El estreno de Una batalla tras otra, la última película de Paul Thomas Anderson, nos brinda la oportunidad de volver sobre una de las novelas principales de Thomas Pynchon, Vineland (1990), de la que aquella es una adaptación ‒según parece costumbre añadir‒ “libre”. Y no es libre solo porque sea imposible llevar a cabo una adaptación fiel del laberíntico estilo narrativo de Pynchon, sino porque, como acertadamente ha expuesto Sara Barquinero al comparar ambas obras, el director californiano apuesta, en buena medida, por una reinterpretación ideológica, a través de una versión destilada y bastante más compacta de la trama original, del mensaje político de Pynchon. Quizás es la lectura que ahora necesitamos, pero no está demás echar un vistazo al original.
Vineland, pueblo ficticio de la costa oeste americana que da título a la novela, es el lugar donde vive Zoyd Wheeler, un superviviente de la fiebre rocanrolera de los sesenta, junto a su hija Prairie. Ambos intentan salir adelante, entre cenas de Cheetos y gaseosas, y esporádicos trabajos mal pagados, luego de ser abandonados por la madre, Frenesí, una suerte de leyenda revolucionaria que, por la lógica oscura del deseo, sucumbe a los perversos encantos de Brock Vond. Este agente del FBI estará dispuesto a todo con tal de rectificar lo que va mal en la sociedad americana y la desvía de su destino manifiesto: rojos, drogatas, jipis y roqueros. Pero, tras varios años de silencio, circulan rumores de que Frenesí ha salido del programa de protección de testigos, que hasta entonces la mantenía con vida, y que Bronck Vond la ha puesto en el punto de mira. Es el marco perfecto para que Prairie, ya una adolescente, se eche a los caminos en busca de respuestas sobre el pasado.
Se trata, qué duda cabe, de una novela política, quizás la más explícitamente política de Pynchon. Pero convendría enmarcar esta afirmación en una idea más general. Como se ha dicho tantas veces, Pynchon es el autor posmoderno por antonomasia. No es posible imaginar la narrativa de David Foster Wallace, por ejemplo, sin él. Aunque Pynchon parecía el eterno candidato a escribir la gran novela americana ‒sea lo que sea que esto signifique‒ su empeño principal es, mediante esos insaciables rizomas narrativos que de cuando en cuando cuajan en novelas, deconstruir el relato mismo de la nación americana. Si la gran novela americana es pynchoniana, entonces su puesta en práctica equivale a la implosión del mito americano como tal. No se trataría, creo yo, de un mal desenlace.
En este posmodernismo cínico y cargado de escéptica ironía, no hay lugar, como sí sucede en la película, para un eje axiológico que divida el mundo entre buenos y malos. En la película, las certidumbres ideológicas son mayores: está claro que el fascismo es el enemigo, y que organizarse para luchar contra él, al margen de cuán cuestionables sean las formas, es la opción correcta. En la novela, todo parece sumido, en cambio, en una gran farsa en la que cada cual cumple su papel en aras del buen funcionamiento de ese “aparato de represión que se denomina a sí mismo ‘América’”.
El lector encontrará, así, inagotables cuotas de humor que entorpecen cualquier maniqueísmo ético. Algunos ejemplos: la principal fuente de sustento del veterano Zoyd Wheeler es atravesar una vez al año el cristal de una ventana, en un lugar suficientemente público, para que los servicios sociales, y en rigor tras ellos el FBI, constaten la demencia que justifica el envío regular de sus cheques. Una novia consulta un Manual simplificado de bodas italianas, cuyos autores son nada más ni nada menos que Deleuze y Guattari (!). Y, ya casi al final, unos chicos ven en la televisión una ficticia película melodramática sobre Los Ángeles Lakers en cuyo reparto figura Sean Penn en el papel del exjugador Larry Bird (quién sabe si este detalle no ha servido de inspiración para, treintaicinco años después, ofrecer al actor el papel de Brock Vond; en la película, el coronel Steven J. Lockjaw). La lista es interminable.
Bien mirado, el juicio de Pynchon hacia los movimientos radicales es duro, y no sería desencaminado considerar que, bajo el halo de sarcasmo que parece estimular un espíritu subversivo, late una cierta pulsión reaccionaria. Los revolucionarios a los que Brock Vond busca dar caza no son, en rigor, un peligro material para la sociedad. Se trata de provocadores, aspirantes a artistas que depositan una confianza ingenua en el poder transformador del arte, y también en la capacidad emancipadora de las drogas. Buscan provocar porque, en el fondo, reclaman la atención de sus tutores: “La genialidad de Brock Vond residía en que había visto en las actividades de la izquierda de los sesenta no amenazas al orden, sino anhelos reconocidos de ese mismo orden”. Más adelante: “Brock veía en ello la profunda […], conmovedora necesidad de no dejar nunca de ser niños”.
Pero, si es verdad que, en la cosmogonía pynchoniana, los rebeldes piden orden, también es cierto que el orden pide rebeldes y locos (ahí está el ejemplo de Zoyd Wheeler atravesando ventanas), para dar fe de que la única otredad posible al sistema es el delirio; para persuadir a las mayorías de que se está mejor en la irrelevancia política.
En una línea similar puede situarse la perversidad que atraviesa el vínculo (¿amoroso?) entre Frenesí y Brock Vond. En él, toma cuerpo un fuerte atavismo ideológico patriarcal: el de que, en el fondo, las mujeres desean a los hombres autoritarios. Se trata de un mal que la familia de Frenesí arrastra desde hace generaciones, “una ominosa e inevitable afición por las imágenes autoritarias”, que persigue “los sombríos goces del control social”. Una idea que quizás resulte provocadora en el marco de una revisión de las frustradas rebeldías de los sesenta, pero que invita a interrogarse en qué medida el escepticismo político que recorre la novela no se asienta sobre ciertas rigidices ideológicas, en suma, bastante normales.
Pynchon no toma una distancia (irónica) del radicalismo porque tenga, en cambio, confianza en el autoritarismo. Ya hemos dicho que ambos roles se embrollan en una gran farsa, que funciona como imagen exterior de una misma y profunda violencia. En ella, tienden a colapsar la historia, el poder, la política, el sexo. Se nos dice: “Los hombres lo tenían muy fácil. Cuando no se trataba de Meterla, se trataba de Tener la Pistola, una variación que les permitía Meterla Desde Lejos”. El poder puede apelar a distintas justificaciones retóricas (la amenaza del comunismo, la amenaza de las drogas), pero su pulsión por el control responde, finalmente, a un infantilismo similar al que se atribuye a los radicales: “[…] también es el programa de Reagan, ¿verdad? […] restaurar el fascismo en casa y en todo el mundo, huir hacia el pasado, ¿no lo sientes, toda esa peligrosa estupidez infantil? ‘No me gusta cómo ha salido, quiero que sea como yo digo’. Si el presidente puede actuar así, ¿por qué no Brock?”. En plena era trumpista, este autoritarismo que, en su máxima pureza, se confunde con el capricho, nos resulta, por cierto, más actual de lo que quisiéramos.
Para ser justos, si bien es cierto que, por lo dicho hasta aquí, la visión que Pynchon tiene de la América de la segunda mitad del siglo XX es, por decirlo suavemente, oscura, se resiste, creo, a caer en cualquier fatalismo histórico. Mientras que la rebeldía contracultural sesentera parece haber servido de contrapunto con el neofascismo supremacista, Vineland enmarca este fracaso, a ratos hilarante, en las batallas de las generaciones anteriores y también, incipientemente, de las nuevas. Por una parte, más de algún capítulo desarrolla las luchas, más concretas y urgentes, de los padres y abuelos de Frenesí, en los años en que la guerra y el fascismo asolaron, en todo su esplendor, el mundo occidental.
Hacia el final de la novela, vemos a estos abuelos “discutir la perenne cuestión de si Estados Unidos flotaba aún en un crepúsculo prefascista o si esa oscuridad había caído hacía muchos y estúpidos años y la luz que creían ver procedía únicamente de millones de teles que mostraban las mismas sombras de brillantes colores”. Por otra parte, conviene leer la historia a través de los ojos de Prairie, la joven que, entre las centenarias (lástima que también imaginarias) secuoyas de Vineland, se aleja un momento de la luz de esas pantallas.