Mientras cientos de ejecutivos financieros, arruinados de la noche a la mañana, decidían extinguir su vida arrebatándosela a sí mismos al lanzarse desde las ventanas de sus oficinas en las grandes urbes de los Estados Unidos, los pájaros seguían trinando, las aguas de los ríos fluían con normalidad y las nubes, pasajeras, surcaban por pereza ese mar invertido que es el cielo. Era 1929, la bolsa neoyorquina se vino abajo y, en los años sucesivos, millones de trabajadores tendrían que enfrentarse al desempleo, con las muy limitadas prestaciones sociales del Estado y con el plan de recuperación, el New Deal de Roosevelt, nada fácil de lidiar.
En medio de aquel desastre económico y social, el pintor y escritor Everett Ruess, colmado de aquella fuerza y voluntad de decisión a medio camino entre el impulso y una confianza adecuada en los plazos de la existencia que solo se tiene de manera natural en la juventud, decidió echarse a los caminos y explorar las rudas tierras del oeste americano. Ruess era un adolescente, apenas un niño: tenía dieciséis años cuando, en 1930, inició esta aventura en solitario. Las tierras del oeste distaban de aquel cambalache de asentamientos hispanos (mexicanos o de origen inmigrante peninsular español) y repobladores gringos que aniquilaron, campañas militares mediante, a los nativos. Los indios ya no representaban un problema para el gobierno federal, y aquel páramo se había convertido en una tierra de oportunidad a base de trabajo duro y oportunismo. Ruess quería conocer esa parte del país que todavía distaba de ser plenamente norteamericana.
Como testimonio, el joven artista, que moriría apenas cuatro años después, a los veinte años, la editorial Periférica ha publicado en español Una belleza insoportable, una delicada selección de correspondencia de Ruess donde, en una serie ordenada de cartas dirigidas, fundamentalmente, a su familia, escribe sobre sus observaciones y su vida en tierras inhóspitas, con poca población y muy agrestes. Este libro goza de la elocuencia intrínseca a todo buen diario de viajes (a fin de cuentas, el contenido de las cartas refleja esta condición de diario, aunque no fuera escrito bajo este esquema), pero, por encima de otros detalles, destaco la mirada brillante que demuestra Ruess.
Narra las dificultades de su vida bohemia, preñada de angustias y alegrías; cuenta el variable trato de las personas con las que se va encontrando y la diferencia de paisajes: desierto, valles, montañas y cañones, pueblos granjeros y pueblos esteparios dedicados a un mar de cultivo. Lugares donde la vida transita a otra velocidad y que, en aquel crudo momento de la historia del país, parecían no parecer de la misma procedencia.
Ruess narra en primera persona la que tuvo que ser una experiencia hermosa. Hay momentos emotivos, como un fragmento en el que les cuenta sus sueños a sus padres. Escribió Ruess: «En lo que a mis planes respecta -y a pesar de que sé que las circunstancias pueden suponer una ayuda o un obstáculo-, tengo una ruta de acción clara (…) Trabajaré en esa tierra de cactus del sur de Arizona y luego iré hacia el norte por Nuevo México (…) Estas decisiones, claro, las tomaré en el futuro. En cualquier caso, espero pasar un año o dos a la intemperie, consagrado a mi arte. Quizá después me vuelva el deseo de ir a la ciudad y comprobar si mis viejos amigos siguen ahí. Para entonces confío en que las tornas hayan cambiado y tener ahorros para dedicarme a pintar de forma más seria. Necesitaré un estudio o una habitación grande. Trabajaré con óleo y acuarela; mejoraré mi trabajo presente y lo usaré para idear imágenes nuevas y mejores. Quiero hacer algo grande en el plano artístico. Cuando tenga muchas pinturas que estén a la altura de mis capacidades, pienso empeñar en exhibirlas y venderlas. Si eso no me sale, se las daré a mis amigos o a quienes sepan apreciarlas. Después viviré una existencia civilizada, me haré con una buena colección de música, acumularé experiencias leyendo. Haré amigos nuevos y valiosos sin abandonar mi arte y escribiré, tal vez, poesía».
¿Qué carajo nos sucede a la humanidad, que odiamos tanto a la vida, que renegamos de la belleza de la existencia, que en vez de proteger cuanto habita el cosmos lo consumimos despiadadamente? Guerras, asesinatos, violencia. Alguien con el alma podrida tomó a Ruess y lo asesinó en un cañón de Utah, probablemente para robarle los dos burros que llevaba consigo. Cuánto desprecio a la intelectualidad, cuánto desprecio a lo invisible, a lo mental y a lo abstracto, a las ideas que ponen color al mundo que habitamos y a las ideas que, silenciosamente, lo transforman.
Tanto, que gracias a los intelectuales el ser humano dejó de habitar las cavernas y aprendió a hacer su primer fuego. Fantaseo muchas veces con la idea de dividir la humanidad en dos, en listos y bobos, y que los inteligentes fundemos nuestra propia civilización. Recordar que el joven Everett Ruess fue asesinado por el simple hecho de viajar con dos burros me invita a plantearles esta reflexión: criminalidad ha habido y seguirá habiendo, pero nada cambiará mientras no lo haga nuestra mentalidad. En vez de habitar en el egoísmo y las ansias de dominación sobre los semejantes, que pudre la vida, ¿por qué no hacerlo desde la labor, ser uno mismo y ayudar a los demás? Sin acción individual nunca puede haber cambio.
Lean, por favor, esta maravilla de libro. Es la mejor manera de honrar a quienes piensan, crean y esbozan un mundo mejor, que no se quedan para sí, sino que lo ofrecen, con las manos abiertas, a sus iguales. Lean Una belleza insoportable. Les cautivará.