En el momento Trump, la Cuba revolucionaria que sedujo a los intelectuales está llegando a su fin.
La literatura iberoamericana de los años sesenta y la Revolución Cubana hecha gobierno también en esa década guardan una interrelación que hasta la fecha no ha podido ser desentrañada o cuando menos precisada. Pero las figuras más importantes de la ola comercial y estilística del llamado boom novelístico latinoamericano fueron los primeros entusiastas promotores del movimiento guerrillero de Cuba, luego chocaron de frente con la vena autoritaria de todo movimiento revolucionario y la relación terminó en divorcio irreconciliable en 1971 alrededor del arresto del poeta cubano en Heberto Padilla.
La historia de posicionamientos públicos y cartas abiertas son de sobra conocidos, pero más de medio siglo después siguen algunos espacios oscuros en esa relación: los intelectuales más importantes del boom se comprometieron públicamente con la guerrilla de Fidel Castro Ruz, al grado de que en camino a un congreso educativo en Chile hacia 1962, el prestigiado escritor mexicano Carlos Fuentes --según contó el autor chileno José Donoso en sus memorias-- declaró que abandonaría la literatura y se iba a dedicar solo a promover el contenido social y educativo de la Revolución Cubana, pero nunca se concretó.
Los principales actores en esta historia fueron el colombiano Gabriel García Márquez, el argentino Julio Cortázar, el peruano Mario Vargas Llosa, el chileno Donoso y el cubano Guillermo Cabrera Infante, entre los más importantes. La Revolución Cubana entendió, desde el momento de ganar el poder, que requería de una legitimación y este impulso político estaba justamente en autores que antes de la Revolución habían sido ya embarcados en un movimiento de comercialización y internacional de obras literarias, pero a partir de que sus propuestas novelísticas ciertamente habían revolucionado la literatura latinoamericana desde 1963 con Rayuela.
En ese sentido, el grupo político de Fidel Castro Ruz creó un centro motor de la política cultural para convertir a los autores latinoamericanos en dinamos políticos aprovechando su fama literaria. Esa oficina fue Casa de las Américas, dirigida desde el comienzo por la combatiente de guerrillera Haydée Santamaría, pero con un burócrata de la cultura con mucha habilidad y capacidad de conseguir amarres políticos: Roberto Fernández Retamar, un poeta que nunca destacó por su creación, ensayista revolucionario --eso sí-- pero con funciones más bien de comisario cultural estilo estaliniano.
Los escritores latinoamericanos participaron conscientemente en ese juego y desde luego que utilizaron a la Revolución Cubana como un segundo motor fuera de borda para lo que era el activismo comercial de ventas de sus libros con la representante Carmen Balcells desde Barcelona.
Aunque no todo fue coser y cantar, la Revolución Cubana comenzó a ser más exigente con los posicionamientos políticos de los autores latinoamericanos y la primera gran crisis estalló en septiembre de 1969 con un ensayo publicado en dos partes por la revista Marcha de Uruguay, una publicación de izquierda socialista dirigida por el legendario Carlos Quijano. El autor fue el colombiano Óscar Collazos, ya muy asentado en Casa de las Américas en La Habana, y su texto “Encrucijada del lenguaje” provocó respuestas de Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Los documentos fueron recogidos en 1970 por la editorial mexicana Siglo Veintiuno Editores --libro de 118 páginas en tamaño media carta-- bajo el título Literatura en la revolución y revolución en la literatura (acceso completo en: https://www.in-cubadora.com/wp-content/uploads/2022/07/Literatura-en-la-revolucion-y-revolucion-en-la-literatura-Polemica.pdf.)
En síntesis, Collazos determinó que el éxito de propuestas como la Revolución Cubana necesitaba de un mayor involucramiento comprometido de intelectuales para que sus obras literarias girarán alrededor de eso movimiento social y otras revoluciones de izquierda y por ello criticó específicamente las novelas 62: modelo para armar de Cortázar y Cambio de piel de Fuentes, porque consideraba que eran propuestas que giraban en torno a lo fantástico. Pero Collazos en realidad provocó el debate al proponer que toda la literatura en tiempos latinoamericanos de la Revolución Cubana debería de girar en torno a los discursos ideológicos de Fidel Castro Ruz y Ernesto Che Guevara. La respuesta más simple de Cortázar y Vargas Llosa trató de explicar que la creación intelectual no podría fabricarse sino responder a lo que Vargas Llosa definió con claridad como “los demonios de los autores”.
Collazos quería algo más directo: “pienso cómo en los discursos de Fidel Castro, por ejemplo, se traduce una manera de decir, un discurso literario (cursivas de CR), un ordenamiento de una reiteración verbal, una modelación de la palabra en el plano del discurso político que, a su vez, podría ser la fuente de un tipo de literatura cubana dentro de la revolución”.
La crisis entre los intelectuales y la Revolución Cubana se había iniciado en realidad en 1961, cuando el Gobierno de Fidel Castro prohibió la exhibición de un documental de aproximadamente de quince minutos titulado P. M., siglas que refieren la tarde como pasado meridiano. No fue un documental ideológico, inclusive carecía de guion, pero hacía que las cámaras corrieran largos planos-secuencia de centros nocturnos cubanos. Ese choque condujo a una reunión de Castro con los intelectuales donde definió con claridad los límites creativos de la literatura: “con la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”. Pero este incidente fue ignorado conscientemente por los intelectuales del boom.
En 1971 estalló la ruptura final. El poeta Heberto Padilla fue arrestado por el cargo de “actividades contrarrevolucionarias”, torturado psicológicamente y obligado a escribir una confesión infame al estilo del estalinismo. Vargas Llosa promovió dos cartas de protesta internacional contra Fidel Castro que fueron firmadas por intelectuales que antes habían apoyado a la Revolución Cubana, entre ellas, de manera sobresaliente, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Castro les contestó que estaban al servicio del imperialismo y ahí terminó la relación de amasiato entre escritores del boom y anexas y la Revolución Cubana.
Después de haber sido pivotes intelectuales de la Revolución Cubana como una gran revolución cultural, intelectuales latinoamericanos simbólicamente huyeron de Cuba en balsas clandestinas para no regresar nunca más a la isla.