www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

DESDE ULTRAMAR

2026

Marcos Marín Amezcua
jueves 01 de enero de 2026, 19:40h

¡Al fin! conocemos a 2026, tan esperado, tan deseosos de poner fin a un año atrabancado como lo fue el 25. Y llegó 2026, significando que hemos agotado la primera parte de la década de los años veinte del siglo XXI y hemos ya consumido un cuarto de siglo, lo cual implica que la presente centuria va rápido y también casi de manera imperceptible.

Considero que ya hace rato que no estamos a “inicios del siglo”. Eso, en algún momento ya quedó atrás. Valga mi reticencia para similares frases tales como “comienzos o principios de siglo”. Ya estamos apoltronados en esta centuria, perfectamente acomodados y sujetos al decurso del tiempo al ritmo que la pauta.

El tiempo… con su inexorable cumplimiento, de acompañado tictac marcado tan hábilmente por segunderos y minuteros, delinea la ruta que hemos de seguir todos. El calendario solo es el pentagrama en donde se inscriben sus pasos plasmándolos imborrables hasta que el olvido haga sus estragos destiñendo los recuerdos y la memoria, por lo tanto, se repliegue, flaqueando, barruntándolos.

La Nochevieja tiene un cariz tan particular, es tan huidiza que por más que la paramentemos y se muestre empingorotada con harto brillibrilli o confeti y lucidora de ricas vestimentas aterciopeladas, fulgurantes, adamascadas, refulgentes o de acariciable finura, revistiéndola al compás de estruendosos fuegos pirotécnicos y buenos deseos y firmes propósitos reclamados como alcanzables, mientras la ribeteamos con nuestra mejor sonrisa para la selfi, no, es tan fugaz como sublime, tan de añoranza y perecedera como definitoria, tan soluble, ilusionante e instantánea como paradójicamente perdurable en nuestros más caros recuerdos. Y se va una y otra y otra y en un tris, ya llegó la siguiente. Así se va la vida. Así es la Nochevieja de voladiza, mágica, triste si cabe, nostálgica y esperanzadora al unísono, en esa dualidad infinita de pasado-futuro equidistante para ella al sonar el carrillón marcando a golpe de campanadas el paso de un año a otro, de un siglo a otro, de un milenio a otro, así como fuimos tantos tan afortunados de vivenciarlo.

Dejamos atrás un año difícil. No ha sido ni prometía ser sencillo. Un galimatías de cabo a rabo. Un intríngulis permanente, una incertidumbre imbatible, una desazón persistente, una inagotable alfaguara de problemas, un sinnúmero de conflictos, confrontaciones, un sinfín de descorazonadoras noticias que enturbian el panorama. Ojalá que ese fluido de broncas hubiera sido una simple azanca, pero no pudo ser. Si a usted en medio de este vendaval le fue bien, lo felicito. Acaso el año nuevo ¿puede ser una bella suerte de almadía de bienaventuranzas? Estaría.

El año próximo pasado ha sido laberíntico, un quebradero de cabeza inagotable, nos ha planteado dilemas, acertijos de imbricada respuesta, bretes de todos los tonos y escaladas que han desafiado al más ecuánime, que han retado al más plantado, minando temples, ahogando oportunidades, embrollando soluciones o cancelándolas, de plano. De insospechados desenlaces o trances hoscos, irritantes. No se limitó a plantear los consabidos desafíos, no, fue lacerante.

Uno se pregunta si estamos condenados a permanecer en esa suerte de postración dilatante, procrastinante, en esa realidad agreste, tremebunda, siempre en vilo y al margen del abismo, constantemente álgida y capaz de arruinar todo emprendimiento, toda iniciativa por cambiar las cosas para una mejor estadía.

El mundo pospandémico ha resultado ser sumamente descorazonador tantas veces, intrincado, enrevesado. ¿No merecemos ya una tregua y mejores condiciones en todos los órdenes? Se nos dijo durante la pandemia que de ella devendría una humanidad más consciente, solidaria, humana y ha sido todo lo contario en gran medida, tal parece. La década que transcurre no ha podido ser un nuevo “los alegres veinte”. No ha sido posible, no se han dado las condiciones plenas, antes bien, se alejan, se escasean, se evanescen esfumándose.

Podríamos ser mejores, pero nada ayuda a conseguirlo. La Humanidad se empeña en no serlo. Vamos a tirones y empujones, trastabillando, tropezándonos con nimiedades, egoísmos, terquedades que obnubilan la sapiencia e imposibilitan el mejor actuar, tanto individual como colectivo. El ambiente está cargado para mal. Desde luego que en medio quedan los mejores augurios, las acciones pro bien. No nos tiramos a la tremenda, mas no neguemos el afeado panorama.

Y frente a nosotros ya se encuentra 2026, yendo por delante arcanos, horóscopos, predicciones que pergeñan más distopías que utopías, más paupérrimos vaticinios que perspectivas alentadoras y propositivas; y desde luego, nada adelantan de un futuro cercano promisorio. ¡Qué va! Por esta desgastante realidad ¿cuánto puede sostenerse la incertidumbre o la indefinición inmarcesible que no puede ser siempre trashumante ni tampoco perenne. Indefinida. No obstante que parezca paradójico, en ánimo de agotar, desgastar, de erosionar nuestra quintaesencia. Como colectivo debemos revirar y no permitirlo. Queremos certezas. Clamamos estabilidad para bien.

Por muy borrascoso que prometa serlo, que algo luminoso también traerá el nuevo año, digo yo. Eso sí, no espere que servidorito le prediga lo que viene. Ya a primeros de 2020 apunté que se veía como un año muy peinadito, muy ordenado, muy acomodadito ese 20-20 y mire lo que resultó. Yo ya no me inmolo por nada ni por nadie. Aprendí la lección con eso de describir lo que nos parece un año nuevo.

El alumbramiento de 2026 ya aconteció al iniciar su recorrido por una senda escarpada, retorcida, de pendiente lo suficientemente adversa como para que la cosa pinte mal o, al menos, no favorable, alertándonos; que ya Cronos nos lo muestra al recién nacido cuajándolo de tantos pendientes que nos espeta, que nos endilga el atropellado año recién concluido. El 26 llega más con alforjas llenas, desbordadas de indefiniciones, banastas a tope de pendientes, con arcones y valijas repletas de inacabadas cosas de toda laya, irresueltas e intrigantes, que uno se pregunta si el nuevo intervalo emerge y aflora, sobre todo, ya hipotecado, sin margen de acción ni remedio alguno que aligere su carga de problemas y pesares y nos ofrezca y colmen nuevas oportunidades para cosas originales.

Ya el advenimiento del año 26 nos advierte que no se marchará. Démonos de santos que llegamos a este momento. Propongámonos llegar a su otro extremo.

Asumir resoluciones y clarificar rumbos e intenciones apremia a hacerlo. Menuda tarea nos aguarda y lo que se ve por delante no necesariamente es halagüeño en grado superlativo. Requeriremos de harta paciencia y sabiduría, tesón y esmero. Yo sugiero cautela, altura de miras, capacidad de respuesta, ánimo conciliador y mucha acción y fuerza que se traduzcan en resolución y reacción para el año que llega. 2026 merece ser mejor y nos toca coparticipar de ese designio. Por ustedes, ¡salud! Es cuanto.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios