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TRIBUNA

Libertad y justicia

Juan José Vijuesca
miércoles 07 de enero de 2026, 18:59h

Andaba de café mañanero, de esos que invitan a pensar. El caballero, que no camarero —detesto esta definición—, me trajo el descafeinado. Me soltó la inquietud del momento: —Señor Juanjo, usted que es hombre de letras lo entenderá,¿cómo acabará Venezuela?—¡Maldita sea, Abilio! ¡Qué pregunta! Yo creo que este asunto tiene más que ver con una bola de cristal que con el mundo de las letras. No obstante, es importante tener en cuenta que los "buenos y malos" no son categorías inmutables, sino elementos en permanente tensión dentro de un mundo desencantado y contradictorio, donde la insidia y la moral se entrelazan para encontrar la verdad y la salvación personal.En Venezuela, al igual que en cualquier régimen similar, el poder hace y deshace a su antojo sin preocuparse por asuntos que conciernen a los de abajo; por eso, los individuos que usurpan la libertad bajo tiranas prácticas se deben a la justicia popular. En caso contrario, toda esperanza es poca.

Lo que ocurre en Venezuela, amigo Abilio, es una dictadura en toda regla, por lo cual se trata de liberar a los oprimidos: a los miles de presos y torturados políticos, a las personas que han sido violentadas, perseguidas o expulsadas de sus haciendas. Ocho millones de migrantes forzados que, dejando tras de sí a familiares sumidos en pobreza y calamidades,ahora tienen derecho al resarcimiento.Por lo tanto, la tiranía no es solo Maduro, es importante poner el foco en un régimen totalitario que se disemina como las esporas bacterianas esparciendo el tiranicidio en su versión más brutal. También conviene referirse a tantas vidas no vividas ymenospreciadas o que se han perdido en un limbo social y económico donde el bárbaro sacia su tiranía.

Y todo esto tiene un solo nombre, querido Abilio: «Dictadura»; que no es más que el exceso de poder político cuando sobrepasa sus deberes y se pervierte la manera de gobernar,transformándose en un caudillaje cruel e irrefrenable. Por curioso que esto resulte, la apariencia del tirano suele estar disfrazada de algo que no tiene nada que ver con lo que realmente es. De esta manera, el tirano se comporta con altivez y seriedad de lo evidente; podríamos referirnos a ello como la gravedad de sentirse el más poderoso, el más alto y, al final, el más corrupto y malvado. La apariencia es una cosa, y la realidad es otra muy distinta.

Francisco de Quevedo describía a estos largos de lenguas y mordedura de áspidecomo gigantes robustos rellenos de trapos y fajina. La fajina, como saben, es la leña pequeña; sin embargo, también podría servir una carga de serrín desde los pies a la cabeza. Esta figura bien puede retratar a numerosos otros casos que, debido al nacionalismo de identidad, veneran a Maduro y a sus opresores correligionarios de falsas pompas y peores obras, gobernando bajo los efectos de la obsesión patológica del poder, sin importar el precio y por encima del bien y del mal.

Es el engaño de la apariencia, por eso lo acontecido ahora en Venezuela es, en mi opinión, una puesta de sordina ante la esperanza tan próxima como alargada pudiera ser, pues el juego de lo justo a veces cae del lado equivocado. Donald Trump, gran coleccionista de oportunidades, alimenta el credo de los honestos y de los necesitados frente a los inmorales;sin embargo, ¿cuánto tiene de apariencia y cuanto de realidad su intervención liberadora?

Ojalá sea el principio del fin de estos regímenes que subsisten gracias a una historia oscura en la que millones de individuos han caído bajo el yugo tiránico de ídolos de barro que, al llegar su hora de rendir cuentas, se rebajan ante la malicia de sus acciones. Que así sea para los tiranos y sus cómplices, tanto directos como indirectos.

—Amigo Abilio, creo que mi café, nuestro café de hoy, se ha enfriado. Hasta mañana, un nuevo día que confío traerá libertad y justicia. Que así sea.

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