Cuando dos aviones comerciales derribaron las Torres Gemelas en la isla de Manhattan, toda la prensa nacional —supongo que también la internacional, porque estos lemas suelen tomarse allende de nuestras fronteras— proclamó que el siglo XXI había entrado con toda propiedad. Me pareció un mote idóneo para trazar titulares y hasta pseudosesudas editoriales pero poco más. No niego que, en aquel 2001, el auge de la Globalización, con cuanto de transformación de las relaciones internacionales conllevaba, contribuyó también al convencimiento de que la humanidad estaba estrenando una nueva época. Sin embargo; me faltaba algo para admitir aquella rimbombante afirmación: un cambio en la configuración general de las mentalidades; eso que en Filosofía se denomina Weltanschauung; es decir, una «concepción del mundo». Y ni el colosal ataque —tornado en un pasmoso y estremecedor espectáculo al contemplarlo en directo millones de telespectadores— a la primera potencia del planeta, ni tampoco el establecimiento de un inmenso mercado mundial, modificaron durante los meses siguientes nuestra concepción de la existencia.
Este giro anímico, en cambio, lo percibo y a velocidades de vértigo desde 2007 con la propagación de los smartphones. Su uso ha creado una morbosa dependencia —y no solo entre los adolescentes— de las llamadas redes sociales —que de sociales tienen poco, pues solo han exacerbado un grotesco egotismo entre sus adictos—, tanto como están saturando a las conciencias con una ridícula fantasmagoría icónica —abocándonos sobre una «Nueva Edad Media»— en detrimento de la comprensión lectora, porque el empleo de este más que teléfono portátil, prodigioso artilugio polivalente, lleva aparejado una raquitización del léxico empleado en el habla general de nuestras sociedades, cuya consecuencia es un veloz empobrecimiento de nuestra capacidad de definir y de razonar; o dicho paladinamente, una galopante analfabetización. Pero aún hay más; si se leen el artículo de Víctor Gómez Pin, titulado «Palabras sin peso», publicado en el diario El País, el martes 6 de enero, colegirán como esta depauperación del lenguaje ha impregnado la política mundial hasta situarla sobre un escenario donde la minusvaloración de las palabras impone el factum desnudo como la única y acreditada manifestación posible.
De modo que esa Weltanschauung que adivinaba ausente en la combinación entre los descomunales atentados de Manhattan y la Globalización, ahora sí la percibo nítidamente en la conjugación entre el dominio sobre nuestra individualidad por la Galaxia Digital y la sorprendente captura de Nicolás Maduro por un comando norteamericano; es decir, que considero al arresto del sátrapa sandunguero de Venezuela —por quien no siento sino el mayor desprecio, como por la corte de acólitos que ha dejado sobre este país hermano— como la inauguración efectiva del siglo XXI y, además, con premoniciones más bien lúgubres; al menos, para Europa.
Más allá del debate de si Trump ha violentado el Derecho Internacional o de si los gringos han vuelto a ejercer el más descarado imperialismo —discusiones, a mi parecer, absolutamente bizantinas—, lo radicalmente singular, como habíamos ya contemplado con la asombrosa eliminación por la seguridad israelí del jefe de Hamas, Ismaíl Haniya, y de los cuadros dirigentes y organizativos de Hizbulá —que no se olvide: causó el inmediato desplome de la tiranía siria—, es el imperio absoluto de la actual tecnología digital. Esa misma tecnología que es tanto sustento de nuestros smartphones —por consiguiente, acaparadora y mutadora de lo más íntimo del individuo— como creadora, simultáneamente, de una nueva realidad mundial. Una tecnología, además, desarrollada por un puñado de empresas localizadas en un restringido grupo de países —EEUU, Israel, China, Taiwán, y quizá Corea y el Japón— que está postergando, por su expansión incontenible, al resto de los Estados de la estructuración y dominio del actual siglo.
Y si a lo largo de la historia contábamos con sobrados ejemplos sobre cómo la posesión de una técnica innovadora —preferentemente bélica— impulsó a naciones e incluso a pequeñas repúblicas como Roma a elevarse a avasallantes imperios, la peculiaridad de la actual no es solo su poder para reordenar la política mundial, sino su inmensa capacidad para controlar los movimientos de todos los individuos que la emplean —la casi totalidad de la humanidad— cuanto su ductilidad para persuadirlos sobre sus decisiones más cotidianas o incluso para proveerlos de envolventes y mendaces realidades virtuales. Circunstancia que torna a los dueños de esas empresas desarrolladoras de la nueva tecnología en una oligarquía mundial como jamás se había conocido, por sus poderes sutilmente coercitivos sobre individuos y gobiernos. En fin; en sus manos poseen aquello anhelado sempiternamente por los grandes sacerdotes de la antigüedad: el dominio sobre las conciencias de los súbditos y, ante cuyos oscuros designios, el emperador —fuera cual fuese— no podía sino plegarse.
Así la Galaxia Digital está postergando a la Galaxia Gutenberg y, con ella, a la Ilustración y a las formas políticas alumbradas por la civilización de la letra impresa. Y si el siglo XX descubrió a las masas con su convulsa presencia, este siglo XXI empacha a los individuos con un incesante torrente de información, indiscernible en su intencionalidad —o sea, en su verdad o en su falsedad—, hasta clausurarlos en un solipsismo digital. Esta condición de una conciencia vigilada y, a la vez, complacida y anegada por una avalancha de datos, cuyo motivo y certidumbre resultan imposibles de señalar, constituiría la nueva situación existencial del hombre en el siglo XXI; y ante cuyo advenimiento, apenas cabe defensa, salvo que optásemos por convertirnos en primitivos eremitas.