Marina Sanmartín acaba de publicar una novela que es una declaración de amor a la literatura, especialmente a la novela negra, y a las librerías. Todos sus personajes son metaliterarios, todos salen de alguna otra novela o representación artística. El cine está dignamente representado, especialmente con El secreto de la pirámide, peli de la que se intuye mucho más en su título latinoamericano, traducido con mayor fidelidad: El joven Sherlock Holmes. Cañas y barro de Blasco Ibáñez y esta película parecen dirigir la trama, más que ninguna otra obra de las que se apuntan o solo se intuyen.
El título es largo y un poco tedioso, a mi entender, esa doble desaparición, que, aunque se completa con el nombre de la escritora Abril del Pino que en la novela es una de las escritoras del género más reconocidas en España, en cambio parece referirse –el título, digo– a otro de los personajes, quizá el de más presencia: Ágata Caballé. ¿Captan el parecido metaliterario?
Esta novela que nos describirá la belleza del trabajo de librera (la autora que firma el texto lo es), la «importancia de la literatura –y más si nos referimos a la criminal– como alternativa al mundo real», «en el que a veces la literatura no resulta suficiente», nos describirá el género –o subgénero– de ficción criminal, el cozy crime en que se clasifica esta novela, «que se basaba en edulcorar el asesinato, en descafeinarlo y convertirlo casi casi en un juego»; así se habían disparado, explica, las ventas de la popular escritora Abril del Pino. Una escritora que lo es «para contarme el mundo como no es». Y a sus lectores, claro.
Ella es el personaje que, en la novela, desaparece, y lo hace, como dice el título, por segunda vez. Porque, ¿quién sabe quién desapareció durante once días, en la vida real? «Solo dijo que no recordaba nada, y la creyeron.» Para leer esta novela y captar tanto guiño y referencia metaliteraria hay, como dice el inspector que lleva el caso de esta desaparición (la segunda), que tendría que haber leído mucha novela policiaca si lo hubiera sabido.
Aquí tenemos una novela que nos lleva a otras, con una sociedad literaria secreta, más bien una secta encarnación de la maldad, y sin embargo ningún crimen. Solo dos desapariciones que se resolverán como aquella enigmática que he citado al principio; como tantas cosas en esta novela, en que no dejan de aparecer personajes que se entrelazan y saltan relaciones antiguas que no llegan a explicarse, como reencuentros de los que no sabremos por qué el desencuentro...
Me ha costado introducirme en el texto, al principio todo es muy lento, las pistas tardan en aparecer, las descripciones son excesivamente adjetivadas; luego resulta divertida, ese lado amable del género en que se quiere englobar, y tampoco resuelve maldades sociales, solo plantea enigmas y traumas, especialmente bloqueos de infancia, o intentos de que el olvido los haga desaparecer. Sin embargo, hay poca resolución. El problema desaparece, mientras da la impresión de que esos personajes todos provenientes de diferentes novelas negras quieren contarnos más cosas.
No tengo bien claro si me he quedado con ganas de más, pero lo que sí parece es que los personajes querrían seguir explicándose, porque esta novela tiene un final abierto.