Suenan los cuartos. Los indecisos, cautivos del nerviosismo, se atolondran. Una simple máquina está a punto de cambiar el calendario de nuestros días. Por fin, las doce campanadas dan paso a la creencia de un nuevo legado. El aquelarre desata la euforia. El mundo se ilumina llenándose de cantos y parabienes bajo el manto de lo ilusorio. Y después… Ese mismo cosmos apaga las luces. Las sombras chinescas regresan, lo hacen con sobrepeso, henchidas de colesterol, con la Visa sin libido y la autoestima entregada a la monjil Rosalía.
Regresar del pasado no es tarea fácil, sobre todo cuando hay que cruzar la línea que separa el júbilo de la melancolía. Vuelven los retos con alto contenido en mala leche, ya saben, esas adherencias corporales que obligan al flagelo de uno mismo. Un conocido mío lleva desde 1924 con el reto de aprender maorí y todavía no ha conseguido conjugar ningún verbo. Hay quien se subió a la cinta de correr con un inhibidor de roscones y su familia le ha perdido la pista: “Vivimos en Móstoles, y lo último que sabemos de él es que se subió a la cinta que tiene en su dormitorio y hasta la fecha”.
Llevados por la costumbre esa de cambiar de año, nos devuelve a lo que, por historia, se repite hace siglos: “Que enero tiene una cuesta tan empinada como la de Sísifo”. Los días se alargan en pesares, regresan los trastornos de la coordinación motora, la disfunción eréctil de la tarjeta de crédito y demás síntomas alérgenos, por culpa de la baraúnda fiestera de tres lujuriosas semanas. Los sueños se vuelven en rebeldía reclamando cuentas pendientes de saldar; difícil empeño, pues las deudas se toman su tiempo de cancelar. Nada nuevo, pero el vértigo nos cambia el metabolismo y eso duele como patada en partes blandas. Y claro, los bancos, que por desgracia no son entidades benéficas, aprovechan las debilidades ajenas para incordiar. Un vecino, allá por marzo, te felicita el año nuevo como si los polvorones de Estepa no tuvieran caducidad.
Y de esas desazones afloran juglares y trovadores henchidos de cánticos, versos o hirientes epítetos, haciendo de la calamidad virtud musical:
Otro que se marchita
Llamado viejo se va,
Otro año de archivo,
Otro año más.
Suele ser lo habitual
El tiempo es una farsa,
A pesar de brindar
Por lo que nos pasa.
Bueno y malo
Siempre es igual,
Se cambia de año
y vuelta a empezar.
Felicidad en lata
Conserva de hipocresía,
Traiciones y mentiras
Maldades y felonías.
Cambiar de calendario
Plegarias y rosarios,
Fiestas de guardar
Con idéntico santoral.
Guerras entre muertos
Treguas sin acuerdos,
Diferentes collares
Siempre los mismos perros.
Pobres que velan,
Ricos que anhelan,
Hambre y codicia
Quien no corre vuela.
Feliz esto y aquello
Año nuevo, le dicen,
Todo puro teatro,
El mundo se viene abajo.
Justos por pecadores,
¡A quién queréis más?
Todo sigue igual
El pueblo con Barrabás.