En una entrevista reciente, su autor dijo que se alegraba de haber escrito y publicado este libro ahora, con dos de poemas y dos novelas sui generis a la espalda, pues no hubiera podido enfrentarse debidamente al tipo de escritura y dedicación que requería de haberse tratado de su primer libro en prosa. Hubiera marcado una carrera diferente, supeditada a este título; aplastado, quizá, por el peso de la moda de las autoficciones, sin dejar que la lectura tomara protagonismo por la valentía intrínseca del texto.
Este libro, Reliquia, traducido por Unai Velasco, no juega esa carta, pues hablando propiamente, se trata de unas memorias, desligándose del mundo fantasioso y poético y pasional con el que había encandilado al público nacional e internacional en sus títulos anteriores. Pol Guasch, deshaciéndose de estallidos visuales y máscaras literarias, encara la narración y recuperación de los años y los hechos en torno al suicidio de su padre, ocurrido cuando él tenía quince años y su padre rondaba los cuarenta. Un tema —la carta al padre, la muerte del padre, la súplica, la acusación, el grito de auxilio y el desvalimiento por una pérdida demasiado temprana y abrupta— que la literatura ha sabido reconducir como paliativo para el dolor, seguramente, insuperable. Lo han calificado de elegía fulgurante, pero el tono es más contenido de lo que parece y la hondura consigue revelarse sin temor a las preguntas que dificulten la reconstrucción de los acontecimientos. La memoria acaba siendo selectiva para asegurarnos una protección. Sea feliz o trágico lo que vivamos, nunca podremos hacernos cargo de ello, no con la diligencia que nos gustaría.
Guasch comprende a la perfección el coste de la memoria confrontada a la realidad que fue, al pasado que está viéndose traído de nuevo a la costa y sus pecios puestos a secarse. A la vez, la aparición cada pocas páginas de otros escritores muertos por su propia mano, con sus ejemplos particulares de solución al castigo que supusieron sus vidas; unos por amor, otros por desesperación, otros, ¿por gesto literario?
En Reliquia, el misterio y la mudez dejados por cada cual —Woolf, Cravan, Sexton, Tsvietáieva, Mishima, Roorda— ayudarán a quienes han conocido realmente esta faceta del duelo, este desafío con nuestra propia voluntad de elección, a pesar de carecer de oportunidades de arrepentimientos.
‘Han pasado diez años desde que te moriste y estás cansadamente muerto. Hemos intentado convertir la compasión en una herramienta para entender el pasado y la redención en una excusa para desear el futuro. El duelo es una manera insistente de negar el olvido que, inevitablemente, llega con el tiempo. Matarse, en cambio, debe de ser la mejor forma de asegurarse de que los vivos no te olvidarán fácilmente. Me ha costado enfadarme, porque enfadarme era también una manera de no dejarte ir y lo único que deseaba era olvidarte. Habría agradecido una nota. […] Que tú bendijeras la desmemoria. Es cierto, sin embargo, que hay veces que no hay frases finales para cerrar nada, para terminar, que a veces no hay palabras acertadas para huir’.
Un libro que reconoce el perfil de la sombra de quien se ha ido, al principio temida, pero la que queda está más apegada al mundo difícil en el que pueda seguir proyectándose, pese a dejar incompleta la duda, cada día más remota, de cualquier despedida.