Pedro Sánchez busca sacar la cabeza de la cloaca del PSOE con un papel protagonista en la transición venezolana. Marginado en la Unión Europea por sus delirantes propuestas, acusado de ser un estrecho aliado de la dictadura de Maduro, ahora se dedica a hablar por teléfono con su amiga Delcy Rodríguez obviando que la nueva presidenta está a las órdenes de Trump, que sigue al pie de la letra las instrucciones de Marco Rubio. El presidente español busca intervenir en la transición del chavismo, sin ser consciente de que en el país caribeño manda Estados Unidos. Pero Trump tiene multitud de evidencias de la complicidad del presidente español con la dictadura bolivariana.
Y, así, entre dos aguas, habla con la nueva presidenta y con el opositor y vencedor de las elecciones Edmundo González y se postula para promover “el diálogo y negociación entre los venezolanos”, después de haber defendido sin la menor objeción al dictador. Pero a Pedro Sánchez se le ve el plumero cuando califica de “retenidos” a los presos políticos españoles que estaban encarcelados en el penal de el Helicoide, uno de los mayores centros de tortura del mundo sin siquiera festejar su liberación. No sabe qué hacer para protagonizar un proceso. Pero sólo es un apestado por su pasado chavista, como ha denunciado Corina Machado; sin olvidar el desprecio de los demócratas de todo el mundo por haber blanqueado la dictadura chavista como ha hecho en España con los herederos de ETA.
Y en ese limbo político se mueve Sánchez. Con tanta torpeza y cinismo como para llamar “retenidos” a los encarcelados por la dictadura. Y ni siquiera se atreve a festejar la liberación de la llegada a España de los apresados y torturados por la dictadura de Maduro para no molestar a los chavistas que todavía siguen en el poder y que guardan los secretos de su implicación con la represión y con los negocietes de su maestro de andanzas José Luis Rodríguez Zapatero.