La gran obsesión (y ocupación) de Pedro Sánchez sigue siendo destruir al PP, nunca llegar a acuerdos con el partido de Núñez Feijóo. Pacta eso sí, con los herederos de ETA, con los que intentaron dar un golpe de Estado en Cataluña, como Junts, la derecha tradicional y burguesa catalana y con los comunistas de pacotilla de Sumar. Pero no tiene sentido pretender que el PSOE se abstenga en la sesión de investidura de Guardiola o, en su caso, de Azcón para evitar que Vox entre en los nuevos Gobiernos. Pues ni el PP pretende acercarse a los socialistas colocados por Moncloa en las autonomías. Ni el PSOE facilitaría nunca un gobierno de los populares.
Los nostálgicos del centrismo deben asumir que los tiempos han cambiado. Que ahora resulta imposible un pacto de entre el PP y el PSOE, al menos mientras Pedro Sánchez sea el líder socialista. Además, ninguno de los dos partidos tiene el menor interés. Hasta la presidenta de Extremadura prefiere jugársela y presentarse a la sesión de investidura en solitario, sin haber llegado a ningún acuerdo y, así, poner a Vox en evidencia, pues si vota en contra se verá obligada a convocar nuevas elecciones. En Aragón, en cambio, Azcón parece haber encauzado las conversaciones con los diputados de Abascal. Aunque tampoco debe fiarse. Pues los pactos no buscan la formación de gobiernos estables que contribuyan al bienestar de los ciudadanos. Sólo buscan el poder, el beneficio electoral de sus partidos.
Núñez Feijóo debe espabilar y asumir que para llegar a La Moncloa debe contar con Vox. No debe tener complejos; tampoco imitar los exabruptos de Abascal. Pero tiene que marcar unas líneas rojas nítidas, en especial, sobre la política migratoria. Le bastaría con defender con convicción las medidas aprobadas por la Unión Europea que prohíben la “regularización generalizada”, esas medidas que Pedro Sánchez acaba de incumplir con el anuncio de la nacionalización de medio millón de irregulares.
Pero el PP no debería ni acercarse al PSOE. Es un peligro. Saldría trasquilado y engañado. Hoy, el centro es una quimera. Y, hoy, es imposible un pacto entre los dos grandes partidos.