Por muy racionalistas, modernos o más allá de lo moderno que nos consideremos, seguimos condicionados por el mito, y más de lo que a primera vista parece. Dicho a la llana: nos cuesta reprimirlo. Un ejemplo notable es lo de «Ya está saliendo el Sol» o «Ya se está poniendo». Es lo que tiene el lenguaje cuando se muestra convencionalmente poético, que conecta con la base del pensamiento mítico que imperaba en la niñez. Resulta lógico que nadie va a expresar el final del ocaso con: «Mira, ya la rotación de la Tierra impide que veamos el Sol tras el horizonte». Naturalmente, esperamos un «ya se ha puesto el Sol» y punto. Todos lo entendemos, nos acordemos o no de las rotaciones, o demos por hecho que es la Tierra la que se mueve, aunque sintamos que no. A este fenómeno culturalmente subjetivo se le conoce como verdades aparentes, sospecho que de un grado menor a las verdades ilusorias, que son las que, para bastante hartazgo, reparten bastantes políticos. El caso es que le damos al Sol capital importancia. Por descontado que también nos fascina la Luna; pero hoy toca cederle a él el protagonismo.
Vamos a lo que vamos: «hacer un brindis al sol» es frase hecha de nuestro idioma cuya belleza no se corresponde con su decepcionante significado. Surge del vocabulario taurino (cuando el torero dedica su brindis al graderío de sol de la plaza, el tópico señala que al no ser el público más preparado ‒por adquirir una localidad barata‒, puede confiar en que no será grave la reprensión si no triunfa en una faena que ya presume dudosa); pero, incluso por intuición, se traslada a comprometerse a algo muy campanudo a sabiendas de que será irrealizable. Y eso, perdónenme, se me antoja más un insulto que un brindis, no sólo al Sol sino a los que se tuestan en los asientos sin sombra de la plaza, pues un bolsillo parco no tiene por qué corresponder con parvos conocimientos, y en especial al toro, que se lleva la peor parte. Claro que esto es ya meterse en sociologías y lo que me mueve es elevar el brindis al Sol, en el sentido, en la imagen que todos podemos hacernos sin más, la de salir a la calle o terraza, campo o playa y levantar una copa, o la misma mano, a la gran estrella –o a algo estelar‒ en su homenaje. Porque sí, porque a pesar de nuestros malos días y/o cataclismos, si el sol sale (y lo lleva haciendo miles de millones de años), nosotros también podemos. Es más, no sólo planteo hacer un brindis al Sol sino varios, por esos días y momentos en que brilla de modo magnífico, como tales son los intervalos que ilumina. Ahora que estamos en época de redescubrir y dinamizar valores que parecen haberse desdibujado, es hora de levantar la persiana y retirar los visillos. Las sociedades son como las personas, museos con algunas salas a oscuras, sin que en ello cumpla que no haya belleza donde no se ve o ha dejado de verse. Es tiempo de descorrer los cortinajes y que entre el sol a borbotones.
A ese empeño, se han ido creando tendencias de rescate de unas raíces que, más que nada, propenden al sentido común. Desde hace unos años se habla y se escribe de neoestoicismo, pero ¿por qué limitarse a una escuela? Decía Wilde que la opinión pública prevalente equivale a la falta de ideas (propias) o algo por ese estilo (me valen igual las ideologías cerradas), con lo que aplaudo cualquier conato de combatir unas recetas en boga que artificializan de tal modo que nos hacen resbalar en el absurdo, aun sean sancionadas por unas leyes muy probablemente efímeras. ¿Cuántos pueden presumir hoy de un criterio propio cuando los abonos para cultivarlo dan tantas veces la impresión de compuestos con la más sintética de las plastilinas? Me temo que pocos, y si se encuentran jóvenes entre ellos, vaya mi rendida admiración. Por ejemplo, en algunos casos y so pretexto de cuidar la naturaleza y la libertad, nos hemos ido desnaturalizando y cayendo en servidumbres. A este tipo de paradojas, ni tan ingeniosas ni tan sabias como las de tío Oscar, conviene contestar con hacer reutilizables unas semillas que nos regresen a ser más auténticamente humanos, rehumanizables si se me permite, y no dejarlo todo o casi a los consejos (los tips) de la Inteligencia Artificial. Esos semilleros están al alcance de la mano, no tan lejos como una isla del Ártico (Svalbard, Noruega) en cuyo búnker (Bóveda Global) se custodian reservas de semillas de todo el mundo en prevención de algún holocausto o desastre planetario. Mucho más cerca y mucho más cálido: en los libros.
Poniendo toda mi fe en mi inquebrantable optimismo, me sumo al grupo de rescatadores recordando, a botepronto, tres marcas solares de nuestra civilización que han determinado en gran medida lo que somos, y con las que hay que reconectar para continuar reconociéndonos ‒y recomponiéndonos‒ en una cultura occidental con foco en lo humano y el humanismo. No se puede ir contra el Sol, tampoco contra esos cristales.
Tres nombres como tres soles
- Brindis por Marco Tulio Cicerón, por esclarecer las humanidades
Siempre fue mi favorito entre los latinos el bueno de Cicerón (quien tanto gustaba de fomentar el vir bonus) y aunque parezca una simpleza, aún me despierta más simpatías desde que vi a David Bamber interpretarlo en la serie Roma (HBO, 2005-2007), comunicando un aire humano por complejo, vulnerable, irónico y nobilísimo. Pero mi primer brindis lo alzo en su nombre por la defensa de un poeta en uno de sus discursos forenses. Eso, ya en sí, lo justificaría; sin embargo, no fue una alocución cualquiera: alberga una expresión de sólido significado que removió los cimientos cuando se redescubrió el texto mil trescientos años después: estudios de humanidades (studia humanitatis). Es decir, gracias a él se reconocen y nominan los principios culturales de Occidente (el renacentista y el neorrenacentista): apego a las humanidades (lo que conocemos por historia, filosofía, literatura…) y su traslación a un modo personal de vida. Por ello, sin duda lució un sol espléndido cuando Marco Tulio avanzó por el Foro para defender la ciudadanía romana de su viejo amigo y maestro, el poeta de Antioquía Aulo Licinio Arquías (sobre el 62 a. de C.), poco después de haber pronunciado el tan célebre Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra (¿Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?) en su año de cónsul, un hombre de poder.
Como buen clásico, sigue siendo actual Marco Tulio, no sólo por esa frase que inicia la primera Catilinaria y que aún puede aplicarse al peor, o lo peor, de los políticos, sino por el mismo asunto del Pro Archia Poeta: proteger el derecho de ciudadanía de un extranjero, adquirido conforme a la ley (y a eso se llama Derecho Romano, otra de las columnas de nuestra cosmovisión). Al margen de ello, en esa defensa debemos fijarnos en cuatro aspectos (humanos y humanistas) que sustentan la iniciativa del incisivo Marco: el que Arquías fuera poeta, maestro, amigo y griego.
Recuerdo que en una de mis primeras conversaciones amicales con otro gran vate, Luis Alberto de Cuenca, allá por la segunda mitad de los noventa, ante mi pregunta de que en qué época le hubiera gustado vivir, respondió sin titubear que en la del Círculo de Escipión. Cicerón también habría respondido lo mismo, aunque sólo le separaran dos generaciones de aquel parteaguas cultural, pero demostró su devoción por él en sus obras más importantes y por ese motivo me he consentido la personal digresión, ya que sigue transmitiendo, hoy día, lo esencial de la universalidad y la ética en la cultura; algo que resulta esencial para entender la defensa del poeta Arquías y a la vez de cultivarse.
Reconozco que recordar estas cosas es insistir en lo sabido, y eso es tan verdad como que lo sabido muchas veces se olvida, se relega o no se enseña; el caso es que un círculo de filósofos, artistas y políticos encabezado y promovido por Escipión Emiliano en la segunda mitad del II a de C., supuso un intersticio crucial en nuestro progreso gracias a la particularidad de concitar a un número de griegos y romanos que conversaban de par a par, y, sobre ello, que alguien como Cicerón hablara de él. No es que profese a este Escipión el mayor de mis amores, pues fue el general que ordenó el cerco de Numancia (133 a. C.), pero qué duda cabe de que en sus años de retiro militar, protagonizó y lideró esta –diríamos hoy‒ tertulia de amigos cultos, axial en la evolución de las humanidades (por mucho que heredara la costumbre de Escipión el Africano, del que era nieto adoptivo). Dicho de otro modo, fijó con claridad un punto de inflexión donde se fusionó para siempre la cultura grecolatina, el antes y el después. «Bienvenidos a la civilización occidental: los griegos y los romanos», con esta frase saludaba a su curso de Secundaria el profesor William Hundert (Kevin Kline) en la deliciosa película El club del emperador (Michael Hoffman, 2002)… y en un colegio yanqui de niños de papá, hay que decir.
En los años que Roma va haciéndose con Grecia hasta convertirla en otra de sus provincias, ella misma se va helenizando gracias al flujo de autores e intelectuales que de ella provienen y son considerados maestros; quiero decir: con mayor permeabilidad, pues el filohelenismo no era algo novedoso. Es el caso de Panecio, cuya huella en las conversaciones del círculo escipioniano traerá como fruto la adaptación del estoicismo al espíritu más práctico de los herederos de Rómulo, insistiendo en virtudes activas como la generosidad por delante de las pasivas, tal la mera resignación. También brillaron en esos intercambios el historiador griego Polibio y el comediógrafo romano Terencio (antiguo esclavo nacido en África), el de «nada humano me es ajeno».
Es debido a ese buen nombre de los maestros griegos que se produzca, años después, el contacto de un adolescente Cicerón ‒cuando cursa Derecho en Roma‒ con Arquías, quien enriquece sus conocimientos de griego y poesía helena. No será el único. Su atracción por la filosofía le llevó a recibir lecciones de autoridades en la materia, de forma abierta y ecléctica durante varios años (Filón de Larisa, Antíoco de Ascalón o Diodoto, al que cuidó, anciano y ciego, en su casa hasta la muerte). Una pasión que, en determinado momento de juventud, le hizo vacilar sobre seguir o no su carrera forense. Es de advertir que, sabedor de no poder igualar o superar aquel legado ‒no había nacido aún el hispanorromano Séneca‒, se aplica a actuar como filtro, vivificando y adaptando las claves de un saber con su correspondencia moral, lo que había estado fructificando, vía asimilación, en aquel círculo intelectual que le cautiva sin haberlo vivido; en cambio, cuando traslada aquellos protagonistas a sus tratados-diálogos, departirán más los romanos que los griegos, como Escipión o su muy cercano Lelio, a quienes toma como reflejos o, mejor dicho, a través de sus figuras habla y expone.
Justamente en uno de esos textos, el dedicado al examen de la buena práctica política (De re publica), aprovecha para dramatizar cómo debían de suceder aquellas reuniones en los horti suburbani de Escipión, es decir, en el jardín de su finca de asueto fuera de la ciudad, una versión modesta y doméstica del bosque de la Academia de Platón a extramuros, y que tendrían reflejo renacentista en los orti (jardines) de la familia Rucellai que frecuentaba Maquiavelo, o en los de la corte de Urbino, aquellos que servirán a Castiglione de escenario para los diálogos de un exitoso manual de buenas maneras y culto refinamiento que tituló El cortesano.
A pesar de que La república ciceroniana nos haya llegado tardía y fragmentada (a excepción del libro VI, conocido como «El sueño de Escipión»), no se ha perdido el primer tema de conversación en aquella jornada, algo que no puede venirle mejor al título de este artículo, y es que se habían visto dos soles en el cielo de Roma, lo que era la comidilla de toda la ciudad y en el Senado. Este efecto óptico a causa de un fenómeno atmosférico es tomado como una suerte de aparición mítica o religiosa, desde luego un asunto atractivo para la conversación de estos caballeros en un día ocioso. Le fuera contada o no en parte por un anciano Publio Rutilio Rufo, Cicerón ubica la reunión en el contexto de las ferias latinas del 129 a. de C. (es decir, alrededor del mes de abril), precisamente el año en que a Escipión iba a encontrársele muerto en su cama (hecho que, al parecer, ocurrió entre abril y mayo), lo que viene a significar la recreación idealizada de una última sesión, el cenit de aquellos intercambios. Aquel año, como los inmediatos anteriores, fueron críticos para la República romana, no menos para Escipión, como testimonia su probable asesinato; de ahí que Marco Tulio, quien no lo está pasando tampoco bien entre el 55 y el 51 a. de C., cuando va componiendo su texto, ni la República vive su tiempo más tranquilo, con un Julio César que ya acaricia su ambición dictatorial ‒unido en triunvirato tácito con Craso y Pompeyo‒, decide, por guardarse las espaldas, trasladar a aquel lejano escenario sus propias preocupaciones, porque en él sin duda contempla paralelismos: Escipión había conseguido bloquear la proclamación de una ley agraria que beneficiaba a los plebeyos y molestaba a los aristócratas; una postura que Cicerón acababa de reproducir en el 63, data de su consulado. La República se vulgarizaba (hemos de entender desde aquellos parámetros de élite), se vencía al populismo (desde los nuestros), lo que César sabría aprovechar con inteligencia, ganándose el apoyo de la clase popular con medidas como el reparto de tierras públicas a los veteranos de guerra y a algunos ciudadanos desfavorecidos en el transcurso del 59 a. de C., siendo cónsul. Algo, sin duda, justo y, sin duda, estratégico. Aún más, cuando Marco Tulio rasguea este texto, apenas queda un par de años para que la República haga aguas con el desbordamiento de una guerra civil entre las facciones aristocrática y popular (Pompeyo y César), conducente a gobiernos autocráticos, el breve del propio Julio y los de la época imperial a partir de Octaviano.
Por todo ello, cuando los primeros invitados aparecen en su jardín, comentando Tuberón lo de los dos soles, y sumándose Furio y el citado Rutilio, Escipión no tarda mucho en complacer a su mejor amigo, una vez llega Lelio, con cambiar de tema y sumarse a algo lo mismo de actual pero más imperioso: un análisis para el mejor gobierno del Estado. Cayo Lelio, gran militar y orador, da muestras de su proverbial sabiduría sorprendiéndose de que la gente se asombre de que haya dos soles y no dos senados o dos pueblos, aludiendo a la situación polarizada (diríamos hoy) de la República. Por no cansar con este contexto, resumo los puntos que puedan resultar más atractivos para el lector, y que Cicerón por boca de Lelio, recomienda para evitar la fractura, el colapso y la llegada de la tiranía, pues acaso también a nosotros interese en el XXI. Un esquema ciertamente ideal, aunque no tanto como el de Platón para su obra homónima. Más se trataba de salvar que de proponer.
Lo primero de todo es que el político ha de apoyarse en la virtud (tremenda revelación); luego, se hace necesario el equilibrio de poderes que garantice la estabilidad (incluido el del pueblo) y que los encargados del Estado sean cultos y, en especial, conocedores de lo que les compete (sin llegar a la exigencia platónica de que los gobernantes debían hacerse filósofos, o los filósofos gobernantes). Lo más optimista es que esos jefes sabios y honestos irían al cielo tras la muerte, mientras los corruptos sufrirán siglos de tormento antes de regresar a la Tierra, otro modo de purga si bien se mira (esto en la última parte, la de «El sueño de Escipión»). Tales claves no han perdido actualidad, o no deberían perderla, en un tiempo constreñido por la sobreinformación, la desinformación y la dispersión, cuando se realizan juegos malabares, no ya con el espejismo de dos soles, sino con el de cientos.
Un texto tan terapéutico para la óptima gobernanza del Estado merece combinarse con lo individual, en concreto con el efecto y el afecto de saber ser amigo. De amicitia, uno de sus últimos libros, gozó de una transmisión ininterrumpida hasta la fecha. Marco Tulio lo ambienta justo tras la muerte de Escipión, con Lelio como protagonista del diálogo, mientras recuerda al finado como espejo de amistad. A estas páginas debemos asertos tales como que los amigos ciertos se reconocen en los momentos inciertos, que la amistad entre poderosos no suele serlo, puesto que ha de ser incondicional; que los favores, si han de darse, deben ser recíprocos y no obedecer a cálculos miserables, de ahí que no quepa pedir ni esperar del amigo participar en algo deshonroso, y antes se ha de acudir en su ayuda que esperar a que la ruegue. Todo ello se sustenta en una especial comprensión y dulzura en el trato, indulgencia sobre severidad; ensalzar sus éxitos, animarlo en momentos difíciles y, sobre todo, la prueba del tiempo, pues a fin de cuentas, «un verdadero amigo es casi como uno mismo» y sobrepasa la muerte.
Lo anterior, la línea de pensamiento pública y privada de Cicerón, que mantiene moral y éticamente su vida, explica perfectamente la razón de que elabore un discurso forense tan original. ¿Por qué Arquías merece conservar la ciudadanía romana pese a unas pruebas que se han perdido en un incendio (y sus enemigos lo saben), aparte de los indicios y posibles testimonios que aporta en la causa? Aquí viene lo novedoso, lo sorprendente, lo ya dicho: porque es poeta, culto, maestro y amigo. ¿Hace falta mayor defensa? ¡Marco Tulio se expone como prueba! Sí, en el Foro quedarían con la boca tan abierta como presumo la de ustedes, y si normalmente se dice desconocer el fallo del veredicto, el caso es que Arquías murió en Roma, por lo que lo presumimos favorable. ¡Claro que Cicerón era consciente de que estaba siendo atrevido! Se echó al ruedo con cabriolas de difícil ejecución (y justificación); pero es que los clásicos lo son, sobre todo, porque en su día rompieron moldes. Hablamos de un personaje que no es un simple orador (el mejor, según opinión generalizada, después de Demóstenes) sino que ha llegado a ser cónsul (la mayor autoridad de la República) sin venir de familia patricia, que era lo común, sino siendo caballero (eques), lo que hoy vendría a ser una clase media más que acomodada. Por méritos. Es decir, que los tiene y de sobra justificados; se le llama salvador de Roma por haber cortocircuitado la conjuración de Catilina, al que vence no sólo oratoriamente, que también, sino con la fuerza (acabará ejecutando a sus cómplices mientras su líder rinde su vida en batalla); por más añadir, es un nombre o, mejor, un cognomen (Cicerón: Garbanzón, más menos) que designa una época: edad ciceroniana, donde culturalmente brilla él, perfeccionando de paso la prosa latina, justo antes de la extensa edad imperial, cuando destaquen poetas como Virgilio u Horacio. No es un loco, un cualquiera. Se estima lo suficiente como para no sólo reclamar su tan agrícola apodo de familia y elevarlo a la gloria, sino también prescindir de los lugares comunes de la retórica forense (de la que será maestro y teórico) en el juicio que nos ocupa, y evitar en el exordio (presentación) los de falsa modestia y captación de benevolencia de los asistentes, situándose él, antiguo cónsul salvador, como prueba testimonial. ¿Cómo? Si algunos le tienen en gran consideración y prestigio por el éxito de su oratoria en defensa de muchos, y el enriquecimiento de ésta por su afición a las letras, el responsable es el mismo Aulo Licinio Arquías, quien con sus consejos y enseñanzas durante su primera juventud le empujó a lo segundo. Exagera un poco, y eso que utiliza el estilo medio, pero tal es el punto de partida, el desafío, toda vez que en su obra Orator desaconseja recurrir a lo particular. Pronto, muy pronto llega lo que podríamos interpretar humildad ‒que obviamente no es‒, solicitar del auditorio instruido que, acorde con la causa contra un poeta erudito, no les moleste y le permitan hablar de los estudios de humanidades ‒de studiis humanitatis‒ y de las letras (II, 3). Ahí está la frase, la cláusula, lo que va a transformar la defensa de un poeta en la de la poesía y las humanidades.
Como reelaboración de la paideia griega, la humanitas comprende lo opuesto a una especialización, una única materia, por eso confiesa su inveterada curiosidad por todos los ámbitos del saber que concuerden con lo humano, pues los interpreta unidos como por lazos de parentesco, consanguíneos. Otras perlas o excesos en un alegato que asume inusual, es la interpelación de cómo negar la ciudadanía romana a un hombre de tamaño talento cuando a tantos mediocres (mediocribus multis) se les ha concedido (la meritocracia otra vez como aval), o el argumento de que el poeta no sólo posee algo como un soplo divino que le impulsa desde dentro, sino que puede ser beneficioso a la tierra que lo genera o asume, cantando e inmortalizando las hazañas; por supuesto, asimismo, las virtudes y obras de hombres eminentes (entre los que Cicerón quiere contarse, aprovechando para destapar que Arquías está empezando a escribir sobre su propio consulado), pues pasar a la posteridad, ganar la inmortalidad en los libros, es un anhelo que no esconde, como sí hacen aquellos filósofos que desprecian la notoriedad, pero que no olvidan firmar los textos donde tal cosa defienden (aquí Marco Tulio está particularmente gracioso). Igualmente reconoce que la dedicación al estudio representa en su vida el mayor ejercicio de libertad, aun sacrificando con ello un ocio más social, aunque nunca por ello haya desatendido a un amigo. En resumidas cuentas, Arquías merece ser ciudadano de Roma por ser íntegro, culto, poeta y amigo (aunque al final no cumpliera y nunca acabara la obra sobre el cónsul Cicerón; por tanto, la escribirá él mismo en griego, pues bueno era). Pero no conviene despistarse, Marco Tulio ha hablado sobre todo de su propia persona y de un ideal de civilización.
Me lo imagino en un día de sus últimos, mirando el horizonte desde un alto de su villa campestre, elevando una copa de vino a un sol de verano que se pone sobre la campiña. Probablemente tuviera viñedos; al menos en Sobre la vejez manifiesta conocer los rudimentos para el cuidado y modo de ubicación de los sarmientos. Él también se pondrá muy pronto, en diciembre, cuando sicarios de Marco Antonio acaben con su vida, y sean clavados su cabeza y manos en las tribunas del Foro, como escarnio y también amargo ejemplo de victoria de la fuerza bruta sobre la fuerza moral (otro signo humanista). Pero no. Se puso pero no se ocultó. Sigue iluminándonos. Por ello, por haber marcado tan claramente los estudios de humanidades y su ejercicio en nuestro mapa cultural y aprovechando la magia de la literatura, me acercó hacia él en ese lapso feliz y brindo en su compañía. ¡Bien por ti, Cicerón!
(Más soles en la segunda parte)