Como el tema de Groenlandia está acaparando cada vez más los espacios informativos, quisiera hoy también dedicarle mis comentarios.
La mayoría de los medios, dominados por los analistas de la estirpe antitrumpista, pretenden presentar el asunto de Groenlandia como una excentricidad de turno del “improvisador” presidente de los Estados Unidos. Con ello pretenden desviar la atención de sus lectores de la auténtica quid de la cuestión, que no es otra que la enorme importancia que representa esta monumental isla glacial (más grande del mundo y ubicada entre el Atlántico Norte y el Ártico) para la seguridad norteamericana y del mundo occidental en su conjunto, frente a las amenazas que representa el nuevo “eje del mal”, formado por los países totalitarios (Rusia, China, Irán y sus cómplices) en su intento de debilitar y de acabar con la civilización occidental.
Empezaremos por las “improvisaciones” de Trump. El actual presidente de los Estados Unidos no es primero, ni mucho menos, entre los presidentes norteamericanos, quien ha fijado su atención en Groenlandia, desde el punto de vista de su importancia geoestratégica para los intereses de Norteamérica.
En 1946, el presidente Harry Truman, ofreció a Dinamarca 100 millones de dólares, en oro (lo que equivaldría a unos 1.300 millones actuales), por la compra de Groenlandia. Los Estados Unidos han podido comprobar qué riesgo representaba para su seguridad si la isla hubiera caído en manos enemigas.
De ejemplo sirvió lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca, atacada por las tropas de Hitler en 1940, no pudo resistir más de siete horas y se rindió al invasor alemán. Estados Unidos tuvo que enviar, en julio de 1941, sus tropas a Groenlandia para evitar que la isla también cayera en manos de la Wehrmacht.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la situación en Europa fue muy inestable y el gobierno norteamericano consideraba a Dinamarca como un país débil, incapaz de garantizar que Groenlandia no acabe bajo el control de los soviéticos, como ocurrió con los países del Este o con la vecina Finlandia. Por ello, Truman intentaba comprar la isla para evitar el riesgo de tener a los rusos en una zona tan cercana al territorio norteamericano y de Canadá (a sólo 26 kilómetros).
Dinamarca se negó a la venta de Groenlandia, pero permitió a los Estados Unidos instalar una base militar en Thule que sigue siendo hasta hoy una base aérea más septentrional de las que las Fuerzas Armadas estadounidenses disponen en el extranjero.
Pero el primero de los presidentes norteamericanos a quien realmente surgió la idea de comprar Groenlandia, fue Andrew Johnson. Ocurrió durante los años 60 del ¡SIGLO PASADO! Precisamente, en 1867, el Departamento de Estado en un amplio informe sugería que por la ubicación estratégica de la isla y por abundantes fuentes de recursos que tenía, su adquisición representaba un gran interés para los Estados Unidos.
Hay que decir que el tema de la compra de los territorios era bastante habitual para los mandatarios estadounidenses. Compraron, en su momento, Luisiana a Francia (en 1803), Florida a España (1821), Alaska a Rusia (en 1867) e, incluso, en 1917, llegaron a concluir el tratado de compra a la propia Dinamarca de “Las Indias Occidentales”, luego denominadas como “Islas Vírgenes de EE.UU.” Así que, el interés de los Estados Unidos por Groenlandia se data desde hace más de un siglo y medio, y el presidente Trump simplemente mantiene en vigor esta política de sus predecesores.
Todo este tiempo, el tan estratégico glacial se encontraba bajo la vigilancia de todos los gobiernos norteamericanos, con más o menos rigor, dependiendo de la situación internacional y las actividades de los potenciales enemigos en toda la zona del Ártico.
Los temores del presidente Truman sobre la “debilidad” de Dinamarca se confirmaron durante la presidencia de Obama, cuando Dinamarca estaba a punto de ceder Groenlandia bajo el control de un buen y hábil postor – China. Sólo el aviso de la Casa Blanca de que invadiría la isla, si la venta fuese efectuada, había impedido la operación.
Hay que señalar, que tanto la URSS como la Rusia postsoviética, prestaban una gran atención a la zona del Ártico, donde está ubicada una parte importante de su territorio. Con el tiempo, se descubrió que toda la franja del Norte Polar está rica de los recursos naturales y empezó una carrera por su explotación entre los países ribereños, pertenecientes al así denominado “Consejo Ártico” (Rusia, Canadá, Estados Unidos, Noruega, Dinamarca-Groenlandia, Islandia, Suecia y Finlandia), un Foro principal de cooperación intergubernamental en la región. Sólo estos países pueden tener acceso a la exploración y la explotación de los recursos en la zona.
China no tiene este “status” y desde hace años intenta obtenerlo, para lo cual necesita adquirir, de cualquier forma, algún territorio cercano al Ártico, siendo Groenlandia una pieza perfecta para ello. Lo que permitiría a los chinos, por un lado, meterse en la zona de los intereses estratégicos de los EE.UU y, por otro, participar en la explotación de las riquezas naturales que guarda el Ártico en su subsuelo.
Las empresas chinas, bajo las órdenes de su gobierno, intentan penetrar en el tejido comercial, industrial y de transporte de los países “ribereños” por diferentes vías, intentando: establecer estaciones de investigación “científica” en Islandia y Noruega, construir un aeropuerto en Finlandia o una línea ferroviaria en Suecia, reconstruir un puerto abandonado en Groenlandia o intentar de vender a la isla la tecnología Huawei para sus redes 5G.
Lo que China presta una enorme importancia a la zona ártica demuestra que en sus planes del desarrollo nacional figura el gran proyecto, denominado “La Ruta de Seda Polar”, lanzado en 2018, con el objetivo de convertir al gigante asiático, para 2030, en una “gran potencia polar”. Esta ruta comercial a través de las gélidas aguas del Ártico permitiría a los barcos chinos reducir a la mitad el tiempo de transporte de mercancías desde China hasta Europa en comparación con las actuales rutas regulares a través del Canal de Suez y el Estrecho de Malaca.
Para moverse en estas aguas es necesario tener una flota de barcos rompehielos que, de momento, China no los tiene en el número suficiente, ahora opera con sólo 5, pero proyectó construir unos 12 nuevos y mucho más potentes. Mientras tanto, aprovecha a los barcos rusos. Rusia tiene una flota de rompehielos más grande del mundo, más de 40, entre ellos 8 de propulsión nuclear (para 2030 serán unos 11), lo que permite a este tipo de rompehielos encontrarse mucho más tiempo en funcionamiento, sin necesidad de repostar, como es en el caso de los barcos de propulsión a base de los motores diésel.
Los Estados Unidos sólo tienen en funcionamiento unos 3 barcos rompehielos y, ante tanta supremacía ruso-china, está construyendo, con la participación de Finlandia, unos 11 barcos de este tipo, muy potentes y con los sistemas de navegación de última generación.
Como vemos, la pugna por el dominio y una fuerte presencia en el Ártico, entre los Estados Unidos y sus principales rivales China y Rusia, se va agudizando y el tema de Groenlandia adquiere una relevancia especial.
Según el presidente norteamericano, la cuestión está en quién antes se apoderaría de la gigantesca isla, tan estratégicamente situada, Norteamérica, que representa a una alianza de los países democráticos, o lo hará China y Rusia, que encabezan el nuevo “eje del mal”, que se ha formado después del comienzo de la agresión rusa en Ucrania y que incluye a todos los países totalitarios del mundo.
Los recursos militares rusos en la zona del Ártico son muy potentes. Rusia, desde los tiempos de la URSS, mantiene una Flota Militar del Norte, cuya misión es vigilar toda la región ártico-polar. Cuenta con una armada de barcos y submarinos (más de 80) de todo tipo, entre ellos unos submarinos nucleares, armados con los misiles que pueden llevar cabezas nucleares; aviones y helicópteros de diferentes modelos, sistemas de la defensa antiaérea y un cuerpo de marines, valorado por los expertos militares en 40.000 efectivos.
Curiosamente, la Flota del Norte se destaca entre otras flotas rusas (que son 5 en total) por su elevado número de submarinos nucleares, cerca de dos tercios de la fuerza nuclear submarina total de Rusia.
¿Por qué será? Creo que la respuesta es muy fácil: para estar más cerca del territorio norteamericano. En un supuesto enfrentamiento con los Estados Unidos, el tiempo de vuelo de los misiles nucleares rusos es el más corto desde esta zona ártica.
Creo que, conociendo estos datos, el lector comprenderá mejor por qué el presidente Trump y sus estrategas militares han fijado su atención en Groenlandia, dada su excepcional posición estratégica frente a la franja norte-polar de Rusia, para contrarrestar su supremacía militar en la zona y prevenir, en un caso hipotético, la intención de Rusia, junto con China, de apoderarse de la isla más cercana al territorio norteamericano.
Dinamarca jamás podría defender su gélida “colonia” (50 veces más de tamaño que la propia metrópoli) y es muy poco probable que los países de la OTAN intervendrían en su ayuda sin la participación de los Estados Unidos. La guerra en Ucrania lo ha demostrado claramente.
Entonces, si no es posible sin la participación directa norteamericana enfrentarse al “eje del mal”, en caso de que éste se atreviera a ocupar la isla, más lógico sería dejar a los Estados Unidos a que controle a Groenlandia desde el principio y ayudarles en sus negociaciones con Dinamarca y con las propias autoridades groenlandeses.
Estoy seguro de que los países europeos, que forman parte de la OTAN, son conscientes de ello y, finalmente, apoyarán la iniciativa de Trump que va a favorecer no sólo la seguridad de los Estados Unidos en la zona, sino la de todos los países miembros de la Alianza Atlántica.
Por tanto, toda esta parafernalia, desatada por la prensa antitrumpista, de que toda Europa (de momento son sólo 8 países) está en contra de las intenciones de Trump de poner bajo el control estadounidense este eslabón más vulnerable de la OTAN, no es otra cosa que un intento de hacer fracasar y envenenar las negociaciones entre Dinamarca, Groenlandia y los Estados Unidos. Con lo cual, están jugando a favor de Rusia y China, traicionando los intereses occidentales, los que pretende defender el presidente norteamericano, siendo los Estados Unidos una potencia líder dentro de la OTAN.
En este punto quisiera hacer dos preguntas del millón.
¿Es justa y razonable la postura de algunos miembros de la OTAN – aunque fuese de todos – de no apoyar y no ayudar a los Estados Unidos, cuando ellos lo necesitan para asegurar su seguridad nacional contra sus enemigos más peligrosos, mientras Norteamérica está defendiendo (con sus tropas y con sus finanzas) a Europa durante casi 80 años, después de la Segunda Guerra Mundial, de la amenaza comunista encabezada por la URSS?
¿Es correcta y razonable la actitud del presidente norteamericano, que está intentando preservar y fortalecer la seguridad de su país ante la creciente amenaza del “eje del mal” a nivel mundial, después de la brutal agresión de Rusia contra Ucrania y de Irán (vía sus proxis en el Oriente Próximo) contra Israel?
Creo que, contestando a estas preguntas, para el lector sería más fácil comprender qué está pasando y qué irá sucediendo en un futuro próximo en lo referente al tema de Groenlandia.
Para terminar, quisiera apuntar que de tantas versiones que están barajando los medios, algunas totalmente inverosímiles, hay una que sí me gusta. Es romántica y consiste en casar a la hija soltera de los Reyes daneses, la Princesa Isabel Enriqueta Ingrid Margarita, que tiene 18 años, con el hijo del presidente norteamericano, Barron William Trump, de 19 años. Y que Groenlandia se convirtiera en la “dote” de los monarcas daneses a la primera familia estadounidense. Quién sabe, a veces de la ficción a la realidad hay sólo un paso.