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El gobierno y Eta

Alejandro Muñoz-Alonso
martes 16 de diciembre de 2008, 21:21h
Hay muchos españoles preocupados por la posibilidad de que el Gobierno pueda iniciar en plazo breve una nueva negociación con la banda terrorista. El propósito del “fin negociado de la violencia”, que dio origen a aquel mal llamado “proceso de paz”, fue uno de los planes más acariciados por Zapatero que, según decían algunos, aspiraba al Premio Nobel de la Paz para cuando hubiera conseguido ese objetivo. No hace falta entrar en detalles de lo que fue uno de los episodios más tristes y vergonzosos de toda la historia de la democracia española, pero sería bueno que se hiciera la crónica detallada de todo aquel periodo. Aunque solo fuera por aquello de que los pueblos que no recuerdan su historia están condenados a repetirla. El supuesto proceso acabó como todos sabemos, pero todavía estamos esperando que Zapatero pronuncie una sola palabra de excusa. Ni las toneladas de mentiras que durante aquellos meses se lanzaron desde el Gobierno, ni los insultos y las sumarias descalificaciones con que se recriminó a quienes con sólidos argumentos –como demostró el curso de los acontecimientos- se oponían a aquella locura han merecido ni el más elemental “ustedes perdonen”.

Desde el Gobierno se ha reiterado en los últimos meses que ya no hay condiciones para reanudar una negociación, pero ¿y si de pronto, a juicio del propio Gobierno, como en la ocasión anterior, se dieran esas condiciones? Sobre todo, ¿se puede uno fiar de este Gobierno? ¿Cómo puede ser fiable quien ha practicado –con todo éxito, todo hay que decirlo- el engaño masivo y la negación de lo que era evidente, como la crisis económica? Porque lo cierto es que por un lado van las supuestas promesas del Gobierno y por otro bien distinto sus hechos y hasta sus palabras. No se puede olvidar que la presencia de ANV en los ayuntamientos se debe a la voluntad del Gobierno que aceptó una ilegalización de ese partido etarra sin llevarla a sus lógicas consecuencias que no son otras que la expulsión de sus miembros de todas las instituciones. Este Gobierno sabe como nadie practicar la técnica de encender una vela al dios de la legalidad formal y, enseguida, otra al diablo del oportunismo político y electoral de su partido. Ya nadie duda de que hasta después de las elecciones regionales vascas ANV seguirá en los ayuntamientos al servicio de los objetivos de ETA y llenando sus arcas con el dinero público. Un dinero con el que ETA proseguirá su reclutamiento y su rearme.

Por otra parte, no deja de ser curioso que Zapatero –que solo en contadísimas ocasiones y en contexto electoral ha hablado de “derrotar” a ETA- haya vuelto a su vocabulario preferido como es ese de “acabar” con ETA que, haciendo uso de la interpretación histórica, es un eufemismo para referirse al añorado “fin dialogado de la violencia”. Algunos de los socialistas vascos, con Eguiguren al frente, han ido aún más lejos y no se han recatado de afirmar que, si se dieran las condiciones, ¿por qué no se iba a volver a la negociación? En este contexto el acercamiento de los presos etarras es una ambigua decisión, susceptible de muchas interpretaciones y, ¿por qué no decirlo? de muchas oportunidades de manipulación para el Gobierno. Si se trata de dividir los contingentes etarras en las cárceles para limitar su capacidad de presión y de conspiración –y eso es lo que podríamos llamar “doctrina Múgica”- podría ser una buena medida. Pero si la “división” va acompañada del “acercamiento” se suscitan muchas incógnitas porque resulta muy difícil no interpretar ese gesto como una concesión al mundo etarra a la que no se le ve ninguna justificación. Solo en algunos casos muy contados y por razones muy sólidas, mucho más de carácter humanitario que político, podría justificarse este deseo de dar facilidades a unos notorios enemigos del Estado y sus familias.

Con este telón de fondo no puede extrañar que algunos se malicien que incluso podría haber ya, sin que tengamos la menor idea, una negociación preliminar. Fue lo que sucedió en la ocasión anterior cuando Zapatero firmaba con una mano el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y con la otra daba el visto bueno para iniciar los contactos con ETA. ¿Por qué nos íbamos a fiar ahora? Las engañosas palabras de Zapatero o de Rubalcaba (dos de los más compulsivos mentirosos que han pasado por escena política española) no bastan para despejar las dudas sobre una posible negociación. ¿Qué quiere decir Zapatero cuando afirma que “el bisturí no debe dañar el corazón del pluralismo? ¿Es otra manera de referirse al famoso “Guantánamo electoral” de Conde Pumpido? Ya se sabe que el hombre –y, sobre todo, si ese hombre es ZP- es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Además, ETA es bien sabido que aspira también a la negociación porque, como siempre, si puede obtener algunos de sus objetivos con el diálogo (los otros ya vendrán después) ¿para que arriesgarse con las bombas y las pistolas, especialmente ahora que sus más notables capos han caído en las redes policiales? Un complejo panorama, en suma, sobre el que el Gobierno desea arrojar un tupido velo con el pretexto de que la cuestión del terrorismo no se debe utilizar en la lucha partidista. Vale, a condición de una transparencia y de un juego limpio que no existen.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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