¿Qué es escribir bien?, me preguntaba después de leer la última columna de Alfonso J. Ussía. Para él y para otros muchos, parece ser que escribir bien es escribir bonito, o sea, que la prosa esté llena de metáforas y símiles inteligentísimos y audaces. Una prosa llena de alhajas. Casquería verbal, vaya. Y no lo digo yo, lo dicen ellos.
Recientemente, José F. Peláez, columnista de ABC propenso al palabrerío umbraliano, señalaba que el mejor escritor de su generación es Ignacio Peyró. Alguien que se caracteriza por ese jõgo bonito, un prosista aseado que ha bebido en las fuentes de la buena prosa castellana. El propio Alfonso J. Ussía, en el mencionado artículo, enumeraba una lista de grandes escritores de derechas cuya carrera había sido opacada de alguna manera por el stablishment progresista. En esa lista se incluían los nombres de autores como Cunqueiro, Foxá, Cela… y culminaba con el más joven de todos ellos, un escritor en activo que, según él, se trata de un gigante de las letras, uno de los pocos literatos actuales cuyo nombre quedará signado en las páginas de la historia: Juan Manuel de Prada. De este escritor recuerdo que dijo Álex de la Iglesia que nadie escribía como él, que sin duda, Prada era uno de los grandes prosistas de nuestra lengua.
Y estoy muy de acuerdo con todos ellos: Prada es uno de los grandes. Eso sí, uno de los grandes en esto de la casquería verbal. Él es, sin duda, uno de los máximos exponentes de la prosa sonajero, de la literatura entendida como un baúl lleno de cachivaches que los lectores, como niños, se quedan admirando, con las pupilas haciendo chiribitas. O sea: atontados.
Parece que esto es lo que entienden algunos por escribir bien. Una prosa que recuerde lejanamente al Barroco español, a Valle-Inclán, a Cela y a Umbral. Aunque no diga nada. Aunque la prosa sonajero sea una distracción, un ruido machacón y contaminante que cancela la voz de la historia que se pretende contar.
Pero cuidado: no vengo yo a decir aquí que lo ideal es abominar de la tradición literaria española, de nuestro barroco y de algunos de los grandes autores que he mencionado. Esa sería, en todo caso, la posición de cierta izquierda cultural, que me parece igualmente equivocada. Y es que si en la posición estética anterior se ponía el foco en el cómo frente al qué; aquí es el qué lo que importa, siendo este qué el contenido, es decir, los temas que interesan a día de hoy. La literatura se convierte así en un monaguillo de la política, quedando el estilo lo más adelgazado posible, casi inexistente, para evitar oscurecer ese contenido valiosísimo, esa palabra sagrada. Un estilo que se reduce para convertirse en una redacción escolar. Y orgullosamente escolar, además, porque lo mínimamente elaborado suena a que has leído a los clásicos, y suenas elitista y muy facha. En fin...
Creo, en cualquier caso, que desde ambos posicionamientos se puede escribir bien. Siempre y cuando uno no sea un fundamentalista de ninguno de ellos —porque así, lo aseguro, no hay dios que escriba algo decente—. Ni la bisutería verbal, ni ceñirse a contar los temas que interesan ahora son los verdaderos motivos que hacen que una escritura no resulte feliz. Se puede escribir en la línea del Barroco español, pero siempre que uno sepa dosificarse. El Barroco es Góngora y Quevedo, pero también Cervantes y Lope. Y hay que saber cuándo y de cuál de estos autores valerse en cada momento. Si uno pretende escribir una novela sobre la culpa como hace Juan Manuel de Prada en La vida invisible, conviene no cargar las tintas, evitando enmarañar el relato con imágenes inútiles que el lector tiene que apartar como piedras en el camino.
¿Quién escribe bien entonces? ¿Quién tiene una buena prosa? Stephen King, por ejemplo. King escribe de maravilla. Su prosa va al grano, no obstaculiza al lector, sino que lo llevando por los personajes y la trama con ligereza y gracia. Stephen King utiliza la prosa que necesita para contar su historia. Eso es escribir bien. Pero, además, consigue escribir pasajes de gran belleza estilística, líneas e incluso párrafos en los que destaca la belleza formal, aunque sin perder de vista el fondo, la historia en la que estos se incardinan. Esa es la buena prosa.
La tradición española está muy bien y las metáforas y todo, sí. Pero siempre que vayan, como la prosa de King, a alguna parte. La literatura no es una pieza de museo que uno contempla con admiración y frialdad; ni un altavoz de las ideas correctas del momento. Se diga con un lenguaje engolado y alzando la voz o con un lenguaje de andar por casa y en voz baja, la gran escritura es la que se vuelve cauce de la literatura, de esa historia que nos emociona y que nos hace temblar, de esa narración en la que nos reconocemos y de la que sacamos algo en claro, sea lo que sea. De esto se trata. La literatura es el animal, lo que importa. Lo demás, casquería.