En la última cosilla teatral que he visto, y en la que mínimamente participé, lo mejor era, con diferencia, los figurantes, esos personajes mudos que se mueven o no, y que parecen brotar de la misma escenografía. Son los figurantes los que crean el ambiente y dan sentido cotidiano al milagro de la representación teatral. Los figurantes construyen el contexto de ese universo ficticio, eikonikós, en el que se desarrolla el drama, y sin ellos, el sentido de la obra se entendería peor. Lubrifican la acción, incluso la ponen en movimiento, y otorgan la realidad y la verosimilitud a la propia ficción. Son la mejor guía de los actores, sus niñeras dramáticas y la estructura de su universo. Los grandes directores, que han visto en el rendimiento dinerario de la obra un asunto menos importante que el arte al que se consagran, solían contratar como figurantes a grandes actores consagrados del teatro que no tenían trabajo en ese momento, y aparecían en los ensayos desde el primer momento. No como ahora, que para abaratar costes se les coge el último día, incluso paisanos de la calle que el azar los ha llevado a las cercanías de los ensayos. De los figurantes de hoy nace el teatro actual, los mismo que del coro antiguo nacieron la tragedia y sus héroes, según Nietzsche. Todo lo que hay en escena es objeto del arte y es responsabilidad de un buen director. Con razón los griegos llaman al director “skênothétês”. Alfred Hitchcock, ante todo inteligencia artística y sensible, firmaba sus películas haciendo de figurante, lo que conllevaba el reconocimiento de lo que constituye los cimientos del teatro.
Si el teatro clásico nació del coro, con su corifeo, y sus portentosos stásima, el teatro moderno nace de los figurantes. En Hamlet, por ejemplo, Shakespeare indica que necesita como figurantes dos embajadores de Inglaterra, un cura, un caballero, un capitán, un guardia, un criado, dos marineros, dos sepultureros, cuatro cómicos, acompañamientos o séquitos de los grandes, damas, soldados y criados. En El Mercader de Venecia nos habla de senadores, oficiales del Tribunal de Justicia, carceleros, criados y ciudadanos. En El Rey Lear un médico, un bufón, un capitán a las órdenes de Edmundo, un oficial adicto a Cordelia, un heraldo, un anciano, un vasallo del conde Glocester, la servidumbre del duque de Cornouailles, caballeros del séquito del rey, oficiales, mensajeros y soldados. En Macbeth un niño, un doctor inglés, un doctor escocés – sería interesante el modo que tendría el director para diferenciar su nacionalidad -, un sargento, un viejo, un portero, una dama de lady Macbeh, nobles, guerreros, asesinos, criados, espías y varios fantasmas. En Las alegres comadres de Windsor cinco criados de Page y cinco criados de Ford. En Otelo un marinero, un nuncio, un pregonero, tres alguaciles, cinco músicos, cinco criados. En Cimbelino encontramos como figurantes dos carceleros, un capitán romano, dos capitanes bretones, señores, damas, senadores romanos, tribunos, cuatro apariciones, un adivino, un francés, un holandés, un español, cinco músicos, oficiales, soldados y mensajeros. En Romeo y Julieta un boticario, tres músicos, dos pajes de París, un oficial, ciudadanos de Verona, alguaciles, guardias, enmascarados y un coro. En Sueño de una noche de verano encontramos a otras hadas del séquito de su rey y su reina, y los séquitos de Teseo e Hipólita. En Coriolano, senadores romanos, senadores volskos, patricios, ediles, lictores, soldados, ciudadanos, mensajeros, esclavos de Aufidio y demás séquito, etc, etc, etc. Lo mismo podríamos decir de nuestro gran teatro del Siglo de Oro, en el que se precisa un ejército de participantes tan grande como en la ópera, la hermana mayor del teatro. El acompañamiento que exigen las grandes obras de Calderón, Lope de Vega, Agustín Moreto o José de Valdivielso era muy importante en número, y si esa comparsa de figurantes hoy no la vemos sólo se debe a la plusvalía que exige el negocio del teatro. No obstante, a veces, muy pocas, algún gran Director se atreve con el pilotaje de un gran número de actores y figurantes. Tal fue el caso de la representación en el Teatro Español, de Madrid, la noche del 27 de abril de 1965, de El zapato de raso, de Paul Claudel, con dirección de José Luis Alonso. La obra exigió 48 actores y más de 150 figurantes entre oficiales, guardias, soldados, señores de la Corte de España, servidores, marineros, religiosos y soldados árabes. Los decorados y los figurines los llevó a cabo Francisco Nieva. Pero hoy el sentido del negocio de espectáculos hace casi imposibles estas proezas teatrales.
Los figurantes constituyen el proyector de donde emergen los distintos personajes encarnados por sus respectivos actores. Ese proyector constituye también la línea que separa al espectador-pueblo del invento dramático. La edición teubneriana de las comedias plautinas, después de la relación de los personajes que aparecen en la página inicial de “Dramatis Personae”, elemento exterior a la obra que aparece en la Baja Edad Media, añaden como último personaje la “caterva”, grupo de personas con funciones variegadas que incluía a todo el mundo de la compañía que hacía posible el montaje y, sin duda, en tal denominación también entraban los figurantes o comparsa muda que nos representan al pueblo, a los espectadores, y también a soldados, acompañamientos de otros personajes, que son parlantes, etc. La vida libérrima de los actores, al margen de “la gente de orden”, llevó con el tiempo a dar a la palabra “caterva” el significado de “multitud de personas consideradas en grupo, pero sin concierto, o de poco valor e importancia” (RAE), y con un claro valor connotativo peyorativo, tanto a nivel social como moral. El concepto de “figurante” pasó también al léxico militar con el sentido de “el individuo de tropa, diestro en el manejo del arma, que se pone como modelo, ante un pelotón de reclutas, e incluso un regimiento, para que éstos copien y uniformen los movimientos y tiempos reglamentarios” ( vid. Diccionario Militar, de Almirante ).
Fijémonos, en fin, en los figurantes cada vez que vayamos al teatro. La calidad de su interpretación nos dirá el amor con que ha trabajado en la obra el Director. ¡Vivan siempre los figurantes, padres de la acción dramática!