Podrán decir lo que quieran decir sobre el estilo atrabancado y a veces hasta torpe del presidente Donald Trump, pero está claro que todos sus posicionamientos respondena una lógica imperial que no guarda las apariencias.
Trump es -no hay que olvidarlo- un empresario que construyó una posición, una riqueza yuna cosmovisión política a partir del ejercicio descarnado del poder, y por eso a veces suele parecer grosero.
Pero analizando sus comportamientos, uno puede concluir que Trump es un personaje típicamente machiavelliano -en versiónEl Príncipe- y a nadie le gusta ser testigo de quien usa el poder para fortalecer su poder, su dominio y su influencia.
La culpa -si se quieren encontrar responsables- la tienen los ingenuos ciudadanos que se pasmaron con el papel activo de Donald Trump el 6 de enero del 2020 cuanto movilizó a sus tropas civiles en modo de insurrección para tomar por asaltoel Capitolio, pero luego,cuatro años después, le otorgaron los votos para derrotar a la candidata Kamala Harris que había sido vicepresidenta de Joseph Biden.
Así que nadie se debe llamar sorprendido: Trump es Trump porque siempre ha sido Trump. Y lo primero que hizo Trump en su segunda presidencia fue liberar a la mayor parte de los insurrectos del 6/1/20 como para demostrar que él había sido el líder del alzamiento violento que estuvo a punto de convertirse en una guerra civil.
Como empresario y, de paso, machiavelliano, Trump no tiene que ponerle un disfraz a su “verdad efectiva”para hacer hasta lo imposible y mantener el poder y si se puede expandirlo. Allá la oposición democrática antichavistade la activista María Corina Machado que supusoque Trump iba a ser el ángel instaurador de la verdadera democracia en Venezuelaen términos -si se revisanlas propuestas de la Premio Nobel de la Paz- que ni siquiera se han instaurado en los territorios de la democracia tocquevilleana descubiertaen el siglo XIX, y nadie veía la posibilidad de que Trump estuviera pensando en una democracia utópica.
Por eso fue que Trump dictó sus primeras medidas después del secuestro-arresto del presidente Maduro: el secretario de Estado Marco Rubio como autoridad provisional en modelo Bremer en Irak, las negociaciones secretascon la vicepresidenta Delcy Rodríguez para mantener cohesionado al bloque de la alta burocracia de Maduro y eludir cualquier llamado a la rebelión internay el desdén públicode Trump hacia la Corina Machado que días antes del Premio Nobel de la Paz había sido encumbrada como la Juana de Arcode Venezuela.
Un dato que no todos procesaron había dado indicios de lo que estaba en el juego real de poder en Venezuela: cuando se esperaban acciones de venganzade Maduro porla destrucción a bombazos de lanchas presuntamente cargadas de drogas venezolanasy por el embargo de un barco petrolero, el propio presidente de Venezuela utilizó buques de petróleo de la empresa estadunidense Chevron, la única que había permanecido en el país después de las expropiaciones bolivarianas. Y hoy, después delmadurazo, Chevron emergecomo el pivote de apropiación estadunidense de la riqueza petrolera de Venezuela.
Después de la caída de la Unión Soviética en 1989-1991, todos los presidentes estadounidenses desdeñaron lo que ocurría al sur del Río Bravo y en el escenariode la famosísima Doctrina Monroe de que el continente americano era para los estadounidenses. Bush Jr., Obama, el primer Trump y Bidenprefirieron una convivencia con Venezuela como el primer proveedor de petróleo para la maquinaria del capitalismo estadounidense, quizá porque el costo político de una intervención menor o mayor hubiera desajustado las otras prioridades estadounidenses.
Como empresario, Trump ha ejercido el poder político en función de la reconstrucción del capitalismo hegemónico que se diluyóen la globalización productivaque se inició como Consenso de Washington en el proceso de desarticulación del comunismo económico de Estado de la Unión Soviética. En este sentido, ya es hora de que se tome en serio el proyecto MAGA -hacer grande otra vez a Estados Unidos- porque no es otra cosa sino la reconstrucción del capitalismo estadounidense dentro del territorio americano, inclusive pagando altos costos para desandar lo andado.
El problema, en todo caso, es de tiempos políticos. Todos los presidentes surgidos de la experiencia del poder antes que Trump se encontraron con la limitación de la temporalidad constitucional en la presidencia y solo administraron algunos ajustes que siguieran manteniendo la hegemonía científica y tecnológica de EE UU en una economía globalizada.
A Trump se le vienen encima la reconstrucción del proyecto político de Venezuela y las expectativas de corto plazo señalan que será un proceso muy largo y de conflictividad internaen Venezuela, y el tiempo presidencial de Trump es de apenas dos años -el actual y el próximo-, antes de que el proceso de sucesión presidencial lo meta en el debate de tercera reelección o de apostarle a ciegas a las figuras todavía no cinceladas del vicepresidente J. D. Vance o del secretario Marco Rubio.
Habrá que esperar semanas o meses para que se asiente el efecto local e internacional en Venezuelay que el gobierno poschavista encuentro un diálogo político con la oposición de González y Corina y entonces tener una claridad de los efectos reales delmadurazo. Pero al final, será lo que Trump quiera.