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TRIBUNA

Bendito sea Dios que nos concede dos manos, una para tomarlo y otra para darlo

martes 17 de febrero de 2026, 20:05h

“Para regenerar y salvar a un pueblo numeroso y caído; para ensayar lo que puede una educación continuada con gentes y razas degeneradas; para hacer el bien a muchos y por largo tiempo; para mejorar el cuerpo y el alma de numerosos pobres que desean recibir educación y carecen de pan y camisa; para llevar la luz, la esperanza y el consuelo a las míseras cuevas (por no decir antros o pocilgas), donde habitan por cientos hermanos nuestros, nacidos para ser más que ser menospreciados, bestias y temible fieras, para todo eso se necesita apoyo, protección y amparo. ¿Qué haríamos, qué deberíamos hacer todos para dar de comer a este pueblo, que se muere de hambre? Yo no lo sé, el problema es tan grande que no me cabe en la cabeza. Pero, sabiendo que no hay pueblo rico sin trabajo inteligente, me atrevo a decir que formando generaciones trabajadoras e inteligentes explotarían la tierra y no se dejarían explotar por otras naciones, dominarían las industrias y artes, y no se dejarían dominar por pueblos más ricos e industriosos”, escribe en el 2009.

Las dificultades se reducen a seis: 1. la suma ignorancia, que para todo estorba. 2. La extremada pobreza, que es mala consejera y obliga a los hijos de los pobres a buscarse la vida de la mañana a la noche, sin dejarles tiempo para otra cosa. 3. La desmoralización, que muchas veces penetra en la familia y sirve de fundamento para su viciosa constitución, ya que no de perpetuo escándalo. 4. Las costumbres públicas que destruyen en la calle el trabajo de la escuela y la familia. 5. El fermento de los gitanos hasta ahora contumaz a toda cultura. 6. Lo inveterado y profundo del mal, que producen en los que de él son víctimas hábitos de inestabilidad e indiferencia, y en los que de fuera miran la pesimista idea del desahucio. Buscando soluciones a los males se pregunta en 1922: “¿qué remedio queda para tan graves males? Tener el mayor tiempo posible a los niños en la escuela; hombres y mujeres que multipliquen las horas para que vayan de noche quienes no van de día; neutralizar la codicia, vencer la indolencia de los padres con auxilios materiales; hacer de los hijos pequeños misioneros para sus padres valiéndose de impresos, cantos y otros medios morales”.

Manjón fue uno de nuestros grandes regeneracionistas, esos que con Lucas Mallada escribieron libros como Los males de la patria, aunque la diferencia con ellos es la que puede establecerse entre el compromiso de las gallinas, que se limitan a poner sus huevos, y los cerdos que entregan su propio beicon en el asador, aunque la metáfora resulte un poco grotesca. Todo se le hace poco: “y viendo que su sueldo no cubría los gastos, se convierte en catedrático mendigo”. Esta rara avis es Manjón, 1895 “yo me admiro de poder atender a tantos gastos, sin más capacidad que mi sueldo y las limosnas que me dan, o el crédito. Bendito sea Dios que nos concede dos manos, una para tomarlo y otra para darlo”.

¿Gloria para sí? Le resbala. En 1897 rechaza su designación como abreviador del Tribunal de la Rota de Madrid, o como Caballero de la Real Orden de Carlos III, dirigiéndose en 1986 al ministro así: “si su bondad no me permite renunciar, sea, pero que nadie lo sepa, para que no pierdan mis niños si alguien sospecha que bajo la capa de la misericordia se va en pos de la ambición”. En otro lugar comenta: “no saqué el nombramiento, ni envié los datos. Soy pues un caballero sin título ni caballo” 2 Idéntica actitud guarda respecto a la admiración que le profesan Ramón y Cajal o Benito Pérez Galdós, “porque sólo Dios sabe lo que sois; los hombres no os conocen, sino a lo más, con sahumerios y cataplasmas y, aunque os conocieran, no os dirán lo que sois, entre otros motivos por no desagradaros. Saben que sois orgullosos y vanos, y por eso no tocan la postema del amor propio. He ahí un motivo para que no os engrían los elogios. Lo que somos ante Dios, eso somos de verdad; el juicio de los hombres ni quita ni pone un adarme en la realidad de nuestro mérito. Pensemos en eso. Andrés Manjón”. De ahí ni siquiera se movió cuando fue propuesto como candidato al Premio Nobel de la paz, Firme roca burgalesa de aquellos páramos altos, áridos, fríos, solitarios, que le nombraron hijo predilecto de Burgos como lo habían hechos los cármenes granadinos.

Semejante actitud se refleja en la disposición de sus últimas voluntades: “quiero ser ataudado, enterrado y cumplido lo más pobremente posible, y que se dé a mis niños del Ave María lo que se había de gastar en lujos de catafalcos, blandones, cantores, etc. Mis restos mortales, cuando sea posible, quiero que estén cerca de mis niños para no separarme de ellos ni en vida ni en muerte, y para que ni maestros ni discípulos ni en nvida ni en muerte me olviden en sus oraciones; sobre mi sepulcro habrá una cruz con estas palabras: ‘niños queridos, pedid a Dios por quien os amó hasta la muerte”. El blandón, la cera, sólo deja resbaladizas las calles por las cuales pasa el catafalco, y esta será su teología: el hombre -reza la quinceava norma de su quehacer pedagógico- no es solamente un animal racional, sino también animal teológico mirando tanto hacia dentro como hacia fuera.

Gracias a Andrés Palma sé ahora que en 1917 se abrió un proyecto de las Escuelas del Ave María en Puertollano, Ciudad Real, donde mi padre, que había colaborado con la Institución Libre de Enseñanza, luego de purgas y castigos, ejerció el magisterio durante largos años hasta pasar junto con mi madre a Madrid. Al echar la vista atrás revivo hoy aquellos años en que fui su alumno de las Escuelas del Ave María. Mi madre tenía su escuela en el grupo escolar de la calle san José, numero 3, en cuyo piso de arriba vivíamos. Ambos, padre y madre, fueron mis únicos maestros de escuela hasta entrar en el bachillerato. No podría yo agradecer mayor ni mejor título de ciudadanía, a veces la historia nos recuerda quienes somos incluso sin recordarlo.

El subdirector de la Cárcel provincial de Granada consideraba tan positiva la educación manjoniana, que en el número 284 de la revista del cuerpo de prisiones Progreso penitenciario escribe precisamente en el año 1917: “cuántos se hubieran librado de estar aquí, en la cárcel de Granada, si hubieran pasado por las escuelas del Ave María”. Aunque no fue anarquista, mi padre, que era maestro y luchó en el frente perdedor de la guerra civil española, seguramente hubiera dicho también con Manjón y con Kropotkin: “cada vez que se abre una escuela ha de cerrarse una cárcel”. Esa herencia manjoniana y anarquista corre aun humildemente por mis venas y por la de tantos otros maestros hijos de maestros.

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