Decía Jaime Gil de Biedma que hay dos momentos para la poesía: la juventud y la vejez. De un lado: la fulguración de la vida, es decir, el nacimiento del amor, la amistad, la poesía, el futuro que espera como página blanca y la muerte como un tema literario. De otro: la vejez, la decadencia, la vuelta al pasado ante un futuro inexistente y lo más importante: la muerte. Ya no como tema literario, sino como una certeza, una absoluta realidad. El único argumento de la obra, que diría también Gil de Biedma.
Son muchos los poetas a los que admiro que escriben ahora desde el llamado arrabal de senectud. Hablo, claro, de los poetas que andan entre los 70 y los 80 años, aquellos escritores pertenecientes a la generación de los novísimos —estuviesen o no en la antología de Castellet— como Luis Antonio de Villena o Luis Alberto de Cuenca. Y también aquellos poetas, coetáneos a estos últimos, que optaron desde el principio por una poesía más clara, más directa, una poesía en la que cabía todo el mundo: Francisco Bejarano, Javier Salvago, Eloy Sánchez Rosillo o Miguel d'Ors.
Son muchos los libros que, de alguna manera, están arrojando luz sobre la vejez. Lo estamos viendo en los dos últimos poemarios de Luis Alberto de Cuenca: El secreto del Mago (Visor, 2023) o Ala de cisne (Visor, 2025). Dos libros donde el maestro de la línea clara vira desde el ateísmo, que sobrevolaba su anterior obra, hacia la creencia en la fe religiosa. Frente a la constante destrucción que provoca el paso del tiempo, como esa Nada de La Historia interminable que lo va devorando poco a poco todo, el asidero de la fe. Justo lo contrario a lo que vemos en los últimos libros de Javier Salvago, un autor que con el paso del tiempo se ha ido acioranando cada vez más: una poesía que se ha vuelto más nihilista, más amarga, como demuestran los títulos: Nada importa nada (La Isla de Siltolá, 2011), o Una mala vida la tiene cualquiera (La Isla de Siltolá, 2014). Su último libro verá pronto la luz en edición exenta: La vejez del poeta, un título que podía leerse parcialmente en la última edición de la poesía completa del autor y que recala en el tema de la vejez, como denota el propio título.
También en los dos últimos libros de Francisco Bejarano vemos este tema, y si no como tema, sí como cosmovisión. Y esto es inevitable: el tema de la vejez está ya sea como presencia o como ausencia. Lo podemos ver en los últimos libros de este poeta jerezano. La presencia, en Contra el júbilo (Renacimiento, 2024). La ausencia, en Muchachos (Pre-Textos, 2025), un libro en el que el poeta recuerda a los amores de su vida como hiciera aquel Kavafis que se decía a sí mismo: "Recuerda, cuerpo...". Un libro que habla del pasado, que invoca la luz de la memoria para deshacer las sombras que en el presente cubren al poeta.
Pero de entre todos estos libros quiero destacar dos. Primero porque me parecen dos libros excelentes y segundo porque ambos hablan de la vejez, confluyendo —como es natural— en muchas cuestiones, pero alejándose en muchas otras. Hablo de Miserable Vejez (Visor, 2024), el último poemario de Luis Antonio de Villena, y de otro que acaba de publicarse, de Miguel d'Ors, titulado Tiempo de descuento (Pre-Textos, 2025). Ya en los títulos vemos dos posicionamientos: de un lado, con ese adjetivo tan tremendo, percibimos la biliosa repulsa del poeta hacia el momento actual; y, por otro lado, tenemos "Tiempo de descuento", un título que rezuma humor, algo propio de la poética del autor, donde además emplea algo clave en toda su obra: la metáfora cotidiana, en este caso relativa al fútbol, algo que le sirve a d'Ors para renovar los temas de siempre dándole una pátina de actualidad. Igual que hizo con aquella metáfora de los tubos de Colgate para hablar del tiempo, rápido e inexorable. O, volviendo al fútbol, como cuando convirtió la jubilación de Butragueño en una actualización del viejo tópico del tempus fugit: "Lo dijeron Horacio y el Barroco / cada día que pasa/ nos va acercando un poco / más al negro cuchillo de la parca. /¿Qué es la vida sino un breve sueño?// Hoy lo repite, a su manera, el Marca: / en julio se retira Butragueño".
Leemos Miserable Vejez de Villena y no hay un espacio para el humor. La vejez es exclusivamente una tragedia que solo puede mirarse con espanto. Especialmente cuando es el espejo el que revela toda esa destrucción: "No te gusta, pero te contemplas cada día. Manchas / en la piel (tuve dos pequeños carcinomas) léntigos, pecas, / ralo el cuerpo cabelludo, aunque resista, y esas bolsas / bajo los ojos, que no son ya cansancio, sino piedra de tiempo".
Y la mirada se posa en la vejez de los otros, en esos ancianos que para el autor son figuras que llevan con dignidad la vejez, como en “La marquesa” o "Anciano nadador en el trópico": “[...] Admiré a ese anciano en el filo de todo, / con estilo. Sabía que era el final e intentaba un derrumbe digno”.
Y, por supuesto, como poeta culturalista que siempre fue, también dirige la mirada sobre la cultura, sobre aquellos personajes con los que el autor siente una especial sintonía como Proust, Lezama Lima o Leonardo da Vinci. De este último incluye un monólogo dramático titulado "Leonardo da Vinci palpa la ancianidad (Autorretrato, 1519)", donde el poeta adopta la voz de Leonardo da Vinci de modo similar a como hizo Luis Cernuda con el pintor Tiziano. Ambos buscaban a un artista anciano; en el caso de Cernuda, Tiziano se demoraba en la belleza del cuadro que pintaba, como anhelo de lo imposible; mientras que el Da Vinci de Villena, si bien desea como el Tiziano de Cernuda la belleza, se detiene sobre todo en describir el autorretrato que acaba de pintar: el autorretrato de un hombre anciano, como hizo Villena consigo mismo en el poema anterior y como hace a lo largo de todo este poemario: "Me retrato en sanguina, sin amor, / para decirme que los ciervos abandonan / mi senda, ya en la ciénaga pantanosa".
Pero es en vano. No hay consuelo posible en nada de esto; solo una empatía, un compadecer el dolor compartido de la vejez y sus achaques, o una mera catarsis cuando el poeta se revuelca en el dolor y la pérdida a la que la tercera edad aboca. Lo único que permite soportar a la voz poética el asedio del tiempo, es sujetarse en la belleza, como siempre demostró Villena en toda su poesía. La belleza como clímax de la vida, como razón por la que mantenerse vivo. Ahora, la belleza se convierte en la muleta del viejo, que le permite caminar, aunque torpemente, por el desierto de la vejez, por ese arrabal de senectud: "Yo soy un viejo rebelde –hasta que pueda– y cultivo / a compañeros jóvenes y seductores, sí, para no darme cuenta/ de que la escarcha molesta y camino siempre cuesta arriba". No en vano, acaba el libro con "Coincidencia de opuestos", en el que la voz poética muestra esa misma ética de vida en el final a través del ejemplo de un chico joven y un anciano: "Al rato salen juntos, y la vejez se apoya en la columna/ de una edad y una constitución bellas, benévolas, benignas. / [...] La umbría vejez se asienta en la juventud poderosa. / Lo triste es menos triste. Polos opuestos erigen armonía". La belleza como muleta de una vida en retirada, de un mundo que se resquebraja poco a poco. Miserable vejez.
En el caso de Miguel d'Ors el acercamiento poético a la vejez es muy distinto, si bien hay puntos coincidentes. De entrada, como en el título, es posible el humor. Lo vemos en diversos poemas como "Mein Kampft": "Una ranchera en la ducha / y ya, con el Colacao / y la fruta consabida, // estoy de nuevo en la lucha, / decidido a dejar KO / a la puñetera vida."
Y sobre todo lo vemos en "Ante su 77 cumpleaños" donde se permite el uso del humor negro para hablar de aquellos que le dicen que se conserva muy bien para la edad que tiene: "Me consuela muchísimo, / como se puede imaginar, saber / que tumbado en mi caja seré un cadáver, pero, / gracias a haber tenido una muerte tan sana, / no lo aparentaré".
Y de nuevo, como hemos visto en poemas anteriores, solo que ya sin la oportunidad de enmendar nada, la seguridad de haber defraudado al niño que fue. Lo hace con el soneto "¿Esto fue todo?": "Vuelvo la vista atrás y allí está aquel / chiquillo que, mirando hacia el futuro, / sueña posibles vidas para el // que irá siendo de joven, de maduro / y aun de abuelo tal vez. Pero seguro / que no sueña con ser este miguel".
Una melancolía, una tristeza siempre contenidas, como vemos también en "Afeitándome", donde el poeta se mira en el espejo, como Villena, y nos cuenta lo que ve. Frente a la descripción minuciosa y desesperada de Villena, la de d'Ors se limita a lo justo y necesario para llegar a una verdad más allá de la descripción de la vejez: “Una mañana más… No / puedo creer que sea yo / este señor gris y viejo / que aparece en el espejo / mirándome. La verdad / verdadera es que mi edad, / como otra vez escribí, / va por delante de mí / y que yo le sigo el paso / con décadas de retraso. / Qué raro sentir que voy / tan por detrás del que soy. / Qué raro, ya ante el abismo, / ser más joven que uno mismo”.
No hay desesperación en el poemario de d'Ors. Hay una asunción de lo inevitable: de la vejez y de la muerte. Incluso, lo hemos visto, se permite el humor, cosa que en Villena es inexistente. ¿La razón? Más allá del talante y la personalidad de cada autor, la clave fundamental en este sentido es Dios. Villena es un poeta ateo, a lo largo de su obra lo único verdaderamente sagrado es la belleza; mientras que para d'Ors lo sagrado es Dios y no ningún sustituto o subterfugio. Y eso marca la diferencia a la hora de abordar ese estadio de la vida que linda con la muerte: "No sé cómo será. Quizás allí / no encontraré de nuevo / los momentos, las cosas, los lugares / que alguna vez me hicieron / feliz; pero aunque fuese así la Fe me dice / que ignoraré su ausencia [...]
Dos formas diferentes —muy diferentes— de hablar y retratar lo mismo: la vejez, la parada anterior a la Última parada. Dos poemarios que se complementan y que sirven como ejemplo de que, desde ese arrabal de senectud, paradójicamente, puede escribirse una poesía vigorosa, fuerte, emocionante… Una poesía que, en suma, goza de muy buena salud.