Celebramos este año el V centenario de la toma de posesión de su cátedra del dominico Francisco de Vitoria y, por lo tanto, del momento fundacional de la Escuela de Salamanca. Es conocido que este fue el fundador del Derecho de Gentes (Derecho Internacional) y la Escuela salmantina la que dirimió las grandes cuestiones antropológico-morales relativas a los nuevos territorios de América y los derechos de sus habitantes.
Fue el propio emperador Carlos V quien lo solicitó, en un acto de responsabilidad ética indicó en los imperios antes y después de él. La Controversia de Valladolid, antes las Leyes de Burgos y las Nuevas Leyes de Indias formaron un corpus jurídico-moral de primer orden para abordar la presencia española en el Nuevo Mundo. Como dijo el historiador García de Cortázar, la Escuela de Salamanca fue la institución cultural más importante de la historia de las civilizaciones: y en ello no creo que exagerara.
Por lo tanto, no es objetivo pensar que en la política internacional no tuviera importancia el factor ético: aparte de este gran ejemplo en España tuvimos también las disputas antimaquiavélicas y personalidades destacadas como Saavedra Fajardo, gran diplomático y moralidad de la escena política con sus célebres emblemas: Idea de un príncipe político-cristiano en cien Empresas (1642). Probablemente, un gran tratado contra la mentalidad de Maquiavelo o al menos a la contra de las lecturas clínicas que de él se hicieron. En la España de los Siglos de Oro, la época imperial por excelencia, no faltaron reflexiones filosófico morales respecto a cómo abordar el concierto entre naciones desde la preeminencia de la Corona española.
Saltando en el tiempo hasta casi nuestros días, Joseph Nye, ex decano de la Harvard Kennedy School of Government y teórico de las relaciones internacionales (aparte de responsable de la Inteligencia de EEUU durante dos años y subsecretario de Defensa otros dos) es otro ejemplo de la imprescindible presencia de la ética en la política exterior y en las decisiones sobre la presencia del imperio, el americano en este caso, en el mundo. En 2020 escribió un ensayo titulado: ¿Importa la moral? Presidentes y Política Exterior de FDR (Roosvelt) a Trump.
Se trata de un interesante ensayo que estudia las presidencias USA desde 1945 hasta la fecha de publicación. Y efectivamente, muestra a las claras cómo la ética ha estado muy presente y ha sido hasta decisiva en muchas acciones presidenciales. Apuesta por una combinación de realismo, con moral (legitimadora y generadora de liderazgos creíbles) y poder blando (expresión que él mismo acuñó e implica atraer y persuadir más que utilizar la coerción). Falleció hace un año este gran teórico norteamericano que se resistía al realismo puro y apostó por un nuevo liberalismo internacionalista basado en procesos racionales, generación de confianza e instituciones sólidas.
Con la Administración Trump del segundo mandato nos hemos encontrado con un cambio de paradigma en la política exterior de EEUU. El Secretario de Guerra P. Hegseth lo ha denominado realismo flexible, pero realismo al fin y al cabo: la paz por la fuerza como él mismo expresó en la Reagan Conference de diciembre. Se ha vuelto a una dinámica de reparto de zonas de influencia y al equilibrio de poder multipolar entre potencias hegemónicas (USA, China, Rusia, etc.) además de una estrategia militar de disuasión -a la que además se ha sumado la UE con un presupuesto de 800.000 millones de euros-. Una nueva carrera armamentística sólo que está vez parece casi un todos contra todos (véase el desgraciado episodio de Groenlandia). Con un agravante, que el Tratado New Start o Star III de control de armas nucleares ruso-americano ha caducado y no se ha renovado de momento.
Ante este ciertamente sombrío panorama parece difícil invocar un regreso a la ética, configuradora al fin y al cabo del Derecho Internacional, y al multilateralismo. No sólo las instituciones democráticas se han debilitado sino también los organismos internacionales, es un hecho objetivo innegable. Sin embargo, no podemos olvidar la Historia y el horror del siglo XX. La Sociedad de Naciones, la Doctrina Wilson y pactos como el de Briand-Kellog (1924) para la solución pacífica de conflictos, fueron fruto de la conciencia de la inhumanidad de la Gran Guerra. Lo mismo ocurrió con la Carta de S. Francisco (ONU), el sistema financiero de Bretton-Woods y la Declaración de Derechos Humanos (1948): fueron una reacción para no repetir otra guerra como la más aún devastadora II Guerra Mundial. ¿Es que la distancia temporal hace olvidar el horror de guerras totales y más hoy con el armamento nuclear disponible?
Yo apuesto por un “idealismo sin ilusiones” como término medio entre el realismo y el idealismo utópico a diferencia de la óptica actual USA de otro término medio: el “realismo flexible” ya citado. Obviamente, quien dicta las reglas de juego es quien manda pero en este caso es una opción entre otras que se han dado en el mismo país y es de suponer que debido a la nueva situación geopolítica mundial. Volvemos a una especie de nueva Guerra Fría pero con más actores: de hecho, es la doctrina de seguridad norteamericana respecto a China, disuasión pero no enfrentamiento directo.
A mi modo de ver, desgraciadamente, hay dos opciones. O una nueva catástrofe bélica y un gran reseteo comenzando de nuevo de cero tal como ocurrió en las dos grandes guerras del pasado siglo o reformar las instituciones a fondo, generar mayor confianza y regresar a la racionalidad en materia de política internacional, tal como ya expuse que planteaba Nye. Tal como ha planteado el Primer Ministro canadiense recientemente en Davos, en un importante discurso, hay que rescatar un realismo con valores o un ideorrealismo. Lo dijo en nombre de una potencia media, como también es España, y convocando a un papel mediador o regulador de este tipo de países en la confrontación de los hegemones por áreas de influencia y de liderazgo militar.
El panorama es incierto pero es “renovarse o morir” respecto a las instituciones internacionales y el papel activo de las potencias medias de cara a sostener el entramado de organismos institucionales: yendo más allá de la propia soberanía y del mero interés nacional. Las cosas no son blancas o negras en el panorama mundial y junto a oscuras sombras puede haber luces esperanzadoras. Regresando al pensamiento internacionalista de J. Nye, cada dirigente debe responder a la responsabilidad del mandato otorgado por la soberanía popular pero también ha de tener conciencia de la obligación moral respecto a la comunidad política mundial. Que haya quien se desentienda no quiere decir que todos lo hagan ni que no haya quien apueste por ello. Del músculo y la voluntad de los políticos y países que aún creen en valores depende regular y frenar las ambiciones de poder desmedidas de las grandes potencias y contrarrestar su tendencia al enfrentamiento latente o explícito en su carrera por el dominio mundial.