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Tiranía de la mayoría, tiranía de la opinión

Enrique Aguilar
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miércoles 17 de diciembre de 2008, 16:49h
El próximo año se conmemorarán dos fechas que me resultan particularmente importantes. Por un lado, en febrero, los ciento cincuenta años de la publicación de On Liberty, de John Stuart Mill. Por el otro, en abril, los ciento cincuenta años de la muerte de Alexis de Tocqueville.

Seguramente tendré oportunidad de explayarme sobre ambos autores. De momento, sólo quiero detenerme en los dos conceptos que dan título a esta nota y que Tocqueville primero y, poco después, J. S. Mill contribuyeron sobremanera a divulgar.

Por lo pronto, se podría afirmar que se trata de dos especies de un mismo género, tan viejo como el mundo, sólo que encarnado en una mayoría que no respeta el derecho al disenso y por ende la libre expresión de las minorías. Sin embargo, una diferencia las distingue. En efecto, mientras la tiranía de la mayoría es de naturaleza política, la tiranía de la opinión es esencialmente social. La mayoría es en los dos casos la protagonista. Pero ésta puede ejercer su opresión directamente desde el gobierno o también por una opinión dominante que condena al silencio o, en su defecto, a la reprobación pública, a los disidentes. Por lo general, aunque no siempre, ambos tipos de opresión van de la mano.
La tiranía de la mayoría se sustenta en última instancia en la fuerza pero eventualmente puede valerse de instrumentos más sutiles: fraudes electorales, decretos de "necesidad y urgencia", sobornos u otras formas de manipulación institucional surgidas de la imaginación de algunos gobernantes amparados, con fines arbitrarios, en la legitimidad "democrática" de sus actos o, como suele decirse, en la verdad de las urnas. La tiranía de la opinión, en cambio, es un modo de coerción invisible y no violento, que “deja el cuerpo y va derecho al alma” (Tocqueville), imponiendo la homogeneidad y reprimiendo la formación de individualidades originales.
El constitucionalismo moderno encontró medios para frenar la tiranía de la mayoría, que sirven de garantías necesarias pero no suficientes. Por añadidura, hacen falta hábitos arraigados que se correspondan con estos medios. En otros términos, hace falta que el sentido del límite esté verdaderamente interiorizado en todos los ciudadanos.
Lo propio diré, ya se descuenta, con referencia a la tiranía de la opinión. Para ponerlo en palabras de John Stuart Mill, hace falta una "fuerte barrera de convicción moral" que no es sino otra manera de expresar lo mismo: sentido del límite, poco frecuente en estos días y cuya pérdida resulta irreparable.

Enrique Aguilar

Politólogo

ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina

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