En la narrativa histórica viajamos en muchas ocasiones a épocas remotas, dejándonos llevar por la fascinación de las etapas muy alejadas de nuestra realidad, pero en el caso de Colina 112, nos situamos en un pasado reciente y una realidad cruel e incómoda, que, salvando las distancias, ha vuelto a germinar en el continente europeo con los últimos acontecimientos bélicos que jamás creímos que se repitiesen en esta parte del globo terráqueo.
La Segunda Guerra Mundial ha sido ampliamente tratada en la literatura y no deja de ser un reto que un nuevo volumen al respecto consiga atraer al lector sin caer en tópicos o reiteraciones.
Goldsworthy —historiador de sólida reputación, habituado a diseccionar ejércitos romanos y campañas antiguas— se adentra aquí en un terreno distinto, aunque no menos exigente: la intimidad del soldado moderno.
A través de tres jóvenes galeses, casi muchachos, que se ven inmersos en la brutalidad de la campaña de Normandía, inicio del final del conflicto, pero con un enorme coste de vidas.
James, Mark y Bill no son héroes épicos, son hombres que apenas han empezado a vivir y que, sin embargo, deben aprender a sobrevivir en un escenario donde la vida se reduce a decisiones instantáneas y la muerte es una presencia cotidiana. Quizá uno de los mayores aciertos de la novela sea recordarnos la pequeñez del ser humano frente a la maquinaria de la guerra.
Más allá de las decisiones trascendentes en lo político y en lo estratégico hay unos jóvenes que sienten en sus carnes el miedo y el cansancio, que en momentos se ven rodeados de muerte y destrucción, pero por otro lado también van a descubrir la camaradería y van a vivir cómo se forjan amistades indestructibles.
Esa colina 112, en referencia al promontorio disputado enormemente por ambos bandos, se acaba convirtiendo en un hábitat peculiar donde todo se vive con intensidad y por supuesto, en caso de sobrevivir, nadie volverá a ser ni una sombra de lo que era, marcado permanentemente por lo vivido, por lo que permanece en su mente y por todos aquellos horrores difíciles de olvidar.
Quien busque efectismo o épica fácil este no es su libro. Por el contrario, quien busque una sobriedad humana y rigor en las diferentes escenas esta es su novela. A ello acompaña un rigor histórico que hace aún más profunda la sensación en el lector de que se encuentra viviendo ese épico momento.
Como en las mejores novelas bélicas, la guerra no es tanto un escenario como un espejo: revela la verdadera naturaleza de las personas que aflora en la adversidad: cuando todo a nuestro alrededor es hostil no caben los disfraces o caretas.
A esta novela le caracteriza la autenticidad y humanidad en un escenario en el que aparentemente no cabe ninguna de esas dos cualidades. Se aleja de las estridencias, de los giros dramáticos. Pero precisamente en esa naturalidad y sencillez radica lo atractivo de este texto que unido a la historia de crecimiento personal de los protagonistas da lugar a una obra redonda en todos los sentidos.