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ESCRITO AL RASO

Los duelistas, a escena

David Felipe Arranz
lunes 22 de diciembre de 2025, 20:06h
Actualizado el: 22/12/2025 20:56h

En el Fernán Gómez, en la Jardiel Poncela que aún guarda ecos del viejo Madrid, con su aire cargado de memorias teatrales, Emilio Gutiérrez Caba, patriarca vallisoletano de la escena española que a sus ochenta y tres primaveras dirige con la sabiduría de quien ha visto pasar dictadores y democracias, ha montado Los duelistas de Joseph Conrad como una elegía al absurdo humano, con su carcajada amarga contra el honor, que no es más que vanidad de sable y estocada.

La adaptación de Javier Sahuquillo toma esa novela corta de Joseph Conrad que Ridley Scott filmó con elegancia británica y belleza de daguerrotipo para inmortalizarla como obra maestra del celulpide, y la convierte en teatro vivo, con proyecciones que flotan hechas nieblas del Elba y una escenografía mínima que deja espacio al duelo cuerpo a cuerpo. Los intérpretes Francisco Ortiz y José Juan Sevilla encarnan a D’Hubert y Feraud, dos húsares napoleónicos que se persiguen durante dos décadas por una ofensa nimia, batiéndose a espada, pistola y hasta a caballo, mientras Napoléon Bonaparte, corso con delirios de grandeza, hiere a Europa a sangre y fuego.

D’Hubert es el fuego irracional, el orgullo ciego y el origen humilde; Feraud, la razón perpleja, el hombre de buena cuna que quiere vivir en paz, pero que no puede escapar del destino ineludible ni de una orden que ha de ejecutar. Daniel Ortiz y Aurora García Agud ejercen de narradores, de Joseph Conrad y su mujer Jessie, respectivamente, secundarios de una gracia que añade capas al relato, como en un sueño conradiano donde el corazón de las tinieblas es el corazón del hombre, siempre en guerra consigo mismo. La música marca el paso de los años, las heridas cicatrizan pero el rencor no, y los duelos son coreografías excepcionales firmadas por Javier Mejía en ese espacio íntimo donde el público casi siente el silbido de las balas y el hedor a pólvora.

Los duelistas es una sátira contra la guerra, sí, pero también contra el honor estúpido que necesita de un enemigo para existir, como esos amores que se destrozan por un ardor mal entendido. El maestro Gutiérrez Caba lo dirige con melancolía irónica, sin moralinas, dejando que el ridículo hable solo, en estos tiempos de conflictos mundiales donde Ucrania o Gaza nos llegan por la pequeña pantalla, pero cuyo duelo personal sigue en las redes, en las tertulias, en las cenas de Nochebuena. La ayuda en la dirección de la grandísima Marta Gutiérrez-Abad completa esta esgrima de maestros entre los que debemos nombrar a Luis Crespo, encargado del diseño del espacio escénico, o de Pier Paolo Álvaro, responsable del formidable vestuario.

Emilio Gutiérrez Caba ha resucitado a Joseph Conrad con una elegancia que ya quisieran los húsares napoleónicos, esos pobres diablos condenados a batallar hasta el fin de sus días, gracias a esta adaptación de Javier Sahuquillo: inteligente, ligera, que apela al espectador que se bate en continuos duelos por tonterías, por un honor que no existe. Vayan estos días al teatro, un desafío al olvido que es capaz de redimirnos en algo de nuestra eterna comedia de los errores, porque cuando se hace con tanto oficio como es el caso, nos salva de alguna manera de este extendido naufragio social que es la contienda geopolítica y, por qué no decirlo la de cada día.

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