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El valor de no contarlo todo

domingo 11 de enero de 2026, 19:45h

Este tiempo extraño y volátil de la posmodernidad es también la era del relato. Acabo de terminar con mi hija preadolescente una redacción en la que quería contar lo de siempre: los regalos de Navidad, el patinaje sobre hielo, la visita de sus primas. Le dije que estaba bien, pero que sería una redacción olvidable, idéntica a la de sus otros veinte compañeros. Tras una discusión larga y algo dramática, con lágrimas y pataleos incluidos, aceptó una sugerencia: introducir una inocentada a posteriori y no revelar el contenido de ninguno de los
paquetes que aparecieron bajo el árbol el seis de enero. Sin que ella aún lo sepa, ese silencio ha sido el gesto más subversivo que hemos cometido juntos en lo que va de año. No hace falta contarlo todo. No hace falta contar siempre la verdad porque en literatura no existe la mentira, solo la ficción más o menos exagerada.

En este tramo de la historia de fango y narrativas divergentes, ser consciente de que hay que llamar la atención con nuestro producto es algo básico para construir a quienes pilotarán el mundo del mañana. No basta con tener algo que decir, sino que también hay que lograr que alguien quiera escucharlo. Por eso, la redacción de mi hija es también una metáfora del mundo que habitamos. Educar hoy consiste en enseñar a narrar, pero también a resistir el ruido; a distinguir entre la voz propia y el eco, a optimizar entre lo realmente valioso y lo eminentemente desechable.

El relato se ha convertido en una herramienta de supervivencia: para las marcas, para la literatura, para cualquiera que desee existir en el espacio digital. Pero cuando todo se convierte en narración, ¿qué queda fuera del ruido? ¿Hay aún lugar para la experiencia silenciosa, para lo que no necesita publicarse?

A veces pienso que quizá el último gesto original sea guardar algo sin contarlo. No por miedo ni por pudor, sino para que conserve su temperatura interior, su verdad. Mi amiga la poeta María Rosa Serdio me lo explicó un día: es necesario pensar el haiku sublime y no escribirlo. Ver el amanecer perfecto y no fotografiarlo, simplemente disfrutarlo y dejar que se marche. En tiempos líquidos, donde la atención es el combustible más caro, lo verdaderamente subversivo podría ser no competir por ella, sino cultivarla.

Contar bien algo es una forma de cuidar la palabra, al que nos lee o nos escucha y, sobre todo, el significado. Dejaremos en herencia a nuestros hijos nuestra cultura, nuestra educación y la capacidad de romper todas nuestras costuras mentales, si así es necesario, por un bien superior. En el fondo, cuando le sugiero a mi hija que cambie su final, no intento convertirla en publicista precoz, sino recordarle que toda historia, como toda vida, necesita un poco de misterio para no disolverse en la transparencia. Preservar ese resto inexplicable que se escribe a lápiz en una libreta de bolsillo donde la vida todavía no ha sido convertida en contenido.

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