Todos los analistas parecen estar perdiendo la vista el bosque por querer tumbar a hachazos al árbol de enfrente. La actualidad de Donald Trump se puede sintetizar en un enfoque muy sencillo: no es Trump, sino la configuración de un escenario estratégico muy lógico en la construcción y consolidación de imperios para recuperar el espacio hegemónico de dominación que Estados Unidos perdió en noviembre de 1989 con el salto estratégico de las economías nacionales al Consenso de Washington de la globalización del mercado de producción y de consumo.
El tiempo histórico quiso que se cruzaran circunstancias muy precisas: el agotamiento del modelo comunista autoritario de la Unión Soviética que no pudo aguantar el ritmo de competencia como el fortalecimiento militar de Estados Unidos con Ronald Reagan. La Unión Soviética se colapsó a finales de 1989 por acumular contradicciones por la crisis en los liderazgos gerontocráticos: Brézhnev, Andropov y Chernenko y el arribo del joven de 54 años Mijaíl Gorbachov.
El ciclo que se interpretó como la victoria del capitalismo coincidió con el agotamiento de liderazgo dictatorial en el Kremlin, pero Estados Unidos no entendió la lógica de los cambios y presionó para que Gorbachov cumpliera con los deseos americanos desmantelar el imperio comunista y extender el dominio capitalista del Muro de Berlín a la frontera física con Rusia.
Los presidentes estadounidenses Bush Sr., Clinton, Bush Jr., Obama, el primer Trump y Biden no entendieron la dinámica de las contradicciones de la geopolítica de seguridad nacional, porque los mandatarios americanos fueron políticos improvisados por la circunstancia concreta de tiempos confusos en la política, la sociedad y la economía de Estados Unidos. El bloque soviético entró al capitalismo, la ofensiva terrorista musulmana radical se dio por hechos prácticamente tribales y religiosos y la globalización productiva y de consumo redujo la influencia geopolítica de Washington en el mundo occidental.
La comunidad política y de seguridad nacional de la Casa Blanca calibró de manera equivocada la crisis en el liderazgo soviético: Chernenko-Gorbachov-Yeltsin y el siglo XXI arrancó con el enfoque estratégico --bueno o malo, equivocado o certero, pero estratégico al final de cuentas-- del ex agente del KGB y del FSB --las dos áreas del espionaje comunista de la URSS-Rusia-- Vladimir Putin, quien tomó el control del Kremlin para una estrategia de reconstrucción del imperio ruso con ideología comunista, pero en los hechos solo como un proyecto imperial de Estado. Y en el camino se encontró con un alma gemela: Xi Jinping.
Trump no ha sido una anomalía en los liderazgos políticos de Estados Unidos, sino que ha sido producto del desarrollo de las contradicciones históricas de las fuerzas que tienen el control todavía del capitalismo mundial. El perfil empresarial, atrabancado y audaz de un empresario mediocre pero que supo usar el poder político para construir su propia fortuna con las características de un empresario construido en el proyecto televisivo El Aprendiz presentó a la sociedad norteamericana a un líder que rompiera con el arrinconamiento en el que se encontraba todo el poderío militar estadounidense, frente a la arrogancia no siempre apoyada con fuerza armada de Putin y Jinping.
Trump no es el ciudadano afortunado Donald, sino que es un sujeto histórico que emerge desde el seno sociedad estadounidense agobiada por las humillaciones internacionales, la ineficacia detener el Ejército y arsenal nuclear más importante del planeta, la violencia y acicateada por el consumo creciente de drogas y las primeras rebeldías de la sociedad de abajo contra la élite del 5% de estadounidenses que define el american way of life o modo de vida americano.
Bush Sr. fue vencido por la edad y la incomprensión del escenario geoestratégico de seguridad nacional, a pesar de haber sido director de la CIA en 1976, pero era entonces una CIA que había estado corrompida por Watergate; Clinton convirtió a la Casa Blanca en una casa de prostitución; Bush Jr. fue el menor de los males por su discurso de recuperación del dominio geopolítico estadounidense; Obama llevó el péndulo americano desde el decenio de los sesenta por lo que representaba solo el color de su piel, pero la ausencia de una conciencia de la negritud; y allí se abrieron las puertas al primer Trump que rompió a gritos diciendo que la culpa era de los migrantes y de los narcotraficantes; pero llegó finalmente una reconstrucción circunstancial del bloque dominante liberal-conservador y Biden tuvo la suerte de encontrar el tono contra la gritería de Trump.
La acumulación de todas estas contradicciones en los liderazgos presidenciales reacomodó las relaciones políticas, de poder y de hegemonía de una sociedad norteamericana que iba rumbo al precipicio por falta de un liderazgo. Trump entendió la lógica del Estado profundo como responsable del fracaso del proyecto histórico estadounidense y potenció sus cuatro instrumentos de poder: el ejercicio de la fuerza contra los productores y contrabandistas de drogas, el uso de la fuerza militar y policiaca contra la inseguridad que ya estaba invadiendo zonas de confort de la élite, el regreso a la centralidad económica productiva y de consumo y todo ello envuelto en dos doctrinas históricas que son la esencia del proyecto de Trump: la doctrina del destino manifiesto de 1630 que señalaba que Estados Unidos había sido investido por la Divina Providencia como el centro del universo y la Doctrina Monroe de 1823 primero para fijar la zona territorial exclusiva de EE UU en el continente americano y luego --como se ve ahora-- extender ese dominio a todo el hemisferio occidental enfrentando al enemigo ruso-chino que amenaza la hegemonía histórica de la Casa Blanca.
Este es el primer esquema para entender a Trump no como un desquiciado en Washington, sino como un sujeto histórico de la reconstrucción del imperio americano.