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TRIBUNA

GH Dúo y los despojos de la fama

jueves 15 de enero de 2026, 19:21h

Acaba de empezar un nuevo reality en televisión. Hablo de la nueva edición de Gran Hermano. Parecía que había terminado este programa, pero no; si contamos todas las ediciones, esta es —según Chatgpt— la trigésimo tercera (¡33!). Ya sabemos que las televisiones, como muchas otras empresas dedicadas al entretenimiento, están faltas de ideas. No saben cómo hacer frente a esos titanes llamados Youtube o Twitch, y están perdidos. Han probado de todo y ven que lo único que medianamente les funciona es lo que ya les ha funcionado. Así que están ansiosas por conservar lo de siempre, por abrazar la tradición. La televisión es devota de Chesterton y Roger Scrutton. Son conservadores; pero —eso sí— a la fuerza.

Así que una vez más, terco e incombustible, cual ave fénix, ha vuelto Gran Hermano, en concreto Gran Hermano Dúo. Pero antes pongo un poco en contexto para los que —felizmente— desconozcan qué derroteros ha seguido este formato desde aquel programa que triunfó a principios de los 2000. Después de aquella primerísima edición, vinieron unas cuantas nuevas: GH1, 2, 3, 4, 5... Y llegó un momento en que optaron por meter no sólo a personas anónimas en una casa llena de cámaras, sino también a famosos. Famosos anónimos, claro: unos porque se habían hecho conocidos por participar en otros realities o programas similares; o bien gente que fue famosa en algún momento y que fracasó estrepitosamente. La cosa es que un español medio puede conocer aproximadamente a un 20% de estos famosos. A esto lo llamaron GH VIP.

En fin, hicieron múltiples ediciones de esta leve variación del formato original y, a continuación, se inventaron otro parecido: GH Dúo, que es igual que GH VIP, con la única diferencia de que los concursantes compiten en parejas. Y la semana pasada se estrenó la nueva edición, la tercera ya de este formato.

En esta tercera entrega hay perfiles muy diferentes. Hay un grupo conformado por exconcursantes de La Isla de las Tentaciones; amantes del dinero fácil que participaron en este último reality cobrando mil euros y poniendo en peligro su relación de pareja en busca de su ansiado dorado: esto, participar en GH Dúo y en realities de similar pelaje.

Por otro lado, están los colaboradores de televisión; gente que vive de currar en programas comentando realities o hablando de las vidas de los demás o incluso de la suya propia. En este caso, tenemos a Belén Rodríguez y a Carmen Borrego —hija de María Teresa Campos—, respectivamente. Estos últimos, igual que los concursantes profesionales de reality, son exactamente lo mismo: forman parte de la factoría Mediaset. Porque Mediaset es una fábrica que, además, posee una planta de reciclaje. Una planta que reutiliza y reutiliza los residuos que la fábrica produce.

Pero estos me dan igual. Viendo el programa la semana pasada quienes captaron mi atención fueron otro grupo, el que componen los famosos que un día tuvieron éxito. A diferencia del resto, es gente con una carrera. Gente que, a diferencia de los influencers, fue influyente por haber hecho algo en la vida. Encontramos por ejemplo a Carlos Lozano, que fue un presentador y modelo de éxito. O también a Cristina Piaget, una modelo de la que no tenía noticia —de modelaje sé lo mismo que de ingeniería aeronáutica— pero que trabajó con marcas como Dior o Valentino y que fue portada de revistas como Vogue o Elle. Y también Antonio Canales, bailaor galardonado con el Premio Nacional de Danza o la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes.

Y, sin embargo, pese a todo, allí estaban, junto a los exconcursantes de La Isla de las Tentaciones como er Manué o Anita Williams, residuos reciclados una y otra y otra vez. Y da pena. Resulta muy triste ver a personas que destacaron en su carrera, que se esforzaron a lo largo de sus vidas por ir subiendo, poco a poco, peldaños, con el objetivo de cumplir sus sueños y prosperar de manera digna. ¿Y todo para qué? Para verse en un programilla donde poder rascar algunos euros y hacer frente quién sabe a qué compromisos. Y no me cabe duda de que todos ellos, sean vicios, deudas, etc., fueron compromisos contraídos en su pasado, cuando fueron otros. Otros más jóvenes, más guapos, más exitosos, pero también más alocados, más torpes, más inconscientes.

Y viendo el programa se me ocurrió pensar en ellos en esa época, cuando la vida era una autopista y tenían un coche de alta gama para recorrerla. He pensado en ellos firmando autógrafos, siendo aplaudidos ante miles de personas en un desfile de moda, en un plató de televisión o en un teatro. Y, sobre todo, he pensado en ellos minutos después de triunfar delante de una multitud; ellos, ya tumbados en la cama de un hotel de cinco estrellas y diciéndose, mientras paladeaban el éxito recién degustado: "La vida me sonríe. Estoy tocando con los dedos la gloria. Soy inmortal". Y todo ello, en su opulencia cegadora, completamente ajenos a esa cosa sibilina y zahiriente llamada realidad, que nos acecha y que nos pone trampas y que, antes de deshacernos por completo, se da el gusto de jugar con nosotros, de empequeñecernos, igual que un caramelo en la boca de un tigre.

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