Siempre me ha sorprendido nuestra extraña relación con Portugal o más bien, la carencia de ella.
Si consideramos que ‘síndrome’ es un “conjunto de signos o fenómenos reveladores de una situación generalmente negativa”, no cabe duda de que España, padece el síndrome Portugal. Y viceversa.
Somos como dos hermanos siameses, que una vez separados, físicamente y ya en uso de razón, deciden vivir ignorantes uno del otro. Como vecinos paredaños en una comunidad que siempre es una mala relación.
Ignoro el sentir actual de los portugueses hacia nosotros, aunque los hechos históricos, que nos han relacionado, indican una especial hostilidad mutua y un empeño, por su parte, en remarcar, no solo su independencia, sino hasta su diferente idiosincrasia.
Activemos nuestro pequeño dron de análisis en vuelo rasante.
Nosotros tenemos una historia relevante, pero la de los portugueses, mezclada con la nuestra en origen y paralela, después, no le va a la zaga. Y además, es justo concederles una clara anticipación.
Sus tribus lusitanas ya se hicieron notar, con Viriato al frente, en su lucha contra los romanos, que les concedieron demarcación y denominación propia. Y aunque los godos y los moros consideraron la península un todo y arrasaron esas fronteras, volvieron a resurgir cuando Portugal se desgajó del Reino de León, de Alfonso VI que, en el Tratado de Zamora, de 1143, les dio la independencia.
Y se las arreglaron muy bien solos, pues lograron culminar su Reconquista en 1249. Y después le hicieron ver a Castilla, en distintas ocasiones, en el campo de batalla, que su dependencia había terminado, empezando por la gran batalla de Aljubarrota, en 1385, en que destrozaron a las tropas castellanas.
Hubo una última ocasión de unión, cuando Felipe II, aprovechando un embrollo dinástico, se apoderó de Portugal en 1580, que quedó unida a España durante sesenta años. Imaginaos lo que fue el Imperio Español en aquellos tiempos.
Se hubiera, quizá, culminado la unión si se hubiera trasladado la capitalidad, de los reinos unidos, a Lisboa, como se consideró. Pero se perdió esa gran ocasión y la península Ibérica volvió a dividirse. Y hasta ahora.
Se anticiparon en la creación de un Imperio, que no envidia al nuestro, creando colonias en su camino hacia las islas de las Especias, por el este. Y disputando con el nuestro, se adueñaron de Brasil, nada menos. Imperio que perdieron mucho más tarde que nosotros el nuestro.
Negaron a Colón, el patrocinio para abrir otra ruta, por el oeste, hacia las islas de las Especias, gracias a lo cual, lo patrocinamos nosotros y descubrimos América.
Como veis, la historia de Portugal ha sido tan convulsa como la española y muy parecida, pero anticipada.
Coincidimos, más tarde, en la aventura del paso de la dictadura a la democracia. Y, también en esto, se nos adelantaron con aquella poética revolución de 1974, emprendida por capitanes del ejército, que hicieron desfilar a las tropas, por Lisboa, con claveles en los cañones de los fusiles.
Y desde entonces hemos mejorado nuestro comportamiento vecinal, pero continuamos siguiendo caminos paralelos. Y ni en nuestro propio interés, de vecinos, somos capaces de compartir proyectos de colaboración.
Quizá sea porque imposible, como cuña que somos de la misma madera.