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TRIBUNA

¿Cómo explicar a nuestros hijos que les hemos permitido hacer algo que hoy es ilegal?

Lucía Torres Jiménez
viernes 13 de febrero de 2026, 19:19h



Durante años permitimos algo convencidos de que no hacía daño. Hoy sabemos que sí. Y ahora, además, es ilegal.

La pregunta incómoda no es solo qué hacemos a partir de ahora, sino cómo se lo explicamos a nuestros hijos sin perder autoridad, sin caer en la incoherencia y sin renunciar a nuestra responsabilidad como adultos.

La respuesta empieza por asumir una verdad sencilla: reconocer un error no debilita la autoridad; la fortalece. Durante un tiempo se pensó que esto no tendría consecuencias graves. Nos equivocamos. Los adultos también nos equivocamos. Permitimos algo sin valorar bien sus efectos a medio y largo plazo, y ahora sabemos más. Cambiar de criterio no es arbitrariedad; es aprendizaje.

Puede que a ti, hijo, no te esté haciendo daño ahora mismo. Pero a muchos otros sí. Y las normas de salud no se diseñan para el caso particular, sino para proteger al conjunto. En medicina no decidimos la prevención caso a caso. No prescribimos algo porque “a veces va bien”, sino porque los beneficios superan claramente los riesgos. Y cuando eso deja de ser así, se retira.

Hubo un tiempo en el que a los niños se les daba aspirina. La mayoría no tenía ningún problema. Pero algunos desarrollaban una complicación grave y potencialmente mortal. Hoy nadie se plantea dársela a un menor. No porque la aspirina sea siempre peligrosa, sino porque el riesgo dejó de compensar el beneficio. Con las redes sociales estamos exactamente en ese punto del aprendizaje.

Es probable que nuestros hijos no estén de acuerdo. Y eso también forma parte del proceso educativo. Educar no es lograr a toda costa consenso; es también enseñar a cumplir normas incluso cuando no gustan. Una norma no necesita ser comprendida para ser cumplida. No hace falta que les parezca bien ni que estén contentos con la medida. Solo se les pide que la cumplan.

Dialogar no es negociar, y mucho menos renunciar a nuestra obligación de proteger. Escuchamos, explicamos, acompañamos… pero no delegamos decisiones que afectan a su salud.

Eso no significa ignorar su malestar. Al contrario: escuchar la queja es imprescindible. Y, una vez impuesta la norma, toca ayudarles a descubrir qué se gana con ella: menos presión estética, más espacio para construir una identidad real, recuperar horas de sueño, volver a aburrirse, pensar, crear. Quitar algo no es dejar un vacío; es crear un espacio.

En el fondo, todo esto va de aplicar a la salud digital el mismo principio que aplicamos a la salud física. Con los menores hemos hecho un experimento que nunca aceptaríamos con un medicamento. Hemos expuesto a una generación entera a una tecnología sin precedentes, sin estudios suficientes, sin límites claros y sin redes de protección eficaces.

Hoy sabemos por qué es imprescindible crear un entorno digital seguro para los menores: no es que sean adictos a las relaciones sociales. Son adictos a las recompensas intermitentes y a la personalización extrema del contenido.

El cerebro infantil y adolescente es impulsivo por biología, no por falta de educación. Presenta un sistema de recompensa hiperreactivo, un control inhibitorio inmaduro y una capacidad real limitada para autorregularse. Pedimos autocontrol a un cerebro que todavía no está preparado para ejercerlo.

Las redes sociales funcionan mediante gratificación intermitente, el mismo principio que utilizan las máquinas tragaperras, como explica la Dra. Salmerón, autora del plan digital familiar promovido por la Asociación Española de Pediatría. No saber cuándo llegará la recompensa es precisamente lo que más engancha. La dopamina —la molécula de la anticipación y la motivación— aumenta, el cerebro se vuelve más atento, más expectante, y la conducta se refuerza y se repite.

Además, el contenido no es neutro. Es altamente personalizado. Cada menor recibe exactamente aquello que más activa su sistema de recompensa. Que algo interese no significa que sea beneficioso. En adolescentes con trastornos de la conducta alimentaria, por ejemplo, los algoritmos refuerzan el malestar: cuanto más contenido relacionado con la enfermedad consumen, más de ese contenido reciben, cerrando un círculo peligroso.

El cerebro de un menor no está preparado para enfrentarse a este tipo de tecnología las 24 horas del día, los siete días de la semana. ¿Nos imaginaríamos a un ludópata con acceso ilimitado a una máquina tragaperras en su bolsillo?

A mayor tiempo de pantalla, menor tiempo de vida saludable. Y no es solo que dañe: aniquila la fuente de recursos personales del menor. Lo que no se trabaja durante los primeros 20 años de vida es muy difícil desarrollarlo después. Como en el Monopoly, las primeras vueltas determinan cómo acabará la partida.

Las consecuencias ya son visibles: dificultades de atención y concentración, peor comprensión lectora, baja tolerancia a la frustración, exposición a contenidos para los que no están preparados y que pueden resultar traumáticos, vínculos superficiales y una cultura narcisista basada en la validación constante.

Proteger a los menores es una responsabilidad colectiva. No damos un coche a un niño para que “aprenda” antes de los 18 años. Creamos un sistema para que, llegado el momento, pueda conducir con conocimientos previos y con garantías.

No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de recuperar la cordura. Y de aceptar, como adultos, que cambiar de opinión cuando sabemos más es un acto de responsabilidad.

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