Cuántas tragedias hemos olvidado los españoles tomando unos vinos. En la última pandemia mortal o en la dana trágica, nos fuimos dando cuenta de que las batallas de las responsabilidades se ganaban fácilmente por parte de los responsables políticos. Se decía que entonces tocaba llorar a los muertos y no buscar culpables, periodo luctuoso que se iba alargando en el relato durante meses hasta que la opinión pública lo olvidaba. Esta forma de encarar las catástrofes por todos los sectores de la sociedad va camino del hábito. La cifra de fallecidos, en el momento de escribir este artículo, asciende a más de cuarenta almas.
El político en España es, pues, tan opinador y opinante que tenía que inventar algo para alivio de responsables, y algún genio de la propaganda inventó un día la disolución de la culpa en el cúmulo de las catastróficas desdichas, y ese ventilar las decisiones letales en la cara del contrario, algo que alivia momentáneamente y, por lo visto, a largo plazo. Porque aquí nunca pasa nada, salvo nuestros muertos y sus viudas y huérfanos, a los que les devora la vida el dolor a mordiscos durante el resto de su existencia, con el inmediato show de los psicólogos y parapsicólogos, que luego se tiene que ir a su casa, acabada la jornada laboral. Y los familiares se quedan con sus muertos, que están desintegrados, ha dicho un perito hoy, entre el amasijo de hierro y plástico de los vagones de los trenes de Adamuz: benditos vecinos, bendita gente. Todavía asoman mientras buscan los bomberos entre las últimas chatarras las maletas, los zapatos, los sueños… Trenes que tenían esa calidad y esa seguridad que todos –ellos, los responsables– nos dicen que tienen, de las máquinas recién estrenadas, revisadas, mimadas y se convirtieron en tumba con ruedas para los felices pasajeros.
Los políticos siempre quieren politizar la muerte, soltar discursos rodeados de las alcachofas de la prensa delante de los trenes que yacen troceados como serpientes desgarradas sobre las vías rotas, desgajadas, como un cadáver de metal tan simbólico, tumbado y retorcido sobre el paso por el pueblo. El mero accidente y sus, hasta ahora, cuatro decenas de fallecidos es como admitir que uno no controla sus ferrocarriles, que son mortales, que queda mucho por hacer, pero no transige con la asunción de la responsabilidad, y adopta ese retrato institucional tan frío y tan distante… Ni una lágrima ha vertido ninguno de ellos; en cambio, escuchamos las explicaciones de unos y otros con ese rostro de cemento, ese término medio que no expresa nada, la careta que reúne todas las caretas de los mediocres que han llegado a algo por lo que han llegado… La sociedad entera, que es sentimental, demanda empatía ante esta hecatombe, quiere que le pidan perdón, quiere que, entre unos y otros, dejen su traje de pequeñoburgués de medio pelo y se humanicen, que corran a abrazar a las familias y lloren con ellos.
La política española ya ha llegado tarde a todos los desastres humanos de los últimos cinco años: es caduca y está fuera de plazo. Cuando se sepa al fin la verdad de lo ocurrido, dentro de muchos meses, la gente se habrá olvidado de que los periodistas Óscar Toro y María Clauss iban en esos convoyes, de que el policía Samuel o el propio maquinista, la familia Zamorano Álvarez y tantas vidas españolas fueron segadas por una imprudencia en la revisión, por una dejación técnica, por un fallo en el trayecto… Quién sabe. España entera iba en ese tren, pero en este país de mentiras históricas y variadas ya nos han acostumbrado a que finjamos la dignidad con el silencio y la dispepsia, a enterrar muy deprisa a nuestros muertos. Demasiado deprisa. Quiere decirse que el pueblo español se las ha ingeniado con el dolor y la muerte como le han dicho, y de toda una larga historia última de catástrofes de las que apenas queda más rastro que la herida que jamás se va a cerrar de quienes han perdido, resignados, a sus seres queridos, las virutas de la gran indignación ya hundida. En los grandes cementerios ya aconsejan incinerar a los muertos porque ya no caben de tantos que son. La de Adamuz es, sí, una tragedia netamente española.