www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Una sugestiva tentación

domingo 04 de enero de 2026, 18:23h

A nadie le cabe la menor duda que ha irrumpido en nuestra cotidianidad de un modo transformador. Su facilidad de manejo y sus múltiples aplicaciones en casi todos los ámbitos de nuestras vidas es y será decisiva en el porvenir humano y por tan radical circunstancia surge continuamente en la prensa y, por supuesto, en cualquier conversación; me refiero a la Inteligencia Artificial. Ya les hablé aquí sobre este prodigio tecnológico con motivo de la trigésima edición de Artfutura que instaló, hace apenas un año, en Madrid, Montxo Algora. Sin embargo; en aquella ocasión solo les comentaba mi admiración ante sus creaciones visuales que preludiaban una mutación tan radical en la concepción y la factura de la cinematografía como la que supuso la introducción del sonido en este arte.

Ahora bien; hay un terreno donde su uso se torna especialmente vidrioso: el conocimiento; además, aquí su manejo se ha incrementado fulgurantemente tanto en los sectores mercantiles como en la investigación. Ante tal apabullante presencia, me gustaría que reparasen por un instante en su funcionamiento: algoritmos capaces de modificar sus respuestas y adecuarlas según la información que se va vertiendo en la red, puesto que la velocísima solución que ofrecen es la síntesis de una exhaustiva búsqueda, en segundos, entre todos los datos circulantes o depositados en este inmenso canal y soporte. Hecho, en principio utilísimo, porque lo mismo ofrece —repito, en segundos— un raro porcentaje estadístico, como una fórmula físico-matemática o un dato histórico; por no hablar de reseñas biográficas u otras menudencias que nos asaltan en un momento de duda y que se nos despejan con una rápida consulta al smartphone o al ordenador. Pero imagínense que veinte o treinta avezados talentos en el manejo de la red desde distintos puntos del planeta se aliasen para trucar estos datos a su antojo.

No es difícil de suponer; ¿o acaso uno de los deseos más antiguos y repetidos de los hombres no ha sido reescribir la Historia según sus apetencias? Basta con recordar como algunos faraones borraron los cartuchos de sus predecesores para sustituirlos por los suyos como el método más eficaz para atribuirse un suntuoso monumento o una victoria bélica, y desde entonces no ha habido monarca, sátrapa o tiranuelo que no haya sucumbido a la tentación de imponer un relato donde sus fechorías fuesen elevadas a hazañas o simplemente disimuladas, si no ya ocultadas. Sin embargo; hasta hace unas décadas, estas falsificaciones, de clara índole propagandístico, solo estaban al alcance de los poderosos, mientras que en el presente y gracias a la red pueden convertirse en el divertimento de unos cuantos perversos geniecillos anónimos. Les bastaría con operar con la suficiente cautela para evitar su inmediato descubrimiento.

Imagínense, por ejemplo, que este puñado de hábiles gamberros tomasen como modelo un artículo de una prestigiosa revista científica o la ponencia de un congreso internacional de especialistas en una disciplina (arqueología, economía, física…), permutasen sus datos por falsificaciones o variasen sus conclusiones, la firmasen con el nombre de un imaginario profesor de universidad y le añadiesen una referencia bibliográfica (fecha, paginación y edición) también falseada y el producto lo introdujesen en Internet. Llegados a este punto, con uno o varios bots solo les bastaría hacerlo «escalar» en la red hasta que no solo cualquier incauto se tragase el embeleco, sino también la misma Inteligencia Artificial divulgase su estafa.

En muy poco tiempo y por el uso incontenible de este sistema de obtención de soluciones, ese puñado de artículos falsos —encima in crescendo por semanas— circularía privilegiadamente para armar tal pandemónium que la comunidad científica no ganaría para desmentidos y denuncias. Y aun así, siempre permanecería imperturbable el reducto de los llamados conspiranoicos sosteniendo, en sus panfletos y plataformas de difusión, ante esa multitud, tan crédula como suspicaz, que integran sus seguidores en todo el planeta, que la academia —por descontado, obedeciendo a los grandes poderes ocultos— solo pretendía silenciar la «auténtica verdad», que no sería sino los camelos puestos en circulación por la pandilla de duchos subversivos, quienes, desde luego, estarían partidos de la risa ante la colosal confusión creada.

Y aun cuando esta fabulación pudiera antojárseles un delirio, les puedo asegurar lo contrario. Verán; durante la redacción de mi último título, Cela, Soler y Rojas con Baroja al fondo (2025), me encontré entre la documentación descargada de la red con la referencia a un artículo, publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, donde se señalaban algunos gravísimos errores y otros deslices indecorosos cometidos por Camilo José Cela acerca de la correspondencia objeto de mi libro. He aquí que ese número de la revista no era accesible por la red, ni tampoco se encontraba en la bien nutrida hemeroteca municipal de Madrid; solo di con él en la Nacional y, para mi perplejidad, descubrí que no existía dicho artículo. No obstante, ahí permanece ese documento —una pretendida ponencia congresual— insinuando un puñado de infundios sustentados en un artículo inexistente. Y no solo me he tropezado con este flagrante caso, sino que, de las variadas consultas realizadas a la Inteligencia Artificial, al menos en una cuarta parte he recibido respuestas erróneas o tergiversaciones bastante chocantes de los datos reales.

En definitiva; que se prevengan ante las respuestas de la Inteligencia Artificial y que, en caso de necesidad, crucen varias fuentes —a ser posible impresas— como se ha hecho siempre. En cuanto al futuro, constatada nuestra incontenible dependencia de la IA, mejor ni pensarlo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (81)    No(1)

+
9 comentarios