Lo mismo que el gran Diceópolis aristofánico hizo una tregua ( “spondê” ) personal con los espartanos durante la Guerra del Peloponeso, que le permitía salir de los muros de Atenas y recorrer el Ática sin peligro, en donde tenía sus propiedades agrícolas, y poder celebrar tranquilo las Dionisias Rurales, yo también quiero tener un acuerdo de paz con Putin de cien años, de suerte que el ejército ruso y los misiles kinzhal, oreshnik, iskander o zircón soslayen mi casa, mis olivos, mis cipreses, mi cerezo, mi granado, mis dos fotinias, mi altea, mi viburno, mi membrillo y mi imperial magnolio, rey del jardín, y pueda vivir alegre en el sosiego, con la bota cargada de vino manchego, y abundantes migas y queso en aceite, diciendo como un nuevo Diceópolis: “Acepto la tregua con los rusos, que huele a ambrosía y a néctar, y hago la libación y la apuraré y mando a la porra al ejército de Úrsula von der Leyen. Y, por fin, liberado de la guerra y sus males, me marcho a celebrar las Dionisias Rurales.” Por cierto, la palabra que utilizan los griegos para las treguas es “spondaí”, que en su origen etimológico significa “libaciones”, pues cada vez que los estados helenos acordaban un período de paz se realizaba este ritual consistente en verter vino en honor de los dioses que garantizaban la paz. Dioniso, transformado en el alegre vino, y llenando así los corazones de alegría y esperanzas vitales, avala el cumplimiento del pacto. Así que voy a llamar al camarada Vladímir Vladimirovich, para hacer mi pacto personal con los rusos mediante una melopea digna del Mitia de Los Hermanos Karamásovi. En estas curdas rusas hay mucho despipote y canciones subidas de tono, eso que los finos gramáticos alejandrinos llamaban aischrología o la utilización de palabras obscenas y burlas amparadas por el contexto ritual de la borrachera estipulante. El gran Aristóteles llamaba en su Pol. 1457b 12s a la copa de vino “el escudo de Dioniso”, no menos poderoso y peligroso que el escudo de Ares. Para cada uno de los países que integran la UE la Comisión Europea funciona como ese rodrigón que echa a perder la vid, las comunidades nacionales, como dice el sabio proverbio griego que no escucharon los amigos Bouvard y Pécuchet en sus arduas pruebas agrícolas en la gran novela de Gustave Flaubert, para cuando alguien o algo recibe un perjuicio de quien se suponía lo protegía y velaba por su bienestar, cosa que sólo se puede fundamentar en la paz. Trigeo, otro pacifista como Diceópolis, que se disfrazaba de mendigo, en la comedia, también aristofánica, de La Paz, marcha al Olimpo para que le den indicaciones de dónde está La Paz para conseguirla él mismo, frente a Esparta, al margen de los dirigentes políticos a la sazón. En el verso 308 de esta comedia se dice de la Paz que es “la mayor de las diosas y la que más ama la vid” ( tên theôn pasôn megístên kaì philampelôtátên ). “¡Qué rostro tienes, querida diosa! ¡Cómo hueles, qué grato para el corazón, dulcísimo aroma y perfume lejos de la milicia!”. Trigeo, al resucitar la Paz por su interés particular, se convierte, sin embargo, en “salvador de absolutamente todos los hombres” ( sôtêr hápasin anthrôpois ). Es curioso que en la comedia – muy bien, por cierto, la versionada por Francisco Nieva – se saque a la paz de un foso o gruta subterránea. Y es que los griegos concebían las grutas y el subsuelo del mismo modo que el vientre materno, esto es, como un lugar fértil y generador de vida.
Pues bien, yo creo que tras la milagrosa y misteriosa captura por parte del ejército americano del excéntrico dictador Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, y una vez que se ha constatado que los ejércitos modernos pueden hacer la guerra con objetivos muy singulares, los ciudadanos, individualmente tomados, “idiôtai”, podemos, como Diceópolis y Trigeo, hacer la paz con los grandes enemigos de alocadas del tipo Kaja Kallas, una iletrada de campeonato, que nos puede poner en peligro el huerto de judías, patatas, brócolis y repollos, si Putin pensase que yo también soy un devoto de Ares. No, no, no, yo hago la paz particular con Putin, como millones de venezolanos la están haciendo con Trump en particular.
También debería estar permitido hacer la paz por sectores sociales; por ejemplo, la derecha venezolana podía hacer por su lado la paz con Trump, dejando a la izquierda para la guerra, del mismo modo que en la también aristofánica Lisístrata son las mujeres de Atenas las que hacen la paz con las espartanas, escindiéndose en dos las comunidades y el mismo conflicto, con unos la guerra, con otras la paz. El nombre de Lisístrata está compuesto en su primera parte por el verbo “lýô”, el verbo regular de las gramáticas escolares, que significa “liberar” o “desatar” – de la misma raíz viene el “absolvo” del confesor cuando nos desata del pecado, por ejemplo, el de la guerra -, porque libera a su ciudad de la guerra con el pacto que hace con una parte de la comunidad espartana, que son las mujeres. Y entonces, “como potrillas las muchachas junto al Eurotas no dejan de balancearse con sus pies, levantando polvo, y sus cabellos se agitan como bacantes blandiendo el tirso y danzando. Las conduce la hija de Leda, sagrada guía del coro de bella apariencia”.
Ahora que la sorosista sororidad que gobierna Europa está disolviendo los lazos espirituales que unen a cada comunidad nacional, el que uno haga un pacto de paz con el tovarich Putin no sólo no constituye una traición nacional, sino el acto de individualismo feroz y egoísta al que precisamente nos está llevando la tal sororidad sorosista, rematando el quiasmo. A diferencia de esta Europa censora, en la vieja Democracia Clásica uno podía ridiculizar en la comedia al mismísimo Pericles por haber hecho caer la guerra sobre los atenienses, o injuriar cómicamente al gran general Formión, porque era amigo de otra guerra que generaba un gran descontento social. Ambos fueron los antecedentes del “miles gloriosus” plautino. Y ni Ursula von der Leyen, ni Kaja Kallas son Pericles ni Formión.