Estados Unidos, capital Tokio
jueves 18 de diciembre de 2008, 02:23h
Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, ha tomado una decisión que ha sorprendido a propios y extraños. No por el sentido de la medida, ya que el mercado descontaba un recorte de tipos por parte del órgano monetario estadounidense, sino por la medida en que ha hecho uso de su disposición sobre los tipos de interés, que ha fijado los tipos entre el cero por ciento y el cuarto de punto. Se trata de unos niveles sin precedentes. Algunos críticos, si bien han aplaudido la medida, han señalado que ésta resta margen de maniobra para futuros recortes. No obstante, ese no parece ser el mayor riesgo de la extraordinaria decisión de la Reserva Federal.
La crisis que vivimos tiene un origen, e incluso una dirección concreta en la ciudad de Washington: la que acoge a la Reserva Federal que, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, marcó una política de tipos bajos que inflaron una burbuja del crédito de dimensiones desconocidas y cuyo estallido estamos sufriendo. Antes de presentarse ante nosotros como salvador, la Fed debería reconocer su parte de culpa –que no es pequeña- en el ciclo económico, del que vivimos sus horas más duras.
Pero lo que ahora nos preocupa no es dilucidar la responsabilidad histórica de la institución o la misma conveniencia de haberla creado o de mantenerla, sino la decisión concreta tomada este martes. Y parece estar mal informada, trocando causas y efectos en una sucesión imposible. La caída de precios se debe a una deflación en sentido estricto, es decir, a una contracción del crédito. Y ésta se debe a que los empresarios están liquidando proyectos sin salida para hacer frente a unas deudas excesivas. Los bancos no prestan, efectivamente, pero no porque el interés sea alto, sino porque muchos de sus clientes están quebrados.
En la época del boom pagado con cheques sin fondo, es decir, con créditos sin respaldo real de ahorro, no es que aumente mucho la inversión, sino que va por caminos que no llegarán a ningún lado, ya que sencillamente no podrán completarse por falta, precisamente, de ahorro. Cuando la alegría financiera, impuesta por la Reserva Federal, llega a su fin, esos proyectos tienen que liquidarse. Y la deflación es una reacción natural del mercado que, lejos de ser perjudicial, contribuye a que se ajuste la economía, para que renazca de nuevo, pero ahora sobre bases sólidas. Imprimir billetes, rebajar los tipos, impide ese ajuste y por tanto la verdadera recuperación.
Por desgracia, conocemos muy bien ese camino, porque lo vemos tristemente en la otrora dinámica economía japonesa. El problema a que se enfrentan ambas sociedades no es de liquidez. Se refiere a la solvencia de sus empresas, de sus bancos, y de sus responsables políticos.