Mi refugio y mi tormenta, o cómo se forja la escritora que Arundhati Roy llevaba dentro, tiene un título que me parece, a mí, muy pertinente, aunque sin embargo es algo así como un invento de la traducción (nunca sé, en estos casos, si es cosa del traductor o de la editorial); debería titularse algo así como Madre Mary viene a mí –Mother Mary Comes to Me en el original– y sin embargo, esa madre que parece ser la promotora, nosotros los lectores no la identificamos sino como la señora Roy. Así es como la hija se refiere a su madre Mary, como se relacionó con ella; ella la motivadora del libro, cuando le llega la muerte, como responsable de la vida desordenada y malquerida de Arundhati. Así, responde perfectamente al sugerente título con que nos la han presentado.
Yo también empecé su lectura pensando que era un libro de los que destapan la caja de Pandora de las malas madres; lo es, desde luego, porque la escritora escribe unas veraces memorias que se envuelven, sobre todo, en la relación con una madre tóxica, a quien sin embargo elogia el mundo: nos lo dice la hija, que se debate entre el reconocimiento que su madre merece como educadora, feminista, aguerrida y luchadora por los derechos de la mujer, en concreto en la igualdad en la recepción de herencias, y la necesidad de alejarse de esa figura tóxica.
De ahí mi principio: esta novela es la forja de una escritora, que ni ella misma sabe que lo es hasta la publicación de su primer artículo, que sobreviene en la página 246 de las 424 que ocupa; es decir, sobrepasada la mitad: «Y fue de esta manera tan fortuita como se publicó mi primer artículo. (En una revista de verdad, no en un boletín interno). Estábamos en 1992. Yo tenía treinta y dos años.» Antes, aunque no demasiado, la madre había tenido la fortuita idea de llevarle, en uno de sus encuentros, la máquina de escribir. Parecía un avance del destino, y así lo entiende Roy cuando echa la mirada hacia atrás: «Inmóvil ante mi puerta dijo: “Creía que no volvería a verte nunca”. Me había traído mi antigua máquina de escribir, en la que aprendí a mecanografiar. Eso terminó de romperme un corazón ya de por sí roto. La señora Roy ejercía este efecto sobre mí. Me rompía el corazón y también lo remendaba».
La tormenta que una madre puede provocar en una hija es el tema de esta novela autobiográfica o libro de memorias, ahora ya no se sabe bien, más bien lo segundo, «escritura libre sin inmutarme. Como me enseñó ella»; es Arundhati quien nos habla de su dedicación: «Es más fácil para mí escribir sobre política, o escribir ficción, que escribir lo que estoy a punto de escribir. No hay ninguna grandeza en ello. Tampoco ninguna gran tragedia».
Y ahí empezó la escritora, esa que tan bien escribe sobre esas menudencias de la vida, con lo que se hizo famosa: ese dios de las pequeñas cosas que aparece cuando encarrilamos el último tercio del libro (página 263); con el que logró un triunfo abrumador que le cambió la vida. Antes, hemos seguido ese transcurso de escritura de guiones, todo mientras la acompañamos en su vida, sus periplos desde estudiante a la familia en que se integra como madre de acogida, pasando por sus derrotas y hasta su indigencia. «Lo importante es que recibimos un cheque como único y último pago por el guion. Con ese dinero podía comprar tiempo. Tenía libertad para trabajar en Lo Que No Tendría Que Estar Escribiendo».
Y eso es lo que hizo, y de ahí a explicarnos su propia literatura: «Cuanto más escribía más me desconcertaba. El texto actuaba como si tuviera una voluntad propia. Tenía un ritmo, una especie de compás, una arquitectura formal que detectaba pero que tardé mucho en entender. No me quedaba otra que confiar. A veces me daba la sensación de que se escribía solo, de que yo estaba ahí por pura casualidad».
Así que, a mí, llegada a este punto en que me sentí confortada con Arundhati Roy y su trayectoria, me tentaron las ganas de parar su lectura, de dejarlo ahí. Había llegado a un punto que la explicaba, que se explicaba, donde ella había conseguido subsistir a una madre tóxica y se había hecho con las riendas de su vida. Ahí donde yo la había conocido, hace casi casi treinta años, porque la leí en la efervescencia de la difusión del libro de una mujer india que nos explicaba el mundo más allá de religiones y maneras de enfrentar la vida; la temeridad de quitarle a Dios su mayúscula y liarla con las pequeñas cosas que no deberían tener nada que ver con él, según el paradigma.
Pero, claro, no estaba haciendo una lectura particular. De verdad que creo que hubiera parado ahí, ahora que salvo cuando estoy comprometida, me permito saltar y abandonar y leer a trozos; total, lo que no me interesa se me va a olvidar, para qué el esfuerzo. Pero, claro, he seguido. Y a partir de ahí prosigue su vida, que en realidad tiene más presencia en el libro que la que yo he destacado, porque yo voy buscando a la escritora. Ahora tiene los problemas de familia con hijos adolescentes “habituales” ... mientras se encierra cuatro horas diarias a escribir algo que a ella misma la está desconcertando.
Y que su marido piensa que va a suponer perderla. Porque su texto que nos perturbó a todos ganó el Booker mientras se discutía su contenido en los tribunales... a la vez que ella veía desmoronarse su entorno: «Seguí mi instinto, que es el lugar de donde proceden el arte y la literatura. Él me indicó el camino. Una vez más, convertí el lugar más seguro en el más peligroso». Así seguiremos su trayectoria literaria ahora sí triunfante, su vida familiar, las perturbaciones políticas...
Y la vuelta a la ficción (página 347), con El ministerio de la felicidad suprema: «como ya me ocurriera con El dios..., todo partió de una primera imagen»: la felicidad de un bebé, «que evolucionó hasta convertirse en una conversación entre cementerios». Diez años hasta que la concluyó, esa segunda novela que atemoriza a cualquier escritor.
Pero no podemos olvidar que en realidad es el libro de su madre, el del ciclo de una vida. «La salud de la señora Roy empeoró en julio de 2007. Yo tenía cuarenta y siete años», así que, de nuevo, descargó toda su furia contra la hija que la estaba atendiendo. Y, entretanto, la escritura de libros sobre política.
Y sin embargo, el reencuentro con la madre, ese refugio que anuncia el título, cuando contra todo pronóstico (esto parece una novela), la madre se abre y le hace el mejor reconocimiento tras toda una vida de toxicidad: «No hay nadie en el mundo a quien haya querido más que a ti». Esto, en una novela, no funcionaría, porque prosigue: «Eres la mujer más increíble y maravillosa que he conocido. Te adoro».
Ah, me alegro de haber llegado hasta el final. Ahora solo espero que Arundhati Roy siga escribiendo, por mucho tiempo más, ya sean ensayos políticos, novelas o la continuación de estas memorias.