Las buenas intenciones es la novela con la que Víctor del Árbol cierra la Trilogía del sicario sin nombre (tras Nadie en esta tierra y El tiempo de las fieras).
La novela se articula sobre dos hilos argumentales cuya convergencia resulta compleja, aunque el resultado mantiene el interés y convierte la lectura en una propuesta absorbente. Por un lado, la desaparición de dos niños hace veinte años concluyó con la condena y encarcelamiento de un hombre. La sospecha de que fue condenado injustamente impulsa a la periodista Clara Fité a reabrir el caso. Su investigación comienza a remover silencios y decisiones del pasado que alguien está dispuesto a mantener ocultos a cualquier precio.
Por otro lado, el robo de un cuaderno que contiene datos y claves comprometedoras activa una trama vinculada al crimen organizado. Esa información amenaza con desmantelar años de actuaciones al margen de la ley. En este contexto, Orestes encarga al protagonista, el “sicario sin nombre” un último trabajo: ejecutar a tres personas que figuran en una lista. Lo que parece un encargo más dentro de la lógica del crimen pronto revela conexiones inesperadas.
Cuando ambos hilos narrativos se cruzan, una cadena de errores, intereses cruzados y decisiones precipitadas desencadena consecuencias devastadoras para todos los implicados. De ese choque surgen nuevos enfrentamientos que amplían el conflicto y subrayan el tema central de la novela: la fragilidad de la verdad frente a los intereses del poder. El propio autor señala que “ya no importa lo que pasa, importa lo que se cuenta”, y que “quien gana el relato, gana la verdad”.
La lógica del crimen organizado funciona aquí como un contrato: si quiere desaparecer, debe obedecer una vez más. Del Árbol aprovecha esta premisa para desmontar el autoengaño del ejecutor: el sicario no solo mata, también se ha pasado la vida justificando por qué mata. Ese enfoque encaja con el conflicto central: la lucha entre hechos y versiones, entre ética y conveniencia.
Esa dicotomía estructural marca el devenir de la novela a la par que arma a los personales principales. Por un lado, las miradas hacia las redes del poder, el crimen organizado, especulación inmobiliaria, criptomonedas, secretos de Estado… incluso la Iglesia. como un ecosistema en el que casi todo puede presentarse como necesidad o como “bien común”.
Por otro, examina la esfera íntima: culpa, familia, heridas antiguas y la idea de que, a veces, querer “arreglar” algo es la forma más eficiente de romperlo. El “sicario sin nombre” concentra el dilema moral (¿es posible la redención cuando has sido herramienta del daño?); y Clara Fité encarna el periodismo de investigación como resistencia (una figura que el autor ha reconocido inspirada en periodistas reales).
La acción se mueve en un presente contemporáneo, pero se conecta con un pasado clave: en entrevistas se menciona la investigación de la desaparición de dos hermanos en 1992, hilo que enlaza historias y explica por qué el cuaderno es tan peligroso. Los escenarios citados incluyen Barcelona (para la reconstrucción vital de Fité) y el refugio junto al mar del sicario, lo que refuerza el contraste entre huida y persecución.
En conclusión, el autor nos muestra no solo una novela de suspense, sino una mirada crítica a las consecuencias del silencio y de las decisiones tomadas bajo la coartada de “hacer lo correcto”. En definitiva, una lectura que entretiene, pero que también deja poso y obliga a cuestionarse hasta qué punto las buenas intenciones pueden encubrir grandes errores: “Cuando todo se derrumba, solo queda actuar”.