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TRIBUNA

Ánibal Trump

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 13 de febrero de 2026, 19:05h

Durante gran parte del siglo II a. C. el Mediterráneo estaba dominado por tres grandes potencias, Roma y sus Escipiones, la Macedonia de Filipo, y el Asia seléucida del gran Antíoco IV Epifanes, restos estos dos últimos del gigantesco imperio de Alejandro. Por lo que respecta a Grecia se encontraba como una Europa en pequeño, dividida en múltiples reinos y repúblicas, que, además de estar casi siempre enfrentados entre sí, tenía cada pólis un sentido de la lealtad muy coyuntural y oportunista, en función de cómo movían sus piezas los tres hegemones mencionados, que hoy podríamos parangonar con Roma, China y Rusia. En la corte de Antíoco, sin duda el rey más helenista, estaba refugiado Aníbal, quien manteniendo su odio vitalicio y cerval a Roma, asesoraba a Antíoco con la mayor inteligencia “geoestratégica”, y perdón por el palabro aberrante, a favor de los intereses del mundo seléucida, que significaba básicamente limitar las ansias expansionistas de Roma. Aníbal entonces, respecto a Grecia, como Trump hoy, en relación con Europa, estaba convencido de que a Antíoco, más fuerte que Filipo, pero más débil que Roma, le interesaba dar de lado por completo a aquel bote de grillos engañoso que era Grecia entonces/Europa hoy, y pactar inmediatamente con Macedonia, por mal que le cayese su arrogante Rey, a fin de frenar al mayor enemigo, que era Roma.

“Pienso que es preciso hacer una alianza militar con Filipo y los macedonios a cualquier precio. Pues en lo concerniente a los eubeos, beocios, tesalios, etolios, etc, ¿quién pone en duda que al no tener suficientes fuerzas propias siempre adularán a los grandes que estén más cerca, y para obtener siempre el perdón de todos utilizarán siempre ese mismo temor para justificar su deslealtad y su indecisión? ¿No debemos considerar culpables a los que juegan con una indecisión calculada cuando encima han sido protegidos por nosotros? ¿No es mucho más urgente y más importante que se una a nosotros Filipo y no ellos? ¿Y qué razones tengo para confiar en la posibilidad de que Filipo se una a nosotros? La comunidad de intereses, que es el vínculo más sólido de una alianza” ( versión mía de parte del capítulo 7 del Libro XXXVI del Ab urbe condita, de Tito Livio ). Esto es, utilitas communis, quae maximum societatis vinculum est.

No es que Aníbal y Trump desprecien moralmente a los pequeños. Para nada. Sólo que los entienden y conocen muy bien cuáles son los principios por los que se deben regir. Aníbal los aprendió en propia cabeza con los reinos iberos y las tribus celtas en España y las de la Galia. Trump durante su primera presidencia en el gallinero europeo, que entraba en su órbita más por protección que por interés ideológico. La política de las alianzas entre pequeños se fundamenta en reglas distintas a las de los hegemones, y aquellas se mueven y actualizan en función de éstas; son reglas subordinadas, tristemente lacayunas. Del mismo modo, el cinismo más descarnado preside los valores morales de los grandes; no se trata nunca de que quieran conquistar y anexionarse un territorio, sino de defender la libertad del territorio conquistado: “tuendae et stabiliendae libertatis causa”, nunca mejor dicho por el gran Livio ( XXXI, 9 ).

Sin embargo, amartelado con su joven y plebeya esposa de Calcis, que le recordaba a la Afrodita Sosandra del gran Calamis, que tomó como modelo a su propia amante, la bellísima Elpinice, la hermana del gran estadista Cimón, y que también era amante y modelo de Polignoto, el Miguel Ángel de la Grecia Clásica, el gran Antíoco se distrajo y se olvidó de los consejos del genial cartaginés, y cuando reconoció que se había totalmente equivocado al pactar con los griegos, ya era demasiado tarde. Paradójicamente, Roma fue la única potencia que siguió la doctrina de Aníbal al pactar coyunturalmente con el hegemón Filipo.

Por otro lado, cuando a costa del rey Antíoco el macedonio Filipo se anexionaba con ayuda de Roma las ciudades de las ligas aliadas de los seléucidas, Tito Quincio, el principal asesor del brillante cónsul Manio Acilio, le dijo a éste: “Lo que nos interesa no es tanto que se debilite el poder y la fuerza de los griegos aliados de Antíoco, sino que Filipo no crezca de forma desmedida”. El hegemón aliado de otro hegemón frente a otro no permitirá nunca que la guerra beneficie más al aliado puntual que a uno mismo. Y si eso ocurriera el viejo aliado se convertirá en enemigo. Y ése podría ser el principal interés que tiene Trump en relación con Europa: permitir que Putin, porque le ha permitido a él que sea amo de América toda, desde Alert, en Nunavut, hasta la argentina Tierra del Fuego, se quede con todo el territorio ucraniano conquistado, que ayer era precisamente Rusia, pero impedir mediante constante ayuda militar a la Europa de la UE – una liga de naciones tan desavenidas y celosas como aquellas ligas aqueas, etolias, etc. – que Rusia crezca un palmo más de tierra al oeste del Dniéper. Europa como permanente mosca cojonera de Rusia, cortafuegos forestal y línea de defensa frente al gran oso.

La mayor parte de los asesores de Antíoco le alimentaban la seguridad, bien por error o por adularlo, de que los romanos no pasarían a Asia. Únicamente Aníbal, cuyo ascendiente ante el rey era enorme, afirmaba estar más sorprendido de que los romanos no estuvieran ya en Asia que dudoso acerca de que fueran a venir; era más corta la travesía desde Grecia a Asia que desde Italia a Grecia, y Antíoco era una razón mucho más importante que los obstinados etolios en sus ansias de libertad – que podría ser hoy la España de Sánchez en el marco de una Europa/Grecia resignadamente complaciente con la patria de los Escipiones -. Efectivamente el almirante romano Gayo Livio se presentaría pronto con su flota ante Focea, derrotando a la flota de Polixénidas, el gran almirante seléucida.

Finalmente, todo hegemón expansionista acaba siendo contradictorio con su democracia interna, en el caso de que la tenga. Lo vemos en la Guerra del Peloponeso, narrada e interpretada por Tucídides ( Gobierno de los Cuatrocientos ), lo vemos en las estructuras democráticas básicas romanas, los distintos comitia que separaban los poderes del Estado y otras instituciones políticas que se hicieron incompatibles con la conquista y el Imperio. ¿Y el desmantelamiento de las instituciones sociales y políticas que el trumpismo hoy acomete, como son aquellas referidas a la educación y la cultura, se lleva a cabo para asegurar la coherencia ideológica del Imperio? Yo espero que no, y que los EEUU sigan siendo el “arsenal de la democracia”, tal como lo bautizó Franklin Delano Roosevelt. He creído siempre en el compromiso con la libertad que tiene el espíritu de América.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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