En tiempos actuales donde todo del revés está vuelto, es mejor tomar refugio en un lugar seguro. Quien esto suscribe, junto a la centuria de amigos, formamos grupo en auxilio de manjares que la Taberna Ilustrada “El Capricho” a bien tiene brindarnos para resabio de paladares y vigor de nuestros adentros.
Fuera de este lugar, léase calle, suceden cosas que suscitan melancolías y despiertan malos deseos; sin embargo, en este sitio se atemperan los tiempos hasta el punto de no parecer de este mundo, o tal vez sea un mundo dentro de otro. “El Capricho” te acoge en buena hora como punto de encuentros. Es similar a uno de esos atolones coralinos, pero en versión taberna de autor.
Presto el acomodo en la mesa 33, convertida en patrimonio merced a la figura de don Javier Hernández y Hernández, famoso restaurador de cuerpos maltrechos y demás gollerías del esqueleto; la gula se vuelve misericordia para regocijo de ánimos. Claro está que es de culto sobrehilar al respecto, pues detrás de este mérito está Alejandro, el gran jefe y dueño; sin embargo, por ser de justicia, especial mención requiere citar a unos cuantos maestros. A saber: “Cachitas”, Gustavo (Gus), Conchi, Natali, Luis, Iván, Darly, Oscar, Alan; el resto, que no se tenga por molesto si queda sin citar, pero traídos están en igual gratitud por su idéntico encantamiento.
En El Capricho, la creatividad de la cocina es la virtud de los dares y tomares, pues de los fogones parte la maestría de sus autores que, frente a tantas reliquias, hacen ventura en el estómago de los comensales. Aquí se come con la verdad de los dioses y la paciencia del cocinado alimento. Ya lo dijera quien fuere: “A paladar contento, buen vino y mejor sustento”.
En dicha mesa 33 se debaten los recuerdos, se refieren brindis del momento y se come por esa costumbre humana que viene de lejos. El recreo de la reunión ordena bienestares ahuyentando pesares donde lo huero no cabe y lo ameno sobresale. Es, por así decirlo, un oasis, un compartimento estanco, pero abierto al mundo que está dentro.
En ese lugar, de noble rincón, con buena vista y mejor compañía, sobresalen los conocimientos, las habilidades, los buenos modales, el humor, la virtud de la buena mesa, el sobreseimiento de lo ajeno, el novelado análisis de la sociedad. Sin ruindad ni tribulaciones, la lealtad toma las riendas mientras desfilan viandas y chispas de vino, aunque haya quienes se alejan de Baco por motivos que no vienen al caso.
En la mesa 33 rumian las palabras de buena cordura. Hay eruditos versados en lenguas extranjeras, capaces de comer en diferentes idiomas. Letrados expertos en diseccionar herencias hasta su últimas consecuencias; otro, mucho más que notario, maneja fórmulas magistrales para asombro de cuantos presentes se dan cita, ya sea por afición, curiosidad o consultoría. Nada de extraño, pues, que en este mismo lugar, entre cazón en adobo, fideuá o lomo bajo, se ponga remedio a crisis legales, fiscales u otras desventuras notariales.
El grupo de la 33 ni quita ni pone, apuesta por el escote en ese juego de la moneda, donde se paga por igual y con sobrado bote. Es una norma cuya regla ha adquirido forma de interés general. Formalidad de actos, ya que de buen comensal es repartir el afloje del bolsillo por una causa tan noble entre amigos.
Cuando nos vamos, nos queda la gratitud del cuerpo bien alimentado y buen regalado trato. En la calle nos aguarda el teatro del mundo, ese otro mirar de la vida, en la que los principios morales son vapuleados por quienes reparten tormentos y malestares. Sin embargo, eso es otra historia. Quizás otro día.