www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Cuentos chinos

domingo 15 de febrero de 2026, 19:51h

Durante buena parte del siglo pasado, la mención de China suscitaba un mundo misterioso y lejano, que reducíamos aquí a magos que recorrían el país serrando a su ayudante metida en un baúl o se tragaban antorchas enteras sin que se les quemase ni el hanfu ni el guanmao, y que, normalmente, solían ser un señor de Albacete o de Plasencia, que, por un mal trance o por una pasión desbocada por las candilejas, se había enrolado en una compañía de variedades para cubrir el número de adivinación, disfrazado con los vistosos restos de la guardarropía de la zarzuela Chin-Chun-Chan (1904) o de la imponente Turandot (1926). No obstante; fuera mejor o peor ataviado aquel improvisado taumaturgo, los carteles lo señalaban muy sonoramente como chino y él abusaba del lambdacismo sobre el escenario para que al respetable no le cupiese ninguna duda. Solo así se certificaba la verosimilitud de sus asombrosos poderes, pues eran ingénitos a cualquiera nacido en China; siempre entenebrecida por densos pebeteros de sándalo y por gongs retumbando entre inacabables estancias palaciegas; es más, ese halo enigmático cobró su anverso y su reverso en el cine con las aventuras, por un lado, del flemático Charlie Chan —una especie de Hércules Poirot de las costas del Pacífico— y, por otro, del pérfido Fu Manchú y su cohorte de sicarios, capaces de los más acrobáticos jeribeques para rebanarte el pescuezo. Por su parte, la realidad, impresa en revistas y diarios, se presentaba carente de cualquier embrujadora intriga, con un Mao Tse-Tung, asomado a las almenas de la Ciudad Prohibida, saludando a una inmensa multitud sonriente que levantaba sus brazos agitando el Libro rojo (1964). Todos, la verdad, parecían la mar de contentos; luego supimos que no, que era un cuento chino. Pero cuando nos desengañamos, se habían cumplido un puñado de calendarios y los chinos se habían vuelto habituales entre nosotros con sus restaurantes aposentados en los bajos más destartalados de nuestras ciudades, y hoy, qué decirles, cuando no queda pueblo donde no se halle un comercio cuyas estanterías están abarrotadas por los más dispares productos para salvarnos de cualquier imprevisto, porque su horario ni respeta fiestas ni encuentra momento de cierre, y tras cuya caja registradora nos aguarda un chino de una impenetrable displicencia, como garantía de su sempiterna fama de misteriosos e impenetrables.

Sin embargo; siendo ecuánime, el epíteto “cuento chino” como sinónimo de trola encuentra su genuino exponente en el Libro de las maravillas (1298), de Marco Polo, tan desmentido luego como fascinante en su tiempo y aún ahora. En cambio, quien no recurrió a fantasía alguna en su extraordinaria Relación de las cosas de China (1602), para el prepósito general de su orden, Luis de Guzmán, fue el jesuita Diego de Pantoja. Tal es así que en pocos años y por su impresión a las distintas lenguas continentales se convirtió en el gran vade mecum de las cortes europeas sobre los dominios del Hijo del Cielo. Y no obstante, no fue Pantoja el primer español que dio veraces noticias de aquel mundo sino el agustino Martín de Rada, con su Relación verdadera de las cosas del reino de Taibin por otro nombre China y del viaje que a él hizo (1575), como tampoco quien debutó en la traducción del chino a una legua occidental o en trasladar a ideogramas algún doctrinal cristiano; también en estos menesteres se le adelantó otro agustino hispano, Juan Cobo, con su Beng Sim Po Cam, que quiere decir Espejo rico del claro corazón (1590) o con su Bian zhengjiao zhenchuan shiku [Testimonio de la verdadera religión] (1593). Aun así, la aventura de Pantoja y de su superior en la misión jesuita de Pekín, el italiano Matteo Ricci, y de las singulares aportaciones de ambos a la corte del emperador Wanli, en cartografía y conocimiento del mundo exterior a China, en pequeña y casi socorrida ingeniería hidráulica, en cronometría y relojería, en matemáticas y geometría, e incluso en música, conocimientos que fueron sus seguros avales para poder penetrar en la Ciudad Prohibida; aunque, asombrosamente, nunca contemplasen al emperador, como tampoco Wanli a ellos, por cuanto su divina majestad encargó retratos de ambos jesuitas.

A pesar de estas contradicciones y otros impedimentos que encontró aquel primer establecimiento europeo en la capital de China, su estancia se prolongó más de quince
años y sus frutos fueron no solo esas aportaciones arriba citadas, o el método de aprendizaje de aquel idioma redactado por Pantoja en caracteres latinos pero con la ingeniosa innovación de escribirlo sobre una escala tonal, pues sin observar las modulaciones silábicas, esa lengua resulta incomprensible, cuanto, ante todo, por su
novísima y entonces casi herética decisión de adaptarse al mundo chino para conseguir su evangelización, no solo armonizando el credo cristiano al confucionismo, sino tomando nombres nativos (Ricci fue Lì Mǎdòu, y Pantoja, Shunyang Diwo Pang) y, por descontado, indumento de mandarines, como nuestro mago del principio pero sin descerrajar a nadie sobre un escenario ni hacer más adivinaciones que las prescriptas por el álgebra y los astrolabios. En fin; una aventura que encontrarán expuesta, por doce especialistas, en todos sus pormenores y consecuencias en el tomazo Diego de Pantoja (1571-1618), agente de Globalización en China (2024), que han editado mi amigo Pedro Bonet y el profesor Ignacio Ramos, y que de cuento chino no tiene sino la circunstancia, porque introducirse en aquel reino secularmente hermético y cautivarlo solo puede calificarse de admirable gesta.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (99)    No(0)

+
9 comentarios