De 1623 es el libro de Jerónimo de Ceballos -sí, el del retrato de El Greco- llamado Arte real para el buen govierno de los Reyes y Príncipes, y de sus vasallos, en el cual se refieren las obligaciones de cada uno, con los principales documentos para el buen govierno. Y en 1647 (es decir, todavía bajo Felipe IV y en vísperas de Westfalia) vio la luz el “Oráculo manual y arte de prudencia” de Baltasar Gracián, con sus trescientos aforismos, es decir, frases breves -aunque con título- y muchas veces de difícil interpretación por lo abstractas y rebuscadas.
En no pocas ocasiones, por cierto, empleando el término “arte”, incluso en el encabezamiento: “Arte para ser dichoso” (21), “Arte en el intentar” (78), “Arte para vivir mucho” (90), “Arte de dexar estar” (138) o “Arte en el apasionarse” (155). Otras veces, es en el cuerpo del texto donde va la palabra mágica: es “gran arte la de saber lograr todo lo bueno” (93); hay “arte de mover voluntades” (26), “arte de ganar a todos” (77), “arte de discreción” (158), y “arte de dorar los desengaños” (210). El aforismo 205 se muestra particularmente lapidario: “El arte de reformar la murmuración (consiste en) no hacer caso”. El famoso jesuita aragonés -recuérdese lo que de él dijo Marc Fumaroli en su libro La extraordinaria difusión del arte de la prudencia en Europa- en estado puro.
Ni que decir tiene que esos libros forman parte del género de los Espejos de príncipes, es decir, textos de un cortesano (sabio) para instruir al gobernante, o al llamado a serlo, en la virtud: libros de autoayuda, diríamos hoy. Alfredo Alvar tiene muy bien estudiada tan insigne corriente. Una línea que coexiste con otras, de sentido más cínico, por así decir, y que había fundado un siglo antes (en 1513, se dice) el gran Maquiavelo: uno de los autores, dicho sea de paso, que, con Kafka y otros pocos, ha dado lugar a todo un adjetivo -universal, además- para definir las conductas humanas.
No se equivoca Benigno Pendás cuando, en el Prólogo, afirma que “esta obra de Mariano Rajoy (…) responde a un género de literatura política de larga tradición en España y en otros países”. Se trata en efecto de una recopilación de frases lacónicas (muchas de ellas, sacadas de discursos parlamentarios) y además en un número -305- casi idéntico al de Gracián. Se agrupan en cuatro capítulos: “Los aspectos humanos de la política”; “Requieren nuestra atención”; “Mirando hacia fuera”; y, en fin, “Decálogo del buen gobernante”.
No estoy queriendo hacer un paralelismo, que en todo caso sería muy forzado, porque aquí el autor es un político, no un educador de políticos, y además alguien que ha dejado ya ese oficio: un expolítico, político jubilado o como queramos decir. Lo suyo ahora no son unas memorias, subgénero que, en ese gremio (sin o con ayuda, confesada o no, de un o una amanuense, gente siempre propensa a lo solícito), resulta casi siempre tedioso, dicho sea ahora como el que no quiere la cosa.
Y además está publicado en un momento histórico en que el oficio, y no digamos los partidos, ha entrado en barrena en el reconocimiento popular, lo que explica, junto a otras cosas, que entre los jóvenes valiosos no se despierten vocaciones. Los arquetipos casi heroicos que describiese Max Weber en la famosa conferencia muniquesa de enero de 1919 o José Ortega Gasset en 1927 en su retrato de Mirabeau resultan hoy sencillamente irreconocibles y cualquier análisis de la opinión pública lo recoge con la crudeza que es propia de un estudio objetivo, guste o no el resultado: los hechos tozudos, como suele decirse con tono de lamentación y de nostalgia.
Es notorio que las sociedades occidentales, no solo las europeas, viven en una situación nada boyante (altísimos precios de la vivienda, la energía y la comida; precariedad laboral; degradación de la sanidad y en general los servicios públicos; impuestos asfixiantes, …), frente a la cual los políticos, gobernantes o no, limitan sus esfuerzos a elaborar (con el concurso de un ejército de asesores, que están para eso) el relato que en cada momento convenga a sus intereses inmediatos de cara a la opinión: la famosa narrativa, casi siempre una mezcla de defensa propia e insulto al adversario del momento.
Que los partidos sistémicos, la vieja política, hayan caído en el descrédito (aunque muchos los sigan votando por inercia y solo para que no gane el otro), constituye una consecuencia naturalísima, sin perjuicio de que los recambios -llámense populismos, nueva política o como se quiera- tampoco sirvan para mucho o incluso agraven las cosas.
Lo más interesante del libro se encuentra en los capítulos primero (“Los aspectos humanos de la política”) y cuarto (“Decálogo del buen gobernante”), donde el autor se retrata a sí mismo con sus perfiles más característicos: la constante apelación al realismo (la circunstancia, en el sentido orteguiano del término) y también el frecuentemente llamado -en masculino, como dicen los hispanohablantes de América- a la prudencia y la discreción. Una vez más, reconocer a Gracián no resulta nada difícil.
Del libro hay que decir que está teniendo un exitazo de público. En las presentaciones y actos de firma (por ejemplo, en Madrid, en el quiosco de Óscar, junto a la plaza de Cuzco, el 11 de enero) había mesas y se agotaron todos los ejemplares, entre grandes expresiones de afecto y admiración al autor.
El Gobierno de Rajoy (2011-2018, los primeros cinco años con un partido que gozaba de mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados) vivió en una situación de crisis casi crónica -economía, Cataluña, descubrimiento o incluso estallido de la corrupción en las propias filas- y se vio en la tesitura de tomar decisiones que a unos les parecieron bien (o las comprendieron) y a otros no. Pero lo mejor de este libro es que no dedica ni una línea a entrar en los detalles y justificarse acerca de lo hecho o dejado de hacer en cada momento, y siempre invocando, entre grandes lloriqueos, la soledad en la que hubo que decidir.
Así las cosas, el mejor elogio que puede pronunciarse sobre este trabajo (y de ahí que resulte altamente recomendable para todos, tanto tirios como troyanos, dicho sea para explicar el fenómeno de la polarización con unas palabras que nos remontan a Eneas, o sea, a Virgilio) es que no cae en esos topicazos, que, francamente dicho, tiran para atrás aun al lector más adicto. Algo -los silencios sobre eso- que lo hace particularmente apreciable.
Pero cabe pensar en que el reconocimiento personal que está viviendo el autor se debe a que en su trayectoria -su peripecia, que diría Ortega- tiene algo singular (para bien): que si estuvo en política, para lo que hay que pasar por el trago de empezar por apuntarse a un partido, no fue porque necesitara para lo que los franceses llaman la nourriture. Antes al contrario, aquella aventura le costó dinero, porque sufrió un gran lucro cesante. Y eso no hace mucho tiempo: apenas unos años. Eso le convierte no ya en una rara avis, sino en un auténtico mirlo blanco y además, se insiste, contemporáneo.
La sociedad española tiene hacia la política y los gobernantes una actitud llena de contradicciones. Por ejemplo, se les echan muchas responsabilidades, pero por otra parte no se espera nada de ellos. O, por poner otra referencia, en su presencia la gente se muestra obsequiosa hasta el límite del arrastre -en términos que diríanse propios de la monarquía alahuita- pero en cuanto se dan la vuelta, se les pone a parir. Pues bien, en medio de esas esquizofrenias, resulta casi milagroso -y de ahí el tal reconocimiento- ver a alguien que venía comido de casa. Como si se estuviese descubriendo a un ser no ya insólito, sino incluso milagroso: mezcla de un arcángel y el superhombre de Nietzsche.