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LETRAS, CEROS Y UNOS

Sin habitación propia

viernes 06 de febrero de 2026, 21:00h

Virginia Woolf escribió Una habitación propia en 1929 para hablar de dinero, tiempo y espacio; es decir, de poder. Simone de Beauvoir dio un paso más incómodo sobre esta base: no basta con nombrar nuestros derechos, hay que mirar las condiciones materiales que los hacen posible. No hay libertad, ni escritura, ni pensamiento, ni posibilidad de desarrollarnos como personas sin una base económica mínima. La habitación propia no era una metáfora desfasada sobre el poder escribir a puerta cerrada, sino que, para mí, es un mínimo exigible para poder ser personas.

Un siglo después de Woolf, aquella habitación ha mutado en jerga inmobiliaria: “estudio luminoso”, “loft con encanto”, “vivienda singular”. Se alquilan colominas de inspiración coreana en lugares con gentilicios que ya nos cuentan sobre su humedad o lo sombrío de la zona a precios de mansión en Beverly Hills. De Beauvoir hablaba de la imposibilidad de construirse como sujeto sin independencia material. Hoy el problema es algo holístico para nuestros jóvenes. Sin independencia ni material. Cuando existe el espacio, es temporal, compartido o hipotecado hasta una edad en la que ya no se vive, se sobrevive. Es un no-lugar.

He entendido la dimensión real del problema no mediante la lectura, sino escuchando a alguien cercano que me abierto los ojos. Alguien que me ha hecho ver que el auténtico conflicto de nuestro tiempo no es el timo retórico de las ZBE mal explicadas, ni las promesas cantinfleras de un alcalde que anuncia funiculares y megarrotondas que congestionan aún más el tráfico, sino algo mucho más brutal y menos discutible: el precio desorbitado de la vivienda. Todo lo demás es debate, esto es estructura y padecimiento para quien tiene que andar buscándose un lugar habitable por un precio justo.

Los escritores siempre han tenido una relación fetichista con sus casas. La natal de Lorca en Fuentevaqueros que supura música y sol, ¿cómo no iba a ser Federico poeta?, la de Saramago en Tías, una casa hecha de libros en un paraíso donde, a veces, sueño con poder volver para quedarme. Hasta la caseta de jardín de Dahl donde escribía con las manos heladas era hogar. Visitamos esas viviendas como si conservaran partículas de genio en suspensión, pero olvidamos que esas casas fueron posibles en un ecosistema económico que ya no existe. Las futuras casas-museos son airbnbs y carboneras sin cédulas de habitabilidad con el baño fuera, una cama y un escritorio de la época del PREU a mil y pico euros al mes de alquiler.

Hoy en día trabajamos con inteligencias artificiales capaces de diagnosticar enfermedades, resumir bibliotecas y simular pensamiento humano desde edificios del siglo XIX, sin ascensor, con calderas de carbón y cableado que parece instalado por Mateo Morral en persona. Es un anacronismo patético: tecnología de vanguardia sostenida por una arquitectura pensada para lámparas de gas. Vivimos en una distopía, pero es amable porque el Wi-Fi funciona y podemos seguir dándole al scroll desde el café de moda.

La vivienda es hoy el gran problema transversal y social. Cuando el alquiler devora medio sueldo, la imaginación se vuelve defensa. Se escribe menos, se arriesga menos, se piensa a corto plazo. La precariedad no produce genios, sino ansiedad. Y la ansiedad, salvo excepciones románticas muy mitificadas, no es fértil.

Uclés ha dicho que tenemos derecho a vivir en el centro de las ciudades. Tiene razón y no la tiene. La tiene porque los centros expulsan a quienes les dan sentido y los convierten en decorados turísticos. Pero no la tiene porque el centro, tal como está diseñado hoy, es ya una trampa simbólica. Un lugar caro, congestionado, invivible. Defender ese derecho sin cuestionar el modelo urbano es pedir una habitación propia dentro de un hotel cápsula.

¿Qué hacer, entonces? Pensar soluciones que no sean nostalgia. Regulación real del alquiler, vivienda pública que no sea un render electoral, fomentar el alquiler con legislación no partidista pero sí política. Pero también repensar el vínculo entre tecnología y territorio. Si podemos trabajar a distancia, ¿por qué seguimos concentrando la vida? Si la tecnología descentraliza el trabajo, ¿por qué no descentraliza la vivienda? Quizá la habitación propia del siglo XXI no esté en el centro histórico, sino en una periferia digna, conectada, habitable. Con tiempo. Con silencio. Con acceso a servicios.

De Beauvoir nos enseñó que la libertad necesita condiciones materiales. Woolf, que necesita un espacio. Hoy habría que añadir una tercera exigencia: estabilidad. Sin ella no hay literatura, ni pensamiento crítico, ni ciudadanía. Seguiremos hablando de inteligencia artificial, de futuros digitales y de ciudades inteligentes, pero mientras tanto seguimos buscando piso como quien busca inspiración: tarde, mal y caro. Seguimos siendo dependientes de don Piso y don Dinero.

Y, permítanme reflexionar, quizá el verdadero problema no sea no tener una habitación propia, sino haber aceptado que eso, simplemente vivir de forma digna, se ha convertido en un privilegio.

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