www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Ensayo

José Manuel Azcona Pastor: El esplendor de la América Española

domingo 28 de diciembre de 2025, 20:33h
José Manuel Azcona Pastor: El esplendor de la América Española

EDAF. Madrid, 2025. 509 páginas. 30 €. Libro electrónico: 14,99 €. Libro especialmente oportuno en estos momentos que, con rigor, reivindica la labor civilizadora española en el Nuevo Mundo

Por Alfredo Crespo Alcázar

En El esplendor de la América Española. De cómo España exportó al Nuevo Mundo lo mejor de sí misma, José Manuel Azcona, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, nos ofrece una obra mayúscula y necesaria. Estimamos que mayúscula por el rigor académico que desprenden sus más de 500 páginas, 20 de ellas dedicadas a bibliografía y fuentes, lo que le permite sustentar afirmaciones científicas. En cuanto a necesaria, el lector debe valorar el momento presente, en el cual numerosas voces a ambos lados del Atlántico, caracterizadas por su exceso de demagogia y carencia de lecturas, impugnan el papel civilizador que nuestro país desarrolló en América a partir de 1492. Este rasgo tangible simplemente refleja que la hispanofobia se ha convertido en la marca distintiva del progresismo patrio, al que el autor brinda un consejo nada baladí: no se puede juzgar el pasado con criterios del presente.

El profesor Azcona acierta en la estructura manejada puesto que vertebra el contenido en cinco capítulos, a los que debe añadirse el pórtico y el ábside, en los que relaciona los diversos ámbitos en que se tradujo la presencia y el legado de España en América. Además, abundantes ilustraciones en color, mapas que describen las expediciones españolas y tablas con estadísticas, certifican argumentos y facilitan la lectura.

Asimismo, emplea con criterio dos planos íntimamente relacionados. Por un lado, el que atañe a España. Por otro lado, el referente al orden internacional, un escenario en el que nuestro país tenía la hegemonía mundial, llevando a cabo una sobresaliente labor civilizatoria en América que armonizó de manera magistral la extensión de los avances europeos (en las artes, la literatura, la tecnología) con la preservación de la idiosincrasia autóctona.

Esta combinación se tradujo en el progreso imparable de esas tierras, haciendo realidad la máxima española que buscaba conjugar razones materiales con otras de corte espiritual. Al respecto, la reina Isabel de Castilla y León, señalaba en el lejano 1505 que “hemos iniciado una carta estipulando que ningún miembro de nuestra administración se atreva a hacer prisionero a ningún indio que habite en esos territorios, ni a traerlo a nuestros reinos ni a ningunos otros” (p.53). En consecuencia, se concebía a los indígenas como seres racionales y libres.

Con todo ello, el autor va refutando la visión que asocia la conquista a rapiña y expolio, afirmando que “los territorios americanos eran una extensión jurisdiccional de la metrópolis” (p. 440). Dicho con otras palabras: “Las Indias no fueron colonias en el sentido estricto del término, sino partes integrantes de la monarquía. De esta forma, las sociedades indígenas, menos desarrolladas que las españolas, eran elevadas a una condición igualitaria con España” (p.156). El objetivo estratégico estuvo muy bien formulado y perseguía el conocimiento mutuo: “Entraron en España desde América pinturas, esculturas y ornamentos sagrados y civiles de excelente factura y riqueza. Igualmente, viajaron a América los libros, en principio de carácter religioso, pero bien pronto de modalidad científica” (p. 403).

En este sentido, formar parte de la Monarquía Hispánica, se tradujo en que la Corona fomentó el conocimiento de las Indias financiando expediciones científicas y desplegó una red asistencial que tenía como principales destinatarios a los desamparados y a las mujeres, otorgó máxima importancia a la formación superior, tarea esta última que se volcó en la creación de centros educativos y universidades que tuvieron como alumnado a la población indígena, exigiendo la Corona informes periódicos sobre sus actividades. Los resultados fueron satisfactorios y “en 1547, el indio, ya graduado, Andrés de Olmos, publicó la primera gramática en esta lengua azteca” (p.255).

Frente a este modus operandi, “los anglosajones preferían tierras sin indígenas y, por tanto, no se preocuparon de transmitir su cultura a los nativos de los actuales Estados Unidos de América” (p.120). En efecto, como insiste Joé Manuel Azcona, los españoles crearon un sólido entramado de alianzas con la población local y con sus caciques, mejorando sus costumbres alimenticias y solventando la propagación de enfermedades, lo que refrenda que “el Imperio español, a pesar de la leyenda negra, no estaba atrasado en ciencias, en salud o en el ámbito educativo y formativo global (…) En el siglo XVII, España era la única potencia capaz de paliar catástrofes como la peste negra” (p.216).

Como se observa, España de manera gradual cimentó una institucionalidad que transformó el escenario hallado inicialmente. En este sentido, la importancia económica concedida a la extracción de oro conllevó la creación de cajas reales y casas de la moneda, así como una red de transporte que aseguraba el traslado de mercancías sin sobresaltos. Sin embargo, los criollos, verdaderos responsables de las independencias acaecidas en el siglo XIX, realizaron una labor de destrucción de todo ese pasado civilizador, en una actitud adanista de la que ninguna repercusión positiva se ha derivado.

Estos “independentistas decimonónicos” parecían desconocer cómo eran los imperios azteca e inca antes de la llegada de los españoles, así como los ritos contrarios a cualquier parámetro racional que empleaban, descritos con precisión por el autor, basados en ejecuciones y sacrificios dedicados a sus dioses. Los mantras difundidos por los criollos contaron con la inestimable ayuda de la historiografía inglesa, dando lugar a la “leyenda negra”, la cual ha publicitado un mensaje contrario a la verdad histórica, puesto que “la Monarquía Hispánica siempre respetó la legalidad internacional. Nunca arrasó, quemó ni robó posesiones reconocidas a otras naciones. Francia, Inglaterra y Holanda lo hicieron constantemente con abuso de poder, asesinato, latrocinio y violación” (p. 22).

No obstante, además de criollos y de historiadores del ámbito anglosajón, han existido otros colaboradores necesarios en la difusión de esa “leyenda negra” y el autor procede a identificarlos. En este sentido, no pasa por alto la actitud de los intelectuales de las generaciones del 98, 14 y 27, lo cuales nada familiarizados con el rigor histórico, omitieron “tres siglos de acertada política virreinal con hitos bien significativos de progreso social” (p.23).

Lo que hemos visto a finales del siglo XX ha sido un paso más, con la emergencia de una serie de líderes políticos populistas, poco eficaces en la gestión pública cabe añadir, que se han autodesignado defensores de un indigenismo fundamentalista en el que se aprecian elementos claros de una ideología totalitaria y liberticida como es el marxismo.

En definitiva, una obra de obligatoria lectura que, empleando el método científico, elimina de raíz las sombras que muchos se empeñan en mostrar acerca de nuestra presencia en América. Frente a ello, el profesor Azcona refleja y reivindica un pasado y un legado del que debemos sentirnos orgullosos en Hispanoamérica y en España.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios