los Jardines ( “en kêpois” ), de Alkamenes, realizada siglo y medio antes, mereció entusiastas elogios de Luciano de Samósata por la hermosura de su pecho, de sus manos y de su rostro. Debo a la civilización griega las mayores satisfacciones de mi vida, sobrevivo al dolor y a la angustia gracias a Grecia, y ya es un privilegio de los dioses que encima haya ganado el pan enseñando las lenguas clásicas. Tras los griegos y los romanos, y sus contemporáneos persas, ya no hay nada, sólo bisutería. Las extravagancias sin gracia de hoy se cargaban de gracia en la luminosa Grecia, como aquella pintura que representaba los ojos de las gentes de al revés, del “pintor de oculi retorti”, cuya pintura llega incluso a los “vasos de Kerch”, así llamados por los centenares de vasos encontrados por los rusos de los siglos XVIII y XIX en esta localidad rusísima de Crimea. La Linterna de Lysícrates tiene que soportar todos los días las miradas, regadas por cerveza Alfa, de las masas iletradas de europeos ociosos. El corego Lysícrates la erigió en el 334 a. C. para exponer y guardar en ella el trípode – lo que vendría a ser hoy una copa de victoria – que había ganado en un certamen de tragedias. Precisamente una calle que llevaba al santuario de Diónysos se llamaba la “Calle de los Trípodes”, poque sus márgenes estaban llenos de este tipo de monumentos. Tenemos noticia de que Praxíteles levantó uno llamado “El Sátiro escanciador”. Pero el único que nos ha llegado intacto es La Linterna de Lysícrates. El monumento se compone de un pedestal cúbico, de caliza, sobre el cual se alza un templete de planta circular, en mármol pentélico, asentado en escalones de mármol azul del Himeto. Seis columnas corintias, las primeras que en un edificio griego se ven desde el exterior, sostienen el entablamento. Este entablamento copia el del pórtico de las Cariátides de Erechtheion, que la pequeña chica japonesa con gafas recuerda a los turistas que acaban de bajar de la Acrópolis y ya andan con la cerveza Alfa. Hay en él un friso con la representación de la aventura de Diónysos y los piratas transformados en delfines. La cubierta está constituida por un solo bloque de mármol, decorado con escamas y rematado por el pie floral que sostenía el trípode de la victoria. Un seguidor de Praxíteles es el autor de la preciosa estatua “El Hermafrodita Dormido”, que sirvió de inspiración para el único desnudo de Velázquez, “La Venus en el espejo”. Hipódamo de Mileto trazó los nuevos barrios del Pireo en el siglo V a. C. y su modelo urbanístico pasó a muchas ciudades del Mediterráneo, como aquellas llamadas “iberas” de España, y basándose en Hipódamo, Deinóctates trazó los planos de Alejandría en el 331 a. C., con la planta de clámide macedónica ( cuadrada, con esquinas redondeadas ) y calles tiradas a cordel, formando una cuadrícula, tal como exige la red viaria hipodámica. El descomunal sepulcro de Mausollos, en Halicarnaso, puso en movimiento los mayores creadores de belleza de la época, como son Skopas, Timoteo, Bryaxis y Sátyros. Nadie ha evocado el momento fugitivo como Mirón, quien con sus “Discóbolo” en bronce, en el 455 a. C., eterniza el instante supremo de la vida del héroe Hyakinthos, que murió cuando arrojaba el disco. La famosa vaca de Mirón era tan realista que los terneros se acercaban a ella para que los amamantase y los leones para devorarla. En el 464 a. C. Polignoto pinta en la Stoa Poikile una Iliupersis en que Laódice tenía los mismos rasgos que Elpinice, la hermosísima y licenciosa hermana del gran Cimón, que no sólo fue amante del pintor, sino también del joven Pericles, tal como demuestro en mi libro Apócrifo Cleónico. Polignoto usaba una paleta sobria, con sólo cuatro colores ( rojo, ocre, blanco y negro ), un tetracromatismo que fue imitado por la mejor vanguardia bolchevique, cuya musa era Lilya Brik, la boca rusa más hermosa. El pintor de Pistoxenos pintó a Afrodita montada en un ganso, uno de los más deliciosos cuadros idílicos de la cerámica griega. La hermosura de la Atenea Lemnia, de Fidias, sobrepasa a la de todas las estatuas femeninas, excluida la Afrodita de Praxíteles. La Afrodita Urania es otro de los grandes milagros de belleza del arte griego. La diosa pisa una tortuga y lleva una túnica fina, adherida al cuerpo como una tela mojada, y un manto que se cruza sobre los muslos y disimula sus formas sublimes, supeditando su efecto al de la jugosa plasticidad del pecho y del vientre. Respecto a estatuas masculinas me conmueve especialmente, por el misterio de su sonrisa arcaica, el bronce del Auriga de Delfos. En el año 474 a. C. el tirano Polyzalos de Gela ganó una carrera de carros en Delfos, y para dejar memoria de su triunfo, mandó erigir una cuádriga de bronce cuyo conductor es el célebre Auriga de Delfos, el más antiguo de los grandes bronces clásicos. Vestido con el largo chitón de los corredores de carros, el Auriga sostiene todavía un puñado de riendas en la mano derecha y vuelve hacia este lado su cabeza, ceñida por una diadema. Conserva intactos los ojos de cristal, pero no las láminas de plata que recubrían los labios que dibujan la sonrisa arcaica. La obra es de Sótades. Todo el misterio del genio griego se esconde en este bronce. ¡Salud, joven auriga!