El individuo que se acoge a cualquiera de las ideologías no necesita adentrarse en el saber. Mucho menos constituirse como una personalidad forjada en el estudio, observación y reflexión para encontrar la verdad. En cambio, un modelo de pensador auténtico, como D. Negro, consciente de su función, buscaría con humildad acercarse a la verdad, reduciendo el espesor de las sucesivas envolturas que cubren la realidad, ayudándos lógicamente de otros pensadores que le facilitasen el camino. El conjunto de la obra de D. Negro aporta al estudioso el saber necesario para conocer buena parte de los mecanismos y entresijos de las realidades de la política –“que domina todo”-, despejando los obstáculos para adentrarse en ella y dando la opción para captar sus elementos más importantes. Utilizó la razón práctica para confeccionar su teoría política, que se moverá entre las esencias y las continuidades, la relación de los hechos y los acontecimientos, las formas históricas de lo Político -por ejemplo, el Estado-, las posibilidades, las singularidades, la verdad natural y la verdad estatal, la tecnicidad, el Derecho y la legislación (detallista), el éthos, el nihilismo, el reino de los valores, la credulidad, el transhumanismo, la bioideologías cientificistas, la descivilización, el estatismo y la politización como organización mecánica y técnica que conduce al caos.
Estudioso de las ideas, D. Negro no utilizará la historia al objeto de “remover osarios” (Díez del Corral), sino para responder a los interrogantes que surgen en el presente. Escogerá la objetividad, sobre la imaginación; la verdad sobre la fábula; la esencia respecto a lo transitorio; la hipótesis más constatable sobre los prejuicios; el orden –“como la metafísica reguladora de las ideas”- muy por encima de la espontaneidad transitoria; la reflexión sobre la ocurrencia; la sabiduría rechazando los prejuicios; la libertad sobre el determinismo imaginario; la inteligencia sentiente sobre la cerrazón fanática; la búsqueda libre y abierta despreciando el oportunismo; la solidez de la sabiduría histórica en relación con el gusto de las modas; la salvación por una nueva metafísica y una religión rechazando el tránsito hacia la extinción a causa del nihilismo.
En parte, la obra de D. Negro es una autoayuda intelectual. Su vocación de profesor proyectada en su magisterio le servirá al lector para abrirse al conocimiento de la realidad más vital. Los estudios dalmacianos seguramente tendrán una vigencia en el tiempo que trascenderá las reclamaciones del situacionismo, apuntalando lo ingénito y será una tabla de salvación para quien no quiera caer en la duermevela ensoñadora de las verdades oficiales. Su extenso saber le permitiría comprender las amplias magnitudes de la realidad y liberarse de los prejuicios que los siervos intelectuales del poder extienden con constancia, posibilitando desprenderse de las lunáticas enajenaciones progresistas por las que se movía. En este sentido, D. Negro se serviría de la historia para probar la falsedad de los doctrinarismos colectivistas y las raíces que la sustentan. En oposición al progresismo que oculta lo más importante del presente y tiende a un futuro imaginario, estimaba que la tradición histórica es “la verdadera esencia de la verdadera historia”. Solo a partir de la historia que se manifiesta en la sociedad y en el Estado, en los usos, en el arte, en las costumbres, en la educación, etcétera, se podrá ver la riqueza creada por el hombre a lo largo de la historia.
En buena parte de la obra dalmaciana –La tradición liberal y el Estado, El mito del hombre nuevo-, el lector podrá entender el concepto histórico por la capacidad dalmaciana de ordenar teóricamente el curso histórico, ligando las distintas coordenadas de los sistemas dominantes, descubriendo la unidad interna de los diferentes elementos que forman un conjunto real y describiendo las relaciones estructuradas que permitirán entender cada contexto del pasado. En su línea argumental, D. Negro es un depósito de sentido común, apoyándose en las razones concretas de la ciencia y en la experiencia, dando importancia suma a lo trascendente –“la religiosidad es una dimensión fundamental de la naturaleza humana”-, como fuente de energía necesaria para dar la vitalidad al alma.
D. Negro puso especial atención en diferenciar el pensamiento, que pretende ir a lo más hondo de la realidad, del conocimiento, de las apariencias, de aquello que se hace visible y que se capta por los sentidos. El pensamiento se interesa por la cualidad y también por lo invisible –“lo esencial es invisible a los ojos” (Saint-Exupéry)-, utilizando el conocimiento y la memoria para la reflexión, hasta llegar a ser un soporte de cada espíritu. El conocimiento combina un poco de razón, otro tanto de intuición y cuyos efectos son las aportaciones cuantitativas insustanciales y, grosso modo, con resultados muy perjudiciales para el progreso moral humano.
La divinización del conocimiento, a la vez que lo relativiza por transitorio, ha extendido la ignorancia, y llegando a componer unas sociedades de crédulos –material del Estado- y siervos domesticados. Adicionalmente, dando lugar a la materialización de falsos mitos seculares, falaces fetichismos, como el igualitarismo democrático, que impondrá a los individuos con escasa capacidad crítica, comprender la realidad. El conocimiento compuesto de los datos acumulados en un ejercicio memorístico –tipo concurso- no permitirá comprender los aspectos vitales de la vida humana. Al dominar la cantidad, se impone la superficialidad y un inane sentido conduciendo a una desvalorización tal del hombre, que le ha convertido en una especie más. Siendo una de las causas por los que los atributos humanos se han ido reduciendo y vaticinándose desde hace tiempo que se ha producido la muerte del hombre (M. Foucoult).
Se entiende entonces que no haya pensamiento político, ya que “es un pensamiento abarcador, envolvente del orden social en lo externo”. Aunque superficial, no podría prescindir el orden global, para mantener la concordia social, si bien puede provocar el conflicto y a partir de la enemistad romper la paz social.
No podríamos dejar de mencionarse que D. Negro defendió el éthos europeo de origen cristiano –véase Lo que Europa debe al cristianismo-, si bien ya no confiaba en un porvenir brillante para Europa, ya que ha dejado de haber ideas rectoras, ni fe, ni esperanza”, por lo cual se ha originado una “desconfianza social” casi paralizante. A su juicio, se estaba produciendo un proceso descivilizador –empezando por el odio al cristianismo-, debido al angostamiento de su espíritu creador europeo, que le está llevando a su ruina.