“Europa presenta un caso único de autodestrucción voluntaria [...] vivimos una era de alianzas impías” es el diagnóstico sobre la situación europea de Slavoj Zizek, en su último libro Ateísmo cristiano (p. 19 y 307). Zizek es un filósofo esloveno muy prestigioso, afamado desde hace decenios por una versión del psicoanálisis que combina el marxismo del conocido filósofo argelino francés Althusser con los extravagantes circunloquios del parisino Jacques Lacan, un famoso psiquiatra de “la rive gauche” del Sena influido por el idealismo hegeliano y los impulsos bohemios surrealistas de los felices años veinte.
Al hablar de las “alianzas impías”, Zizek se refiere a las obvias incongruencias de un progresismo que se dice democrático, desde que comenzaron a tomar asiento gubernamental las ideas ecologistas, feministas y animalistas, se alía a dictaduras comunistas o a regímenes autocráticos islámicos, un progresismo especialmente a la vista en España desde que se sentó en España a la mesa de ministros. A Zizek le escandaliza lo que escandaliza a cualquier observador congruente de la actualidad española: que los partidos progresistas que profesan el feminismo y e ecologismo de salón sean cómplices de los regímenes donde mandan ayatolás que predican la subyugación de la mujer, donde se la persigue por no obedecer a sus maridos, se las condena si es violada en lugar de condenar al violador, se les fuerza a llevar el burka o se las lapida por no llevarlo. Mientras lo escribo me informo de cómo se extienden a todo Irán las protestas que hace días comenzaron en el Gran Bazar de Teherán, a pesar de la represión policial, de las amonestaciones del ayatolá Jameini, de la prohibición de internet en toda la república y de la intervención armada de la Guardia Revolucionaria. Todavía está por ver una sola referencia del neofeminismo y el ecologismo español o de las ministras de Sumar por el vandalismo oficial que reprime a las manifestantes en la República islámica. Es a esto a lo que Zizek llama “alianza impía”, es decir, alianza aparentemente incomprensible por ser obviamente contradictoria.
Esto ocurre mientras la atención de la izquierda oculta o silencia que Maduro, por ser extraído contra su voluntad como presidente de Venezuela, es un asesino bárbaro como lo es el ayatolá, y el escándalo se multiplica por la sórdida complicidad de una prensa blanqueadora a la que no da igual donde se cometen los crímenes de lesa humanidad, sino que anda con remilgos sobre las quimeras de un derecho internacional inexistente, ya que está en manos de un Consejo de Seguridad que aplica la norma a conveniencia de quienes lo forman. El Derecho Internacional no es un derecho político independiente sino un derecho politizado lo que significa que no es un derecho sino la prolongación de un poderío político.
Lo de la “autodestrucción voluntaria” es el motivo que hace posible la “alianza impía” que denuncia el izquierdista Zizek. Europa se autodestruye voluntariamente porque el progresismo europeo quedó abonado a la autodestrucción desde que se supo que la lucha de clases marxista fue un invento fracasado porque nunca hubo lucha, nunca hubo tampoco solo dos clases enfrentadas, la de los proletarios del mundo uníos y la de una burguesía capitalista explotadora de un proletariado inexistente. “Proletariado” y “burguesía” fueron invenciones conceptuales, abstracciones para impulsar la predicción de que la clase proletaria estaba llamada a emancipar al trabajador de la explotación del propietario del capital que se adueña de la plusvalía creada por el trabajo. Entusiasmados por la profecía, los esperanzados revolucionarios llevaron a Rusia y a China a los sendos fracasos de la revolución soviética y la revolución cultural que pusieron las vidas de más de treinta millones de personas para sacrificarlas en los altares en manos de revolucionarios. El cuento ruso y el cuanto chino acabaron convirtiéndose en capitalismo de partido único, es decir, copiaron el invento que fraguó el éxito de Franco y de Pinochet, pero los fervorosos creyentes europeos en la revolución del proletariado en lugar de entonar el mea culpa, en vez de desdecirse por el sufrimiento causado escondieron su derrota teórica y práctica bajo el manto del resentimiento que suele dejar el fin de la contienda en los corazones que se resisten burdamente a admitir que han sido derrotados. La crítica contra los vencedores se hizo más amarga y feroz que cuando todavía creían que serían ellos vencedores. El masoquismo sustituyó a la esperanza y reprocharon al capital ser culpable de todos los malos a los que se habría de enfrentar la globalización.
Así floreció el ecologismo, el neofeminismo, el animalismo, el indigenismo y todos los ismos que ahora combate el presidente Trump, reprochado por la izquierda por alentar la extrema derecha, coincidiendo con el izquierdista Zizek cuando reprueba “la directa obscenidad del nuevo populismo y del fundamentalismo religioso en la peor expresión de la cultura de la cancelación”. Zizek no ve más expectativa de emancipación que seguir las proclamas de Trump contra el woke. Asume de Trump que hay que dejar sola a Europa porque ya no tiene más salida para su melancólica agonía que salvarse a sí misma. Trump ha salido al paso en Estados Unidos contra todo lo que ha desgastado a Europa y la ha dejado sola ante el escenario de su autodestrucción. Si quiere conservar Groenlandia, Europa tiene antes que espabilar para desembarazarse de sus enemigos interiores, como ha hecho Trump con modales impropios de un presidente, lo cual no desautoriza que tuviera que hacerlo. Esta “directa obscenidad del nuevo populismo” izquierdista que arrastra a España a “la autodestrucción voluntaria de las alianzas impías” tiene nombres propios, están sentados con Sumar en el salón del gobierno, rumian con Sánchez su resentimiento sin salida como lo rumian a escondidas Zapatero, su tropa silenciosa y la prensa cómplice que urde cómo encubrir sus responsabilidades.