Con el enorme gusto de acompañarle tan renombrada fecha, 25 de diciembre, y en los postrimeros días del Año Jubilar, reflexionemos apreciable lector de ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico, alrededor del Misterio de la Natividad del Señor.
Siendo un año jubilar, cobra particular relevancia aludirla en este periodo de gracia por serle consustancial, dado que el advenimiento del Salvador encarnado presentándose en su humildad a la gentilidad, hizo hijos de Dios a todos cuantos le abrasasen. Y reafirmando en sí la condición trinitaria de la divinidad cristiana.
Repasando las redes, oteándolas con esmero, encuentro esta frase en un grupo religioso: “Si quieres saber cuánto te ama Dios, no mires el pesebre; mira a la Cruz. Pero recuerda qué sin el pesebre, la Cruz no habría sido posible”. Si nos ponemos ecuménicos y creyentes de la unidad de los cristianos, tomo las palabras del teólogo menonita Jim Velázquez, quien en su texto “Navidad, mística y teología del cuerpo” cita a Joseph Ratzinger –no lo refiere como Papa– quien expresara que la encarnación de lo divino en lo humano es una demostración “del valor sacramental que tiene la humanidad para Dios”. Acotemos que los textos que emite un sector del Cristianismo siempre han sido revisados por el resto. Al menos entre sus intelectuales. No lo perdamos de vista, ya que siempre ha sucedido. Hay vasos comunicantes, no obstante que no lo parezca.
De entre los sapientísimos Padres de la Iglesia atesoro un par de ideas. San Agustín de Hipona, indicó: “Jesús yace en el pesebre, pero lleva las riendas del gobierno del mundo […] para que se hiciera fuerte la debilidad, se hizo débil la fortaleza…Así encenderemos nuestra caridad para que lleguemos a su eternidad”. San Ireneo, expresó: “el verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y recibiendo así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios”. San León Magno, papa, pontificó: los hijos nacidos por el bautismo en el seno de la Iglesia no han nacido de sangre ni de amor carnal ni de amor humanos, sino de Dios”, cuando alude a que el Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura.
La Nativitas supone no únicamente la manifestación más rendida y modesta de Dios hecho hombre, exteriorización mundana acaecida en un humilde pesebre y advirtiéndonos de ese modo que Dios se presentaba en lo sencillo. La Nativitas representa una salvación para quien reconoce al hijo de Dios y no a cuanto lo rodea. Evoco la etimología de Navidad: Navitate: ‘nacimiento de la vida para ti’, representando, afirman los Padres de la iglesia, el nacimiento del pueblo cristiano. Tanto Natividad como Navidad son alusiones que se utilizan como nombre de persona. Sacrosanta advocación en el cotidiano que a nadie deja indiferente.
Pondérese que la Navidad ha de asumirse como una suerte de admonición frente a la parusía, porque siendo la primera venida del Redentor nos adelanta, previene que habrá una segunda que se sabe en el seno de la fe. Es monición, moritoria que proclama la Iglesia y en su alegría no se olvide que a la Humanidad atestiguando la primera venida de Dios hecho hombre, aún le resta afrontar la segunda, la definitiva. La Navidad es un bálsamo, un remanso antes que un simple restaño, en medio de la pobredumbre de nuestra realidad. Por eso nos vivifica, por eso nos entusiasma y robustece renovando nuestro apego y fidelidad a Cristo ante nuestra transida, fatigada, agobiada humanidad. Que nuestros deseos y parabienes prodigados sean una extravasasión genuina, auténtica; una sean efusión siempre bienintencionada. Exordio perenne, si no sempiterno, de un nuevo proceder inspirado en eso que coloquialmente algunos denominan espíritu navideño. Que no se extinga al andar del calendario.
En estas fechas tan marcadas pululan textos recordándonos que Belén significa “casa del pan” –entiendo que es la traducción más recurrente y admitida como valedera– derivándose de tal que Cristo es el pan que nutre. Pues bien, ya podríamos plantearnos ser verdaderos betlemitas fieles a sus enseñanzas. Esforcémonos por ser verdaderos no solo seguidores, sino y practicantes de fe –que sería lo idóneo y no quedarse en la antesala de las apariencias– para proyectar de manera profunda y decidida el mensaje evangélico.
Concluyo recordando que el papa León XIV ha externado en el Año Santo sus intenciones, consistentes y rogando imploremos elevando nuestras oraciones en el mes de diciembre en pro para que los cristianos en zonas de conflicto, sobre todo en Oriente Medio y que así sean faros (semillas) de paz, reconciliación y esperanza.
A todos los amables lectores y al incansable equipo de El Imparcial, mis parabienes y mejores deseos en estas Pascuas y que sea para todos un bienaventurado 2026.